El ridículo de un tal Girona

Publicado por el Dec 7, 2017

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Girona, el político

Un tal Girona, Albert de nombre, cursa como secretario de Cultura y Deporte en el gobierno de la Generalidad Valenciana. No debía de haber alternativa más culta en esa confluencia podemita apellidada Compromís, gracias a la cual el PSOE, con siete escaños menos que el PP, gobierna la región. Al fin y al cabo, Girona es profesor universitario, historiador de la guerra civil en Valencia con un par de libros publicados sobre la materia.

Durante seis años Girona fue alcalde de su pueblo, Almussafes, sin que se resintiera la factoría automovilística de Ford, un 9% del PIB de la región y un total de 30.000 empleos; tiene su mérito. Pero no está tan claro que ahora, desde la Generalitat, no vaya a arruinar el Palau de Les Arts, sede desde 2006 de una muy notable temporada de ópera. De hecho ya a provocado la dimisión de su intendente general, Livermore.

La almendra está en el batiburrillo ideológico del Pacto del Botánico que gobierna el antiguo reino de Valencia. Cuando el responsable de la Cultura reclama que los contratos operísticos estén precedidos de un concurso público sólo cabe pensar que o se quiere cargar el invento o no tiene idea de cómo funcionan las cosas en el terreno que gobierna.

Una cosa es el arte y otra la función pública. Lo de un teatro de ópera en manos de funcionarios sindicalizados quedó magistralmente retratado en Cita con Venus/Meeting Venus, la gran película de los años 90; deberían verla estos profetas de la nada.

La ópera de Les Arts nació en 2006 con Lorin Maazel como director de la orquesta que puso en un nivel superior; al maestro estadounidense de origen francés le sucedió Zubin Mehta, por otra parte director vitalicio de la Filarmónica de Israel y popularmente conocido por sus conciertos con los Tres Tenores. Basten esos nombres para preguntarse ¿se imagina usted a Maazel o Mehta, como a Chailly, someterse a un concurso oposición antes de firmar contrato para dirigir la OCV?

Y qué decir de las voces: Leo Nucci, podría morirse de risa, como Gregory Kunde, Carlos Álvarez, Celso Albelo, Ainhoa Arteta, Jessica Pratt… En fin.

¿Y Plácido Domingo? El músico que con mayor esfuerzo ha sostenido la ópera en Valencia, cantando o dirigiendo año tras año y cuyo centro de perfeccionamiento convoca anualmente a un centenar de futuros profesionales, comentó la sorpresiva salida de Livermore diciendo que esperaba que las cosas volvieran a su cauce y el teatro siguiera adelante “como uno de los grandes, no solo de España, sino del mundo”. “El teatro está perfectamente dirigido; si está bien, no lo rompas”, añadió.

Respondiendo a periodistas que le preguntaron por el futuro, afirmó “Yo seguiré viniendo, a mí Valencia me encanta. Salir a dirigir o cantar con esta orquesta, con el coro, con el grupo de jóvenes cantantes del centro que lleva mi nombre es una gran satisfacción y me tira mucho venir aunque dejara de cantar… yo no puedo dejar un teatro donde todos van a necesitar a personas que han estado aquí y que quieren al teatro”.

Ante el juicio y buenos deseos de uno de los más experimentados profesionales de la ópera en todas sus facetas, director de teatros como Washington o Los Ángeles, cantante y director de orquesta, el secretario de Cultura del gobierno valenciano sentenció: “No creo que la opinión de una persona que viene de fuera tenga más interés“.

¡Una persona que viene de fuera! Sin comentario.

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