Desde Rusia y sin amor

Publicado por el Mar 3, 2014

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El valor del suelo ucraniano

El valor del suelo ucraniano

Nadie se ha preguntado qué ganó el país con el debate de la pasada semana. Lo que tiene encelado a los medios y aparatos de los partidos es si el debate cayó del lado de Rajoy o de Rubalcaba. Es lo que pasa cuando los agentes políticos encanallan su función pública. Y lejos de caer en la funesta manía de pensar, como prometió aquel rector de la catalana universidad de Cervera a Fernando VII hace por ahora dos siglos, continúan perdiendo el tiempo discutiendo si lo que vienen son galgos o podencos: si estamos al final del túnel o entrando en otro mayor, y otras cuestiones por el estilo.

Entre tanto, a tres mil setecientos kilómetros de aquí, dentro de nuestra vieja Europa, traspasadas las fronteras de Francia, Alemania y Polonia, en Ucrania una guerra está a punto de estallar.

Rusia tiene poderosas razones para impedir la pérdida definitiva de su control sobre Ucrania, república independiente desde agosto de 1991, semanas después del fallido golpe de estado contra Gorbachov, el líder reformista soviético. Las hay históricas, en torno a Kiev nació hace mil años la Rusia europea y en ella también nacieron jerarcas soviéticos como Brézhnev. Operativas, en Crimea atraca la flota rusa del mar Negro, o sea del Mediterráneo. De seguridad, tras el ruso, el ejército ucraniano es el segundo del continente europeo, más de cuatrocientos mil efectivos, y en Ucrania estuvo el mayor arsenal nuclear del mundo hasta la firma del tratado de no proliferación. Y de estrategia económica: por Ucrania transita el 85% del gas que consume el núcleo central de la UE.

Una nación de similares dimensiones a las nuestras, seiscientos mil kilómetros cuadrados y 44 millones de habitantes que adornan su escudo con el lema “Libertad, Acuerdo, Bondad”, en contraste con nuestro austero “Plus Ultra” heredado del imperial de Carlos I. Pues esa nación, bien distinta por su historia pero hoy no tan distante, está a punto de caer en guerra fruto, como tantas veces, de la marca de territorio propio, de la definición de zonas de influencia. Perder el control sobre Crimea para Rusia representa cerrarse todas las puertas al sur de Europa. No parece negociable ni, hasta ahora, tiene con quien ser negociado.

Las revueltas y muertes producidas en las últimas semanas no son un asunto interno de Ucrania, ni siquiera bilateral Rusia-Ucrania. Pero la resistencia de los opositores al control de Moscú no parece tener los soportes adecuados. La UE no tiene voz reconocida ni reconocible en la arena internacional. La renuncia a sus principios más sólidos -libertad, derechos humanos, estado de derecho- ha debilitado su capacidad de influencia.

Y no se encuentra en su mejor momento la presidencia del amigo americano. La mercadotecnia que rodea a Obama no cursa efectos fuera de su país; pocos lo toman en serio. Demasiado buenismo que recuerda al anterior presidente del gobierno español enfrentándose a los separatistas catalanes cuando urdían su estatuto. Amenazarle a Putin con sanciones económicas, cuando media Europa depende de su gas, más que broma parece un sarcasmo. Y hacerlo desde la sala oval en vaqueros y con su fotógrafo de cámara para dejar testimonio de la llamada, es lo que le faltaba al antiguo KGB para hacer de su capa un sayo.

Mientras un país vecino está a punto de caer en guerra, aquí al lado, en suelo europeo, aquí andamos dándole vueltas a las balas de goma y concertinas en las vallas de Ceuta y Melilla.

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