Contra el populismo, consenso

Publicado por el Jun 23, 2016

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Art.  ABCEn el ABC de hoy, 22 de junio, publico el artículo que reproduzco a continuación:

Las reformas que se requieren precisan de grandes consensos. Así se construyen los países, lo contrario es sembrar el camino al populismo fácil, al líder que emerge con un par de frases bien hilvanadas y que es capaz de capturar la imaginación.”

El juicio es de un socialista con probado sentido de Estado. Uno de los líderes de la oposición a la dictadura que en la transición a la democracia supo transar en aras de los intereses generales o del bien común, que viene a ser lo mismo.

Apenas comenzada la campaña electoral resulta ya desolador escuchar los primeros pronunciamientos de los partidos que aspiran a meter mano en el gobierno de la Nación sin tener las fuerzas necesarias para alcanzar el podio. Los dos emergentes hablan de pactos selectivos y asimétricos como si la cosa estuviera para dibujos. De momento pelean entre sí por una imagen tan frágil como lo que llaman renovación; quién trae más novedades en la cartera, quién es más joven, quién más fresco. De las cosas serias tienen prohibido hablar, no sea que mañana se alcen como un obstáculo a la hora de pactar sillones.

Tampoco enfrente brilla la luz. Unos, encogidos por el miedo de su dirigencia actual a ser desalojada del machito tras el previsible fracaso que anuncian todas las encuestas, propias y publicadas. Desde el último relevo en la Secretaría General, el PSOE ha ido perdiendo sus anclajes fundamentales en la sociedad española.

Las tensiones nacionalistas en unos casos, en otros la oposición ejercida para no dejar enemigos por su izquierda, caso de la Ley Laboral o la de Seguridad Ciudadana, y en general la carencia de nivel demostrada en los últimos años han ido socavando su base electoral. Hoy el partido que debería representar a la socialdemocracia española es eminentemente rural; en las grandes capitales no pasa de una modesta tercera posición. De él hoy no se espera ningún proyecto afirmativo; su futuro se centra en desalojar del poder a sus actuales usufructuarios.

Por su parte, el presidente de los populares sigue encelado en la economía, la creación de empleo, el saneamiento de las cuentas públicas y la reducción de impuestos. Bien; cuestiones todas ellas de suma importancia, incluso vital la primera para los ciudadanos, pero de corto vuelo para conquistar el futuro. ¿Dónde está el cauce a las aspiraciones de los nuevos ciudadanos o las respuestas al populismo rampante?

¿Cómo reconstruir el solar de la Educación, arruinado por los sistemas que han venido sucediéndose desde la Ley General de Educación y Financiamiento de la Reforma Educativa de 1970, última etapa del franquismo, hasta la actual LOMCE impuesta por la mayoría absoluta popular, pasando por las socialistas LOGSE, 1990, y LOE, 2006?

¿Cómo resolver el berenjenal en que ha degenerado el sistema autonómico por la dejación e intereses cortoplacistas de los partidos nacionales y la sedición del nacionalismo catalán; acaso la solidaridad cabe ser establecida por decreto, o se impone en prisión?

Pese a achaques como los apuntados España goza de buena salud. La autoflagelación, vicio estéril cuando concluye en el puro lamento, ha suplantado al análisis crítico de la realidad y de las capacidades  para modelarla conforme a un proyecto común de convivencia.

Esa falta de valor para enfrentar la demagogia que alimenta el pesimismo nacional es caldo de cultivo ideal para los populismos. Aquí vienen amenazantes por la izquierda, de momento, pero no hay vacuna registrada para preservar al país del que se está haciendo fuerte por la derecha extrema en vecinos de la UE con larga tradición democrática, como Francia.

Las cosas podrían comenzar a cambiar cuando los aspirantes a protagonizar el proceso comprueben en cuestión de semanas que la solución a los problemas reales de nuestra sociedad no vienen de la mano del relevo generacional en que se escudan; cuando los socialistas vuelvan a ser un partido nacional de Gobierno como fueron, y los populares se abran a los nuevos perfiles de nuestra sociedad y descubran la capacidad que la empatía, el diálogo y la solidaridad tienen como motores del poder transformador de la política.

Ojalá los cordones sanitarios, desplantes, insultos y demás pamplinas impresentables no impidan el 27 de junio a los políticos abrir una puerta ancha al futuro de todos, los de un lado y otro, incluso a quienes propugnan regresar al pasado.

Esta es hora de instalar la cordura en el centro de la polémica propia de todo proceso de selección que termina en las urnas.

Sólo así podrán articularse los acuerdos precisos para asentar la estabilidad necesaria para reconstruir los consensos que hicieron posible el sistema de derechos y libertades en que vivimos. No es de extrañar que la faena de su derribo comenzara infamando el consenso que hizo posible nuestra Transición, la mejor empresa colectiva que los españoles abordaron en el último siglo. Sin un alto grado de cohesión nacional la nave desarbolada pronto navegará a la deriva.

El consenso es hoy tan necesario como hace cuarenta años. Si entonces la sombra de la dictadura hizo converger en un afán común a derechas e izquierdas, nacionalistas, comunistas y democristianos, hoy la amenaza del populismo debería servir de catalizador del consenso entre quienes se sienten ciudadanos de una patria común cuya soberanía reside en el pueblo español y que tiene por valores superiores la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo. Sólo desde esa ancha y diversa mayoría puede acometerse la regeneración de la concordia nacional que inspiró nuestra Constitución.

El socialista cuyas palabras encabezan estas líneas no es español, pero conoce nuestro país tanto como el suyo. Cuando habla del peligro del líder con un par de frases bien hilvanadas parece que tuviera silla en la pista de nuestro circo particular. Se trata de Ricardo Lagos, el hombre que mirando a cámara dijo No a Pinochet y que antes de ejercer la presidencia de Chile dejó paso a dos mandatos democristianos. Experimentó el valor del consenso como aquí, una década antes, lo hicieron los artífices del marco democrático que hoy ampara incluso a los que pretenden suplantarlo.

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