Claro que hay culpables

Publicado por el nov 15, 2012

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diputados socialistas y la huelga.jpg

Ver a diputados socialistas ocupando sus escaños en el Congreso con los carteles que proclamaban “Nos dejan sin futuro. Hay culpables” tenía el encanto de las paradojas. ¿Escaqueo o confesión de culpa? Depende de dónde ubiquemos a los culpables, porque en esta historia sí que hay una cosa cierta: culpables, los hay.

Unos, como Jiménez o López Garrido, ministra y secretario de Estado respectivamente en los gobiernos de Zapatero, se manifestaban alegremente por Madrid como si nada hubieran tenido que ver con el estado en que dejaron el país tras su paso por el poder. El actual gran jefe, vicepresidente de aquel Gobierno que dejó un déficit más del 50% superior al que confesó al ceder La Moncloa, tiró la piedra a primera hora de la mañana animando al personal a salir a la calle, pero él se quedó en casa. Y los cómicos, a lo suyo: ocupando instituciones culturales, caso de ese eximio actor que atiende por Willy, o alegrando las calles con su cuerpo como hizo esa lumbrera de nuestro cine que sueña golpes de Estado.

Los hermanos Brothers, que en eso han cuajado Fernández y Méndez, los sindicalistas oficiales, se ufanaban no se sabe de qué. Porque teniendo a sus espaldas más de cinco millones y medio de parados no han sido precisamente masas las que se han puesto en pié secundado su llamamiento. La famélica legión, los esclavos sin pan de antaño comprenden que hay más mundo que el de Méndez y Fernández. Sólo la agencia británica Reuters se atrevió a convertir en millones a las decenas de millares que han secundado la huelga en toda España; cosas de los británicos, últimamente empeñados en cargarse el euro y levantarnos la T-4 del aeropuerto de Barajas.

En este tipo de situaciones recorrer las calles es el medio más preciso para calibrar el peso que haya podido alcanzar la convocatoria en cuestión, sea ésta de los sindicatos o de la conferencia episcopal. Es la mejor defensa contra la guerra de cifras que suele desencadenarse entre la euforia de los convocantes y la cataplasma con que tratan de aliviarse los de enfrente. Y ayer Madrid podía recorrerse como un día más de este otoño castigado por la crisis; los bares y restaurantes, grandes y pequeños comercios, el hospital que visité, en fin, allá donde el común hace su vida a diario, desmentían ese fantástico índice del 85% de seguimiento. Eso sí, callaron buena parte de las radios, comenzando por las públicas; sería para evitar sofocos al personal. Sólo las manifestaciones finales de los indignados pudieron salvar del fracaso este segundo asalto a la racionalidad.

Todos se adornaron con el civismo que presidió la jornada; que se lo cuenten a los salvajes que provocaron más de cien heridos en media España y destruyeron bienes públicos como si estuviésemos sobrados de todo. En todo caso, lo que tenía que pasar, pasó. Los culpables se disfrazaron de víctimas, las víctimas siguen pagando los destrozos, el país da su imagen menos agraciada al resto del mundo y los sindicatos oficiales continúan despilfarrando el dinero de los españoles.

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