Chirac, aquel presidente…

Publicado por el dic 16, 2011

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La actualidad cobrada por el personaje, condenado finalmente por corrupción, me ha recordado el siguiente comentario que publiqué en 1977.

Este recordatorio dedicado al saliente presidente de Francia arranca desde un año atrás, cuando en Viena fracasaba la cuarta cumbre Euro Latinoamericana. Ni americanos ni europeos habían llegado a la cita en condiciones de defender intereses o puntos de vista medianamente articulados.

De  un lado, los países del centro y sur de América vivían  tensiones internas de gran calado. La antiglobalización hecha carne en el eje populista-indigenista-comunista de Chávez, Morales y Castro trataba de hacer metástasis por el resto del continente con la ayuda, más que impagable puntualmente recompensada, de “Le Monde Diplomatique”. Pese a esta y a los petrodólares venezolanos, las elecciones presidenciales siguientes en Perú, Colombia y México pusieron cerco al tumor.

En la otra orilla del Atlántico, o sea aquí, la mayoría de miembros de la Unión Europea no se sentía concernida por lo que pasaba en el continente americano. Es más, algunos se regocijan de cada traspiés que la metrópoli del antiguo imperio, o sea nosotros, pueda sufrir en aquellas tierras que hoy representan para España lo que en el Reino Unido la Commonwealth, o para Alemania los países emancipados de la dictadura soviética.

Aquí, la información de lo que pasa en el mundo sigue siendo un lujo. Nuestra sociedad no valora la presencia española en aquel mundo que nos gusta llamar Hispanoamérica pero que francos y anglosajones han acuñado como Latinoamérica. Como tampoco supo calibrar las simplezas con que, hace tres años y pico, el entonces candidato presidencial ZP presentó su alternativa. Para la política internacional acuñó aquello de “volver a Europa”, brillante ocurrencia la de volver a donde nunca nos fuimos, que sólo sirvió para arruinar la fiabilidad de nuestra política exterior.

En esas estábamos, cuando el presidente aimara de Bolivia comenzó a sacudirse de encima la legalidad allí vigente, y antes de volar a la capital austriaca aprovechó el 1º de mayo para expropiar a españoles y brasileños las concesiones de hidrocarburos que venían explotando; y a sus propios conciudadanos las acciones garantes del futuro de sus pensiones.

Ya en suelo europeo y en rueda de prensa reclamó al presidente del Gobierno español que cumpliera lo que le prometió: cancelar la deuda y duplicar la ayuda a Bolivia.

Y veinticuatro horas después, en Viena, este insólito personaje fue solemnemente felicitado por uno de los presidentes que asistía a la cumbre: “Evo, estás devolviendo el honor a tu pueblo; felicidades, ya era hora. Después de quinientos años un presidente indígena decide devolver el honor a su pueblo; bien hecho. No hagas caso de la prensa”.

Quien así se habló no era un colega indigenista, ni populista, tampoco socialista. No; era un llamado conservador: el engolado presidente de la República Francesa.

El  Mr. Chirac que estrenó su primer mandato, doce años ha, explosionando seis bombas atómicas en los atolones de la Polinesia francesa. El alcalde de París durante 18 años que más sumarios judiciales acumuló por indicios de corrupción -empleos ficticios, financiación ilegal del partido, adjudicaciones irregulares de viviendas, viajes privados con dinero público-.

El “doctor Chirac”, como pidió a su amigo Arafat que le llamara; el jefe de las tropas francesas que masacraron una muchedumbre de manifestantes en Costa de Marfil no hace siglos, sino ochocientos días; el primer amigo de los dictadores africanos y del oriente medio; el único asistente a los funerales del dictador sirio Hafez Asad; el autor de la sentencia “la democracia es un lujo para los africanos”; el primer ministro europeo que, mediada la década de los 70 puso a disposición del dictador iraquí Sadam Husseim su amistad personal -”te garantizo mi estima, consideración y afecto”- y un programa nuclear que traería sangrienta cola al cabo de los años.

En fin, Jacques Chirac, el presidente a quien parece importarle un bledo Bodin, Rousseau, el barón de Montesquieu y demás artífices del Estado de Derecho. Su saludo a Evo Morales revela la catadura de ese tipo de personajes que deslumbran a nuestros actuales gobernantes; y también, el grado de solidaridad al que pueden llegar los amigos europeos que ZP echaba en falta.

Y mientras en La Moncloa discurrían cómo duplicar ayudas y condonar deudas a quien metió mano en la cartera de españoles, el Elíseo se ocupaba de consolidar en Bolivia una base de operaciones para su petrolera nacional, su constructora nacional y su eléctrica nacional.

El derechista Chirac sale de escena; deja la nación aquejada de síntomas de esclerosis múltiple y, quizá, lamentando el triunfo de su ministro Sarkozy. Tal vez hubiera preferido ser relevado por la socialista Segolène Royal; cuestión de instinto, el mismo que le impulsó en 1981 a pedir el voto para el socialista Mitterrand en contra de su presidente Giscard. Pura nobleza.

 

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