Adolfo Suárez, misión cumplida

Publicado por el Sep 24, 2012

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Hace veintiocho años publiqué un libro sobre el proceso que culminó en la democracia, hoy  conocido como la Transición, “Quién hizo el cambio“. Terminaba con  los párrafos siguientes:

Así, sin un reproche y exagerando la autonomía de su decisión con el fin de salvaguardar la supremacía de la soberanía popular -el hilo de Ariadna que le permitió resolver el laberinto de la transición-, abandonado por sus compañeros y denostado por los adversarios, pero con la confianza puesta en que la Historia de España podría seguir escribiéndose a golpes de libertad, Adolfo Suárez cedió la presidencia del Gobierno rodeado de la misma incredulidad con que fue recibido. Habían transcurrido sólo cinco años, cinco años que hubieran justificado la existencia de un político de excepción en la vida de cualquier pueblo.

En 1980 España ya había cambiado. El pueblo gobernaba su propio destino; los españoles tenían por vez primera en su larga historia una Constitución de concordia, ni de izquierda ni de derecha, simplemente moderna; los ciudadanos, libres e iguales ante la Ley, comenzaban a contribuir con equidad a las necesidades de la Nación; empresarios y trabajadores, fuerzas políticas y asociaciones diversas vertebraban la sociedad; los primeros autogobiernos regionales configuraban un Estado basado en la solidaridad. El Reino de España, en fin, iniciaba el sendero de la modernidad.

En cinco años de gobierno las promesas cuajaron en realidad. Todas, excepto una tal vez; porque Adolfo Suárez, el 13 de junio de 1977 había finalmente prometido «que el logro de una España para todos no se pondrá en peligro por las ambiciones de algunos y los privilegios de unos cuantos».

Sin embargo, años más tarde y a pesar de algunas incertidumbres en el camino, la voluntad popular ratificó aquella aspiración y quizá por ello tuvieron que ganar los socialistas. «Para que España funcione.»

En 1982 España, la democracia española, disponía de todo lo necesario para afrontar sus problemas ordinarios porque los fundamentales ya estaban resueltos. Esa había sido la obra de todo un pueblo, que comenzó cuando la Corona, el 3 de julio de 1976, depositó su poder en Adolfo Suárez.

Hoy aquel presidente cumple ochenta años. He revivido la noche en que le entregué el primer ejemplar de aquella obra. Fue mediado el mes de junio del 84, en su casa, cenando los dos matrimonios. Naturalmente, durante su redacción habíamos comentado algunos temas de los que yo no tenía información completa, pese a haber colaborado estrechamente en la mayoría de ellos. Pero Adolfo no conocía el texto final. Y, por supuesto, no tenía idea del epílogo aquí reproducido, que entregué a la editorial la semana anterior a la edición. Lo leí en alta voz, apenas tres minutos. Cuando levanté la vista de la última página, la 212, vi que los presidentes también lloran.

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