El diálogo entre pintura y fotografía

El diálogo entre pintura y fotografía

Publicado por el Sep 21, 2018

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La percepción que tenemos de los museos es la de contenedora de unos elementos diferenciadores que han sido considerados para la contemplación por parte de un público, que se acerca a ellos con ganas de saber y disfrutar de percepciones y sensaciones que puedan proporcionar dichos objetos de forma particular. Los museos, son edificios que están repletos de historias que se hilvanan y entrecruzan y que llegan a generar unos relatos particulares.

Dichos edificios albergan arte. La pintura como elemento principal de muchos de ellos. La fotografía, se ha abierto camino al «elevarse» a esa condición de arte, por lo que poner y enfrentar pintura y fotografía, hace de ello una relación fructífera entre el arte de todos los tiempos y la gran muestra inspiradora de la historia de la pintura que puede albergar un museo.

En ese diálogo entre pintura y fotografía el Museo del Prado y la Fundación Amigos del Museo del Prado presentan el fruto del trabajo de doce fotógrafos contemporáneos que han llevado a cabo en una relación intimista y personal con las colecciones de la institución. Con Doce fotógrafos en el Museo del Prado se presenta una colección de veinticuatro fotografías realizadas por doce fotógrafos contemporáneos que, con motivo de la celebración del Bicentenario de la institución, han sido invitados por la Fundación a mostrar su visión particular y artística sobre sus colecciones. Doce creadores que reflexionan sobre el Museo a través de la técnica fotográfica, doce miradas diferentes y personales que se inspiran en las obras que atesora el Museo, pero también en ese aura que las envuelve y desprende cuando un visitante se enfrenta a solas con ellas protegidos por el edificio que las cobija.

Una exposición que muestra al público la capacidad creadora de quienes han llevado a cabo esta colección como son:

Sala principal, 2018 José Manuel Ballester © Fundación Amigos del Museo del Prado, Madrid, 2018

José Manuel Ballester (Madrid, 1960) que contrapone la sala de Las meninas, con una vista del Salón de Reinos, futura ampliación del Prado. En su fotografía Sala principal vacía la sala y deja solo la obra maestra de Velázquez, en la que también elimina a sus personajes, con la intención de abrir el espacio a nuevas interpretaciones.

Ribera del Elba, 2018 Bleda y Rosa © Fundación Amigos del Museo del Prado, Madrid, 2018

María Bleda (Castellón, 1969) y José María Rosa (Albacete, 1970) que son Bleda y Rosa crean una imagen palaciega del Museo al encuadrar, mediante sendas puertas, los retratos ecuestres del emperador Carlos V, de Tiziano, y del cardenal infante Fernando de Austria, de Rubens.

Javier Campano (Madrid, 1950) realiza dos bodegones de pescado y caza a la manera antigua y en ellos se pueden descubrir tanto referencias a obras del Prado, en las perdices pintadas por Sánchez Cotán y los besugos de Bartolomé Montalvo, como una evocación íntima, tierna y melancólica de los recuerdos de la cocina familiar de la infancia del fotógrafo.

Joan Fontcuberta (Barcelona, 1955) fotografía dos fragmentos de la vista panorámica continua de la Galería Central del Museo del Prado que realizó Jean Laurent entre 1882 y 1883. Con ello reivindica los vestigios de esa imagen todavía material en el mundo digital y fija su atención en los deterioros que evidencian el paso del tiempo y remiten a la memoria y a la historia.

Sin título, 2018 Alberto García-Alix © Fundación Amigos del Museo del Prado, Madrid, 2018

Alberto García-Alix (León, 1956) por medio de dobles exposiciones construye nuevos mundos dentro del propio cuadro. Gracias a la cuidada elección de encuadres, las superposiciones, lejos de traicionar el estilo del artista, intensifican la esencia y el carácter de sus obras.

Pierre Gonnord (Cholet, Francia, 1963) presenta dos retratos confrontados, el de una corneja disecada del Museo de Ciencias Naturales y el de un joven visitante del Prado que llamó su atención por su aspecto y su atenta contemplación de los cuadros. Con ello reflexiona sobre qué es lo que queda de una esencia viva al ser registrada fotográficamente o cuando pasa por el taxidermista.

Sin título, 2018 Chema Madoz © Fundación Amigos del Museo del Prado, Madrid, 2018

Chema Madoz (Madrid, 1958) construye una reflexión poética sobre el concepto de museo como contenedor de la obra de arte. En la primera fotografía los marcos sirven como metáfora de este al convertirse en parte del edificio. En la segunda, adquieren la forma de una escuadra y un cartabón, tal vez meditando sobre lo que el Prado tiene de guardián de la norma y del canon.

Las superposiciones de retratos de miembros de una misma dinastía que realiza Cristina de Middel (Alicante, 1975) dan como resultado una especie de monstruo. Se crea una imagen abstracta que destaca los rasgos característicos de esta familia en lo que supone una referencia a la endogamia y la perpetuación del poder en las mismas manos a lo largo del tiempo.

Isabel Muñoz (Barcelona, 1951) se sumerge para fotografiar debajo del agua a sendos bailarines que, en su movimiento detenido, en vez de hundirse parecen elevarse ingrávidos en el vacío. Sus posturas y la ondulación de las telas nos recuerdan a las ascensiones a los cielos
de los santos y los rompimientos de gloria de la pintura barroca.

Aitor Ortiz (Bilbao, 1971) muestra el espacio prefabricado como contenedor de la obra de arte y la reminiscencia de lo expuesto desde su ausencia, a la vez que hacen reflexionar sobre la atemporalidad de lo efímero.

Copa de agua y un clavel, 2018 Pilar Pequeño © Fundación Amigos del Museo del Prado, Madrid, 2018

Con la inspiración de las obras de Van der Hamen, Meléndez y Zurbarán, Pilar Pequeño (Madrid, 1944) elige cuidadosamente los elementos que forman parte de sus bodegones y muestra su enorme maestría a la hora de crear relaciones entre ellos, pero, sobre todo, al iluminarlos y conseguir que la luz transforme la escena.

Javier Vallhonrat (Madrid, 1953) sitúa la cámara a ras de suelo, donde inserta fragmentos de paisajes del Prado. Los elementos vegetales generan una serie de interferencias y de planos en profundidad en los que se integran los elementos pictóricos, creando un nuevo espacio entretejido que forma un todo orgánico.

La fotografía, hace tiempo logró ser calificada como objeto artístico digno de un museo, llegando a ser una pieza principal para la existencia de otras artes, de las que dejar testimonio, pero además redistribuyendo un significado de una realidad estéticamente. Según Francisco Calvo Serraller, comisario de la muestra «se suele apelar al respecto a una serie de ideas, ya transformadas en tópicos, como la reproducción mecánica de la imagen, que hace que la mediación física del artista se constriña al tener que ajustarse a las posibilidades de la máquina y, evidentemente, la famosa pérdida del aura que posee todo objeto único. Sin embargo, sin por ello negar por completo lo anterior, Roland Barthes, con su peculiar agudeza, transfirió esa unicidad al motivo representado, un trozo de tiempo único congelado».

Además, se pregunta ¿qué pasa cuando el fotógrafo enfoca un cuadro y de esta manera representa una representación? ¿Es entonces doblemente aurático? Lo que hace, desde mi punto de vista, es simplemente confrontarnos con una perspectiva diferente: la de transferir parcialmente a una máquina una facultad, la de una nueva visión tan mediatizada como la que supuso la fabricación industrial de los pigmentos. Nuevas posibilidades para hacer viable la visión sintética de cada contemplador de la obra en cuestión, que la resuelve, si mira con atención, a su manera. Cruce de miradas o visiones cruzadas en pos de lo indescifrado: esta es la cuestión principal (…) el fotógrafo es un escudriñador, armado con su perforadora para abrir un sendero de luz donde paradójicamente quede al descubierto la cara oculta del tiempo. El fotógrafo se convierte en un escultor del tiempo, pues trocea y moldea un fragmento temporal único congelado».

La exposición, es una ocasión única y excepcional para reflexionar sobre la reinterpretación de un arte, el de la pintura, además de mostrar el comportamiento del público al ser sacada la obra de arte y su contenedor físico -ya sea el marco o el edificio- de su contexto museístico y llevada a otro soporte artístico como la fotografía y llevada de vuelta al contexto al que pertenece pero creando así una nueva visión, ante la que se puede dialogar a través de todas las épocas y estilos sobre el arte actual con el arte del pasado, pero también acercar el arte contemporáneo al visitante del Prado. Son visiones y reinterpretaciones que se contraponen y dejan huella, ante el posado quieto de los cuadros que miran a los objetivos de la cámaras de los fotógrafos, produciéndose así una yuxtaposición entre artesanía (pintura) y tecnología (fotografía).

Doce fotógrafos en el Museo del Prado
Museo Nacional del Prado. Madrid
21/09/2018 – 13/01/2019

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Fahrenheit 451 © DIARIO ABC, S.L. 2018

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