Entrevista a Enrique Redel, editor de Impedimenta

Entrevista a Enrique Redel, editor de Impedimenta

Publicado por el May 3, 2018

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“El libro es una de las herramientas cruciales del desarrollo humano”

 

Fundador de la editorial Impedimenta, pertenece a una nueva generación de editores inquietos intelectualmente, que se han abierto camino en el panorama editorial español.

Cuando coges, miras y abres un libro de la editorial Impedimenta, puedes apreciar un buen hacer editorial, un respeto por los libros en sus cuidadas ediciones que rezuman amor y trabajo por un oficio esencial y que actualmente está sufriendo muchas modificaciones.

Impedimenta publica treinta y dos títulos al año. Desde la editorial, Enrique Redel es su principal exponente, un editor proactivo y empeñado no solo en la búsqueda de crear nuevos lectores a través de rescatar y dar a conocer autores clásicos y clásicos modernos que han podido pasar desapercibidos, sino además de abrirse a autores más actuales, y nuevos referentes. Con el gran valor de creer en todo lo que editan.

Recientemente ha cumplido diez años en el panorama editorial español ¿Qué le llevó a fundar la editorial Impedimenta en 2007? ¿Cómo llegó a ser editor?
Ser editor (esto es, director de un proyecto editorial, no hablo de desempeñar algunos de los muchos “oficios” de la edición o trabajar al servicio de un proyecto que tú no has creado) tiene un fuerte componente vocacional. Se puede ser un corrector competente, o un diseñador brillante o un buen comunicador sin que tengas una especial vocación por ser editor. Sin embargo, la edición como “ejercicio vital” requiere de una gran implicación personal. Me parece importante recalcar la palabra “vocación”. Siempre fui un lector apasionado y bastante voraz, un apasionado del “libro” como objeto, como fenómeno (me parece uno de los inventos más perfectos de la historia). En mi época, con diecisiete años, ni siquiera sabía que un podía ser editor. Se podía ser escritor, ilustrador, librero, pero a nivel académico la edición no existía. Me matriculé en Derecho. En la carrera conocí a la que hoy es mi mujer, la escritora (y hoy mi socia en Impedimenta) Pilar Adón. Durante la carrera casi nos retroalimentábamos con lecturas, leíamos muchísimo, leíamos sin parar, luego empezamos a editar fanzines con amigos (con una vocación comercial muy underground, pero de un modo muy instintivo copiando el estilo de las revistas que nos gustaban), incluso nos editábamos a nosotros mismos, y poco a poco empezamos a colaborar con editoriales leyendo o asesorando. Pilar ganó un premio literario más o menos importante, y yo, con treinta años di el salto y empecé a trabajar en la misma editorial que la había premiado (y con la que ya trabajaba de modo externo). Pasaría por tres editoriales más a lo largo de los siete siguientes años, en los que literalmente “aprendí” el oficio: cómo “fabricar” un buen libro, cómo comunicarlo bien, cómo gestionar una editorial, cuáles son sus números y cómo llegar a las librerías. Todo lo que aprendí, más todo lo que sabía instintivamente, más todo lo que aprendí de los buenos editores que fui conociendo y que me inspiraron y me ayudaron, lo volqué en Impedimenta: libros bien hechos, mucha exigencia en la selección de lo que publicamos, y un proyecto vivo, que propone constantemente. Un proyecto en el que al principio, durante los tres primeros años, trabajé prácticamente solo (primero en una pequeña oficina alquilada, luego en casa), al que luego se incorporó Pilar, luego otros colaboradores, y que ha crecido hasta convertirse en lo que es hoy: una editorial que publica treinta y dos títulos al año y que está conformado por equipo de seis personas, cada una de ellas muy buena en su campo.

¿Háblenos de cómo ha sido la experiencia, desde el comienzo y la evolución editorial durante estos años?
Cuando empezamos, existía un gran vacío en el “fondo” de las librerías. Tras muchos años consagrados a la pura novedad, unos cuantos editores vimos necesario recuperar una cierta idea del canon, y hacerlo desde la innovación, pero salvaguardando a la vez el oficio del buen editor “recomendador”, que trabaja a largo plazo, que crea lectores, y que no se limita simplemente a alimentar a los que ya hay o a apuntarse a modas. Luego supe que era lo que Feltrinelli llamaba “edición sí”, mientras yo lo único que intentaba era trabajar a favor de sector, proponiendo, construyendo. Comenzamos editando apenas trece títulos al año, muy centrados en autores clásicos, luego clásicos modernos (autores posteriores a la Segunda Guerra Mundial) y poco a poco abriéndonos a autores más actuales, y nuevos referentes, como Cartarescu, Fitzgerald o Velikic. Y abriendo pequeñas colecciones de novela gráfica y más tarde de libro infantil (aunque, importante, no dejando que el peso del catálogo deje de bascular alrededor de la ficción literaria, que es la que nos dota de personalidad).

En nuestra trayectoria fue también crucial el espaldarazo de la concesión del Premio Nacional de Edición, junto al resto de editores del grupo Contexto. Fue un premio que nos dieron cuando apenas habíamos cumplido un año (el resto de los compañeros —Asteroide, Nórdica, Periférica, Sexto Piso— llevarían dos o tres años con sus proyectos en marcha, no mucho más) y que sirvió para poner en el mapa y dar “impulso” a una nueva generación de editores, todos en aquel momento en la treintena, inquietos intelectualmente, muy proactivos, muy empeñados no solo en los rescates, sino también en la creación de nuevos autores, muy implicados con el sector (considerábamos —algo que se mantiene hoy— a los libreros y a los distribuidores y a los medios nuestros aliados, no alguien a quienes “combatir”) y con ganas de salir y explicar el proyecto, más que de quedarnos en nuestros despachos de un modo en cierto modo solipsista.

¿Cómo se describiría como editor? ¿Cuáles han sido o son sus referentes en la edición?
Quizás la imagen que uno tiene como editor esté siempre distorsionada. Uno tiende a teñir su perfil con el deseo de lo que le gustaría ser. Me gusta considerarme un editor a medio y largo plazo (desde el día en que empecé a trabajar tengo sobre mi mesa del despacho una ilustración de Arnal Ballester que dice “Paciencia, estamos plantando” (me parece el lema que cualquier editor debería tener para inspirar su trabajo: la miopía editorial está muy extendida, es fácil obsesionarse con los resultados del año, cuando editar es una carrera de fondo, una profesión cuyos frutos verdaderos son los que se ven solo con perspectiva de años). Perseverante (creo que cualquier editor tiene que serlo, por lo demás), muy centrado en “cada libro”, y al que se le nota mucho que los títulos que edita son los títulos que verdaderamente le gustan (creo que esa energía que uno transmite es fundamental).

Hay muchos editores que me han inspirado, y que me inspiran: Jorge Herralde, por levantar un catálogo coherente y robusto alimentado incansablemente durante cuarenta y cinco años, como el de Anagrama, que además ha surtido de lecturas buenas a toda una generación —la mía—. O el desaparecido Jaume Vallcorba, por su sentido de la profesión, del respeto al lector y al sector por medio de la tipografía, del diseño, un editor paciente y muy territorial, que ha convertido la Alta Cultura en referente para muchos que, de otro modo, no llegarían a ella. Me inspiran también muchos excelentes editores de mi generación, algunos de ellos buenos amigos, porque tienen un ideal de calidad con el que nos medimos casi día a día: pienso en Luis Solano, de Libros del Asteroide, o en Julián Rodríguez, de Periférica, o en Joan Tarrida, de Galaxia Gutenberg. Son editores muy perseverantes y brillantes, de los que aprendo mucho y a los que pongo constantemente como ejemplo de cómo hacer bien las cosas.

 

“Siempre fui un lector apasionado y voraz, un apasionado del libro como objeto”

 

¿Qué papel tiene el editor en la cultura actual española?
Siendo realistas, y si hablamos de auténtica influencia en la opinión pública o a la hora de ofrecer soluciones ante los retos que se nos plantean social y políticamente, tenemos un papel muy discreto. Aunque creo que el papel del editor siempre ha de serlo. Son más influyentes los autores, los periodistas, los artistas, y es algo natural. Nuestra labor es la de meros intermediarios privilegiados. Tomamos partido por medio de nuestro catálogo, de nuestras publicaciones, y eso es algo muy poco aprehensible a primera vista; más bien nos ponemos detrás de los autores, que son los que dan la cara, porque son al final los que alzan la voz. Quizás con un altavoz que nosotros les ponemos delante, pero son ellos los que lanzan el mensaje. A la hora de hacer una historia de la literatura, los editores no estamos ni estaremos nunca en primera fila. Somos posibilitadores, mediadores, pero los que realmente llevan la voz cantante son nuestros autores.

¿El saber decir “No” es un problema vital para el editor?
Es crucial. Y hay que aprender a hacerlo, porque de esa capacidad deriva nuestra independencia. Nuestra habilidad para decir “no” es la única garantía que el lector y el sector puede tener de que respaldamos sinceramente lo que editamos. Los catálogos editoriales son la expresión articulada de un gusto. Un gusto multiforme, si se quiere, pero personal. Si dijéramos sí o aceptáramos libros o proyectos en los que no creyéramos, o que consideráramos inconvenientes, la idea de un catálogo inspirado por ese gusto se iría al garete.

Eso sí, decir “no” es complicado, porque muchas veces te une una amistad con el escritor, o se trata incluso de un autor al que ya has editado, o a veces reconoces que algún manuscrito tiene cualidades indudables, pero aun así no te gusta (porque no te causa verdadera pasión o porque no lo ves coherente con tu catálogo). Y hay que decir que no, y es difícil.

Impedimenta busca el ideal de calidad ¿Cómo se puede llegar a ella?
Creo que el trabajo de un editor tiene que estar siempre inspirado por el respeto: respeto a los lectores —no puedes darle un libro mal hecho o descuidado—, respeto al librero —que invierte mucho dinero, y tiempo y ganas, y que es al final quien acoge tus libros, y cuya presencia en la mesa de novedades tienes que ganarte—, y respeto a los autores —que invierten mucho tiempo, talento y esfuerzo en escribir sus obras, y a quienes no puedes pagarles con un libro que no esté a la altura de su esfuerzo.

La calidad, efectivamente, es un ideal. Es la demostración de que cuando haces algo lo haces lo mejor posible. Hacer algo bien o mal depende básicamente de tu cuidado a la hora de hacerlo, de tu atención, y de tu cariño a la hora de trabajar. Puedes ser más o menos brillante, o estar más o menos inspirado, pero ese cuidado al final se nota, creo yo. Aun así, siempre cometes errores. Siempre.

Uno de los referentes de su catálogo editorial es el escritor rumano Mircea Cărtărescu, recientemente galardonado con el Premio Thomas Mann de Literatura ¿Qué supone para la editorial empezar a tener premiados en su oferta editorial?
Cuando estoy escribiendo esto acabamos de recibir la noticia de que Cărtărescu ha sido galardonado con el Premio Formentor de las Letras (un premio mítico, que tiene en su palmarés a autores de la talla de Carlos Fuentes, Javier Marías, Enrique Vila-Matas, Roberto Calasso o Alberto Manguel, y que se entrega en octubre en Mallorca, en el marco de las Conversaciones Formentor que crearon Carlos Barral y Camilo José Cela en los sesenta). Cărtărescu es, sin duda, el autor más decisivo, más definitorio de nuestro catálogo. La apuesta por él ha sido a largo plazo, efectivamente: llevamos ocho años editando sus obras, y solo a partir de la publicación de “Solenoide” ha empezado a ser un autor conocido para el “gran público”. Es un autor de una calidad desacostumbrada, de los dos o tres de cada generación que “cambian” en paradigma literario, que trazan una nueva frontera expresiva, tras la cual todo es diferente. Tenemos suerte, además, porque se trata de un autor “en crecimiento”: su gran obra, la trilogía “Cegador” está todavía por publicar en castellano en traducción directa del rumano, labor que iniciaremos en septiembre de este mismo año. El Premio Formentor es el primer gran premio en lengua castellana que recibe Cărtărescu, un premio prestigiosísimo, pero estoy convencido de que no será el último.

Su catálogo está integrado por una narrativa perteneciente a la tradición, recuperando muchos clásicos de otros países, que en España han podido pasar algo desapercibidos o nunca han llegado ¿Cómo hace esa selección de títulos? ¿Es más complicado o más fácil elegir un autor o un libro?
El modo en que llegan los títulos a Impedimenta es muy dispar: muchos derivan de lecturas casi de impulso (un día visitas una librería y hay un libro que te dice algo), otras son recomendaciones de amigos, de libreros, de autores; otras te vienen porque te las pasa un agente, e incluso hay libros cuyos ecos escuchas en otros libros, o que lees que recomiendan autores admirados, y que compras, lees y te fascinan. Pero en todos los casos, lo fundamental es que se trate de un libro que nos seduzca a Pilar o a mí. Pilar es experta en voces anglosajonas (sobre todo mujeres, como Penelope Fitzgerald, Elizabeth Bowen, Iris Murdoch o Joan Lindsay, y también en escritores de ideas, como John Fowles), y yo en autores centroeuropeos, americanos, o novela inglesa de los últimos cincuenta o sesenta años (Kingsley Amis, Philip Larkin, Natsume Soseki, Stella Gibbons o Stanislaw Lem, por poner algunos ejemplos muy evidentes). Jamás publicamos un libro porque “se supone que hay que editarlo” o porque sea una obra maestra a juicio de alguien, aunque a nosotros no nos diga nada. En cuanto a la alusión a los autores, y a nuestra relación con ellos, intentamos guardar, precisamente, una cierta “política de autor”. Creemos que los buenos autores lo son no solo de una obra aislada, sino de una obra completa. Y procuramos publicar lo mejor de lo que han escrito.

Por lo tanto, la traducción es esencial en la editorial. Muchos grandes escritores fueron traductores, hecho que suele pasar desapercibido para el gran público. ¿Se le debería dar mayor relevancia a la figura del traductor?
El traductor, desgraciadamente, ha sido tradicionalmente uno de los grandes olvidados de la industria editorial. Durante muchos años, editorialmente se les consideró meros colaboradores, como los maquetistas, los correctores o los que imprimían el libro. Afortunadamente, eso ha cambiado. A efectos legales, en la actualidad, su figura se equipara a la del autor a todos los efectos. Aun así, muchas veces se ve relegado a las páginas de créditos, y en ocasiones ni eso. Para nosotros, y creo que para la mayoría de los editores de nuestra generación, es una figura clave, cuyo trabajo debe ser reconocido dentro del libro. El hecho de que los incluyamos en portada, y que incluyamos también su biografía en la ficha de libro en nuestra página web, y que hablemos de ellos en nuestras newsletters nos parece natural, de pura lógica. Para nosotros nos resulta extraño, porque creemos que debería ser así siempre.

 

“Jamás publicamos un libro porque ‘se supone que hay que editarlo’ o porque sea una obra maestra a juicio de alguien”

 

¿En el caso de autores actuales, cómo debe ser la relación entre editor y autor?
La relación entre los autores y los editores es muy peculiar. Suele ser una relación muy estrecha, porque por ambas partes se pone mucha carne en el asador, y el nivel de confianza ha de ser muy alto para que la cosa funcione. El autor acaba una obra, una obra que ha administrado, modelado y controlado de manera personal durante meses o incluso años, y se la confía a un editor, un tercero que además es el responsable de decidir si su obra se edita o no, y cómo, y cuándo, y en qué condiciones. Tiene que existir un alto grado de confianza y de sinceridad por ambas partes. Se plantean dudas, se hacen sugerencias, y el editor tiene que jugar siempre en un terreno muy estrecho y delicado, en el que puede pecar de ser demasiado intervencionista, aunque sea por bien de la obra, aún a riesgo de desvirtuarla, y el autor se tiene que fiar de un tipo que lee el libro en una clave diferente a la suya.

En mi caso la relación siempre ha sido muy fecunda y muy buena. Suelo admirar mucho a los autores a los que edito, y esa admiración hace que sea muy sincero con ellos: si hay algo en su obra que me chirría o no me gusta, creo que mi deber es señalárselo. Porque creo que les hago un favor indicándoselo. Afortunadamente, en ese sentido somos dos los que leemos en la editorial en estos casos (Pilar hace también una labor de lectura, y ella es una gran escritora que muchas veces ve el libro desde otra óptica), y eso nos ayuda a ser más objetivos.

¿Qué le gustaría alcanzar a nivel editorial en los próximos años?
Los primeros años de una editorial son de un trabajo ingente: lees, diseñas, planificas, viajas, haces prensa, corriges los libros, presentas tu editorial a libreros, prensa y lectores… Esa etapa quedó atrás, la gente ya nos conoce, nos reconoce, y hace ya unos años nos embarcamos en la labor de crecer (controladamente, siempre con un techo de treinta títulos al año, sin intentar abarcar más). Sentimos la necesidad de “algo más”: de abrir nuevos caminos, de descubrir nuevos autores, de hacer libros no ya mejores, sino diferentes. Para eso se necesita tiempo para investigar, para viajar y para leer. Es clave asentar un buen equipo, un equipo conjuntado, para que esa “velocidad de crucero” se mantenga mientras se abren nuevas vías.

Su catálogo también se compone de colecciones como La pequeña Impedimenta o El chico amarillo, dirigidas a un público más joven ¿Qué diferencias puede haber entre editar cómics o literatura infantil frente a la edición literaria dirigida a un público adulto?
Creo que la situación de las editoriales “pequeñas” que tenemos esos dos tipos de colecciones en nuestros catálogos es paradójica. Por definición, nuestro catálogo es la expresión depurada de nuestro gusto. Nos gusta editar narrativa, rescatar autores, descubrir otros nuevos, hacerlo con rigor, hacer buenas ediciones. Y a esos mismos editores nos gusta la novela gráfica, el libro infantil de calidad, la experimentación gráfica. Ambas líneas conviven en un mismo catálogo emprendiendo caminos en algunos casos divergentes. Las motivaciones que están detrás de la contratación de Mavis Gallant, John Fowles o Cărtărescu son diametralmente diferentes a las que nos animan a publicar a Júlia Sardà o a David B o a Liniers. Y parten de los mismos “seleccionadores”, cuando, en buena medida, van dirigidos a públicos diferentes. Por eso, desde hace tiempo, hemos decidido “separar” físicamente los catálogos. Que discurran paralelos, pero independientes el uno del otro, el literario y el gráfico. Era la única manera de que ambos no se influyeran demasiado y que uno coartara al otro y “limitara su campo”.

¿Qué opina de la crítica literaria? ¿Es necesaria para dar a conocer a los autores y sus obras?
Creo que la buena crítica literaria (es decir, la que es independiente, la que es razonada, la que está basada en criterios de calidad y emitida por un lector con bagaje y juicio, la que no es oportunista ni coyuntural) es absolutamente necesaria para realizar la labor de criba que es crucial para desbrozar lo bueno de lo malo en el ámbito cultural. Es una lástima, porque tengo la sensación de que su importancia se ha diluido. El lector se enfrenta a decenas de miles de libros que se publican cada año, y no podemos dejar que sea el editor cuyo departamento de márketing sea más grande el que haga que un lector se decante por un libro o por otro. En los últimos años el crítico ha perdido esa capacidad de prescribir, porque los medios de difusión son otros, y porque las redes sociales y las recomendaciones entre pares han sustituido al púlpito del crítico en los suplementos. Una labor de prescripción que ha sido adoptada por el librero, que al final es mucho más decisivo a la hora de recomendar.

¿Cómo definiría al libro?
No creo que exagere si digo que trata de una de las herramientas cruciales del desarrollo humano. Es casi el primer ingenio que posibilitó la difusión a gran escala del conocimiento, de las ideas, democratizó la cultura, la “fijó”, nos enseñó a pensar, y de hecho es un invento que prácticamente sustenta lo que somos hoy, y por qué somos como somos. Los filósofos de la ciencia lo consideran una de esas “tecnologías robustas” que, por propia definición, pueden mutar de aspecto, de calidad, pueden tener más o menos valor, pero no son “mejorables” conceptualmente. Las llamadas “nuevas tecnologías” que intentan derrocar al libro son por propia definición obsoletas. Y los libros electrónicos no son otra cosa que “simulacros de libros”, con fecha de caducidad, además. Que entretienen apenas, o que “forman” de un modo meramente accesorio, pero que no fijan la cultura, no dejan la misma impronta que el libro en papel, no manchan la página de nuestra mente.

Una cualidad importante y que distingue a Impedimenta, es el cuidado diseño de sus publicaciones, y usted –si no me equivoco- es el principal responsable de diseñar las portadas de la colección principal ¿qué proporción de trabajo le dedica al diseño del libro? ¿Qué le inspiró a buscar ese diseño? ¿De dónde vienen esas imágenes tan bien realizadas?
El buen diseño forma parte de la filosofía editorial de Impedimenta (es casi lo primero que sale cuando a los lectores les preguntas que definan Impedimenta). No concibo un libro verdaderamente valioso que no esté bien hecho: no solo bien escrito o traducido, sino bien maquetado, agradable de leer, agradable de ver. No sé por qué tenemos que renunciar a la belleza del libro, que un libro sea bonito no le quita valor a su contenido. Y además, en el marco del trabajo editorial, es una muestra de respeto por el autor, por el lector y por el librero.

Yo dedico mucho tiempo y esfuerzo personal al diseño de los libros. No soy el ejecutor de muchas de las tareas, pero mi labor podría resumirse en la etiqueta un poco etérea de “director de arte”. Personalmente, es la labor que más satisfacciones me reporta (quizás con el descubrimiento de un libro que me gusta de verdad, y que acabo contratando). Visito bancos de imágenes, reviso libros, visito páginas de internet donde me inspiro, me fijo en el trabajo de otras editoriales que me gustan…

Cuando era más joven podría haberme dedicado a dibujar. Aparte de leer, era lo que más me gustaba. No se me daba excesivamente mal, y tenía una vocación clara, pero eran otros tiempos (no había las mismas escuelas de arte que ahora, ni tan buenas, no era una verdadera opción “profesional” por entonces), y al final la vida me llevó por otro lado. Pero ese “prurito” estético permaneció, y se plasma en las portadas que hago y que mi equipo me ayuda a plasmar.

 

“No podemos dejar que sea el editor cuyo departamento de márketing sea más grande el que haga que un lector se decante por un libro o por otro”

 

¿Qué opinión tiene del diseño editorial? ¿Cree que es parte importante en una colección para que el lector se decante finalmente por su compra?
Creo que en nuestro caso el buen diseño, la belleza de los libros, de las portadas, no se plantea como un “gancho comercial”. Al menos no está pensado de ese modo, a pesar de que un buen libro atrae al lector con gusto. El buen diseño no es más que el corolario, la plasmación de una idea más amplia, la de “buen libro”. No concibo un libro valioso que a la vez no sea bello, bien hecho. Yo no compro libros feos o mal hechos. No se ganan mi respeto. Los libros mal hechos, hoy en día, con todas las herramientas que están a nuestro alcance, son imperdonables. Denotan dejadez, de falta de respeto por el lector. Un buen editor no es solo un buen seleccionador de buenos textos. Es alguien que es capaz de comunicar a muchos niveles. La buena comunicación lo es todo, y abarca todo: la manera de presentarte tú y de presentar tus libros.

Por otro lado, existe un nuevo paradigma cultural: el ocio ha cambiado, y muchos lectores han dejado de leer y se dedican a ver series o a los videojuegos o a las redes sociales. El libro tiene que cambiar también, hacerse más atractivo, ofrecer más de lo que ofrecía hace unos años. En ese sentido, vivimos en una Edad de Oro del diseño editorial en España.

Cuando entramos en una librería las mesas están repletas de novedades.  ¿Cree que hay demasiados títulos editados y se va más a la cantidad que a la calidad?
En España se publican 8.000 novedades literarias al año. Eso supone más de veinte novedades cada día. Sumemos las reimpresiones, los relanzamientos, los libros que se reponen… Sumemos que no todos los meses del año se edita igual, que hay meses más calientes que otros, y tendremos una buena foto fija de la situación. España no es un país especialmente lector. Y aun así, la máquina productora de libros no baja el ritmo. La sensación de los “demasiados libros” es consustancial a la industria editorial. Y en los últimos años, con la crisis, se ha producido un adelgazamiento del sector. Pero aun así, los vicios heredados de las épocas de vacas gordas hacen que se siga editando más de lo que el mercado es capaz de absorber.

Nuestra línea, sin embargo, no es esa. No creemos en las ofertas basadas en la acumulación o en las apuestas a ciegas, o en editar un título para que los competidores no lo hagan. Ni en manchar la mesa de novedades, acaparando espacio. Se basa (al igual que la mayoría de las editoriales de nuestro tamaño) en la selección, en un listado cerrado de títulos-apuesta. Esa es nuestra marca. Publicamos dos o tres títulos al mes, no nos interesa editar más, y procuramos controlar tanto el aspecto del libro como su contenido y su difusión. Creemos que esa es la manera inteligente, sostenible, de trabajar. Ese, además, es nuestro valor: creemos en todo lo que editamos. No concebimos que sea de otro modo.

Los editores insisten en la necesidad de desarrollar políticas de fomento de la lectura y de protección de la propiedad intelectual. ¿Cómo?
Por lo que se refiere a las políticas de fomento de la lectura, y como defensores de la cadena de comercialización del libro, de las librerías de calidad y de las bibliotecas, de la lectura como una opción “real” de consumir cultura, creo que diferimos en cierto modo de la “línea oficial” que marcan nuestros representantes gremiales. ¿En qué consisten esas pretendidas políticas de fomento a la lectura? ¿En hacer anuncios para las marquesinas en las que les decimos a la gente que tienen que ser buenos y leer? ¿En gastarnos el dinero en spots para las televisiones? No creo que sermonear sea la solución. Creo que una buena política de fomento de la lectura tiene que pasar necesariamente por las librerías (y por ende de las bibliotecas) como espacios clave de la difusión del libro. Por mejorar las condiciones fiscales de los agentes de comercialización del libro (vender un libro supone vender cultura, y cultura somos nosotros, todos nosotros), por aumentar las partidas presupuestarias de las bibliotecas, y por que las bibliotecas, para adquirir los libros, tengan que pasar por las librerías.

En cuanto a la protección de la propiedad intelectual, creo que es necesario un ejercicio, aquí sí, pedagógico: la cultura no puede ser gratis, tenemos que quitar a la gente esa idea de la cabeza. Por eso, igual que pagan el pan o la cerveza o los tomates, hay que acostumbrar a la gente a que pague por la cultura. A nadie se le ocurre robar en el supermercado por costumbre, porque entienden que detrás de un paquete de yogures hay gente que vive de ello, y lo ven normal. No está bien visto robar en las tiendas, si lo haces te califican, con razón, de chorizo. Y sin embargo, está incluso de moda piratear libros, o series o películas. Aquí se trata de cambiar la conciencia de la gente respecto a una industria que mueve miles de millones de euros y da de comer a mucha gente.

 

“Nuestra habilidad para decir “no” es la única garantía que el lector y el sector puede tener de que respaldamos sinceramente lo que editamos”

 

Con el auge de las nuevas tecnologías ¿Está perdiendo el libro su sitio en la sociedad? ¿Qué futuro le espera?
El libro ha perdido en buena medida su papel como vehículo de mero entretenimiento (siempre que no se le pida más que eso). El que antes leía un libro solo para entretenerse y pasar el rato, ahora ve series o charla por whatsapp con sus amigos. Es más cómodo, requiere menos energía, es más accesible. Leer requiere más esfuerzo, más inversión. La transición de estos hábitos ha coincidido con la crisis de los últimos años, pero eso solo ha sido casual, una cosa no ha tenido que ver con la otra: cambian las maneras de entretenerse, y las opciones de consumo cultural.

El libro “literario”, el que va dirigido a lectores hechos, no de aluvión, no ha cambiado en igual medida. Carezco de la suficiente perspectiva (empecé a editar libros cuando ya la economía había comenzado a empeorar, y cuando se empezaron a imponer con fuerza otras opciones de ocio), pero mi constatación es que mis lectores (y los lectores de otras editoriales de nuestro corte) no se han perdido por el camino, y en ese sentido la renovación se sigue produciendo. En nuestro caso, crecemos anualmente, de modo sostenido, y sin tener que depender de un libro de ventas excepcionales. Eso no quiere decir que la situación no pueda revertirse en cualquier momento, pero a mi alrededor la vivencia de las editoriales que conozco es similar a la nuestra.

¿El libro digital está siendo una amenaza para los editores o es una oportunidad que todavía no está cuajando lo suficiente en España? ¿Cuál es la posición de Impedimenta ante la era digital?
Impedimenta está en el negocio de los libros electrónicos desde hace aproximadamente cinco años. Aun así, no se trata (también por nuestra propia manera de trabajar y de plantearnos nuestra labor) de una línea de negocio en la que invirtamos nuestras energías. Nuestra implicación “creativa” en el proceso del libro electrónico y en su comercialización es infinitamente menor que en el caso del papel. De hecho, el libro electrónico es subsidiario en todos los sentidos del libro en papel. Es una mera opción de comercialización más. Nada más. Un servicio suplementario a nuestros lectores. Si esos lectores no nos lo demandaran, nosotros no estaríamos en el libro electrónico. No querríamos seducirles para que leyeran nuestros libros, como sí que hacemos en el caso del papel.

La percepción que se tiene a nivel general (o al menos lo que nos han intentado hacer creer acerca del libro electrónico) está equivocada. No quiero ser categórico, pero cuando uno mira cifras, se da cuenta de que es un negocio virtualmente estancado desde hace tiempo (no solo en España, sino a nivel global), que se basa, a mi juicio, en consideraciones que tienen más que ver con la inversión en tecnología que en inversiones que tengan retorno en el sector cultural. Un negocio, además, que tiene fecha de caducidad (se basa en tecnologías por definición obsoletas: de ese modo el verdadero negocio está en la constante renovación de los aparatos necesarios para poder leer esos libros que se quedan inservibles cada pocos años. Justo ahí es donde se generan los beneficios, no en los contenidos para llenar esos aparatos, que son meramente accesorios). Creo, además, que se trata de un negocio que para casi ninguno de nosotros es verdadero “negocio”. A nadie aprovecha realmente salvo a los fabricantes de aparatos electrónicos y a las grandes tiendas de venta por Internet, quizás, y de un modo indirecto. A los editores, a los autores, a los libreros y a la gente del sector nos reporta más bien pocos beneficios.

Y a las librerías ¿Qué futuro les espera?
En mi opinión, las librerías, en general, como “actor del mundo del libro”, lo han ido haciendo bastante mejor de lo que pensamos. Muchísimas han sabido leer bien la situación, y adaptarse a los cambios en los hábitos de consumo. De grandes despachos de libros, las librerías se han sabido convertir en espacios de selección, con libreros que saben y que hacen bien su trabajo. La noticia suele ser que muchas librerías cierran, cuando la verdadera noticia es que hay muchas buenísimas librerías que abren casi cada mes, y otras que se renuevan y siguen más vivas que nunca. Unas librerías que hacen un trabajo increíble, y que han logrado vertebrar en cierto modo la vida de las ciudades en las que se asientan: en Albacete, en Alicante, en Oviedo, en Málaga, en La Coruña, en Cádiz… Vertebran barrios enteros en Pamplona, en Zaragoza, en Pontevedra… Prácticamente gestionan la política cultural de la ciudad. Y dan lugar a fenómenos increíbles. Por poner un ejemplo, tres librerías que han abierto en los últimos años en tres ciudades pequeñas, fuera de los “grandes circuitos editoriales” (Intempestivos en Segovia, Letras Corsarias en Salamanca y La Puerta de Tannhäuser en Plasencia), han cambiado la vida cultural de esas ciudades, y en algún caso las han puesto en el mapa (literalmente). Esas tres librerías, agrupadas en una asociación que se llama, “La conspiración de la pólvora”, llevan a autores increíbles a estas ciudades (de otro modo ni siquiera se plantearían ir), una iniciativa que les hizo merecedores el año pasado del Premio Nacional al Fomento de la Lectura. Ese es el camino.

Para terminar. Se está acercando la fecha de la Feria del Libro de Madrid. El año pasado se confirmó como un oasis dentro del mercado español con el incremento de las ventas, un aliciente para el mundo editorial español. ¿Cómo afronta una editorial como Impedimenta esta cita anual?
La Feria es interesante, no ya a nivel económico, sino casi como fenómeno. Son diecisiete días durante los que, sin querer recurrir al tópico fácil, el libro sale a la calle (e insisto en que no quiero que suene a cliché ni a recurso fácil). Asociar durante esos diecisiete días “libro” con “diversión” lanza un mensaje que tiene una importancia crucial. El libro, como vehículo de deleite intelectual, se pone a prueba en eventos como este, que son masivos. La feria, además, es el momento en que que nos reencontramos con muchos lectores que vienen cada año a visitarnos (y que repiten, y a quienes conocemos ya). La Feria sirve para escuchar a esos lectores, y también para contarles también nuestro proyecto.

¿Qué tres libros de su catálogo recomendaría leer sin falta?
Es muy complicado elegir. Y cada día mi gusto fluctúa. Pero si tuviera que recomendar hoy tres títulos de Impedimenta, entre los 250 aproximadamente que hemos publicado hasta ahora, sin duda estarían estos:

-Solenoide, de Mircea Cartarescu. 
La flor azul, de Penelope Fitzgerald.
-Oso, de Marian Engel.

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