René Magritte y el arte de pintar como arte de pensar

René Magritte y el arte de pintar como arte de pensar

Publicado por el Jan 17, 2018

Compartir

«Bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas». Esta definición sin sentido de la belleza en las páginas de Los cantos de Maldoror del conde de Lautréamont, expresó la elección de André Breton y sus amigos de una estética del choque y de lo arbitrario, originando en Francia un movimiento artístico -a partir del dadaísmo- conocido como surrealismo. Breton, precursor, líder y gran pensador del movimiento, descubre también las teorías de Sigmund Freud y Alfred Jarry, catalizadores de lo que sería el famoso Manifiesto Surrealista que originó el movimiento, inclinándose hacia la destrucción nihilista y la construcción romántica.

Volviendo a la definición particular de «belleza» René Magritte la descubre en 1923 cuando contempla por primera vez la reproducción del Cántico de amor de Giorgio De Chirico. El cuadro de Chirico sustituye el paraguas y la máquina de coser de Lautréamont, por un guante de caucho rojo y una escultura en yeso del perfil de un dios griego.

Al principio, el surrealismo era un movimiento fundamentalmente literario, y hasta un poco más tarde no produciría grandes resultados en las artes plásticas. Surge un concepto fundamental, el automatismo, basado en una suerte de dictado mágico, procedente del inconsciente, gracias al cual surgían poemas, ensayos, etc., y que más tarde sería recogido por pintores y escultores.

A partir de 1927, Magritte realizó los primeros cuadros de palabras en los que contrapone la imagen de un objeto con una definición escrita que no guarda ninguna asociación de orden lógico —asocia «el cielo» a la imagen de un bolso o «el pájaro» a una navaja plegable—. Los cuadros de palabras abren un capítulo nuevo en la pintura de Magritte. Inician así una reflexión diferente sobre la función de las imágenes en el arte.

Magritte habla de un sentido de cambio en su arte y otorga su conversión la forma de un relato onírico. En dicho relato, descubre un nuevo y sorprendente secreto poético, en el que la impresión experimentada ante la sustitución de objetos que cumplen una función determinada en un contexto concreto son sacados por otros de un contexto diferente, por lo que se debe precisamente a la afinidad entre ambos objetos —como la jaula, el pájaro dentro de esa jaula y el huevo que aparece dentro en lugar del pájaro—.

A partir de esto Magritte se pregunta, si otros objetos que no fuesen la jaula podrían también revelarse —gracias al esclarecimiento de un elemento que les fuera propio y que les estuviese rigurosamente predestinado— en la misma poesía evidente que el huevo y la jaula habían sabido producir con esa unión. Al renunciar a estas asociaciones fortuitas, azarosas, arbitrarias, los cuadros de Magritte se hacen tan rigurosos como las fórmulas matemáticas… Cada cuadro es la solución a lo que el pintor identifica como un “problema” en el que sus estudios se parecían a la búsqueda de la solución de ese problema, del que contaba con tres datos: el objeto, la cosa ligada a él en la sombra de su consciencia y la luz a la que esta cosa debería llegar.

Si los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial son los del enfrentamiento de Magritte con los poetas, una vez terminada, los filósofos se convertirán en sus interlocutores. Magritte buscaba que el imaginario, lo surreal, lo irreal, sean tratados como merecen, para desembocar así en un arte intelectual.

La ambición de Magritte, que pretende que su arte sea reconocido como una forma lograda de expresión del mundo interior, se enfrenta continuamente a los prejuicios de una tradición filosófica que estigmatiza la problemática relación de las imágenes con la realidad y la verdad. La pintura de Magritte, con la elección de un vocabulario iconográfico singular y restringido, y a través de las múltiples escenificaciones de dichos objetos, cuestiona esa especie de censura con que la filosofía ha podido avasallar a la pintura.

Magritte fue el principal impulsor del surrealismo belga, impulsado por el científico Paul Nougé, que le otorga al movimiento -en 1926- una orientación diferente a la del surrealismo francés a través de su «cientifismo». Magritte es fiel a esta orientación, lo que le lleva a convertir su arte en una herramienta cognitiva, a querer confundir pronto su pintura con el propio pensamiento.

“El arte de pintar es un arte de pensar”.

En 1930 en la ciudad de París, Magritte apartó deliberadamente del mundo del inconsciente a sus obras del momento y desarrolló un tipo de surrealismo basado en la asociación absurda de objetos que pintaba con una minuciosidad fotográfica. A través de unas imágenes de aparente sencillez conseguía descubrir al espectador el lado más misterioso de su entorno familiar.

A Magritte lo podemos considerar como un gran dialogador con su obra, por lo que otros artistas e ilustradores hagan lo mismo partiendo de sus obras, es algo que enriquece mucho, ya que el lector/espectador puede apreciar y estudiar perspectivas diferentes sobre un artista y su obra. En René Magritte visto por (Turner), ocurre exactamente esta magia intelectual y gráfica, ya que el libro que es una especie de compendio en el que se reúnen diferentes formatos de celulosa, como dos pósters, dos libros acordeón a todo color y un librito en blanco y negro, son un montón de viñetas firmadas por nombres de talla internacional como el historietista francés David B. (1959), Gabriella Giandelli (1963), Eric Lambé (1966), Miroslav Sekulic-Struja (1976) y Brecht Vendenbroucke. La obra principal es el librito de 32 páginas que a modo de cómic Francois Olislaeger (Lieja, 1978) nos presenta la vida del artista. Esta no es la primera vez que el ilustrador francés, emprende un proyecto de este tipo. Hace más de dos años lo hizo con Marcel Duchamp en otro libro objeto Marcel Duchamp. Un juego entre mí y yo  (Turner) que es una tira de papel de seis metros por las dos caras. Con Magritte utiliza Olislaeger el mismo estilo de ilustración de trazo simple y gran claroscuro que evocan ese mundo onírico y cargado de simbolismo en dónde cada una de ellas está liberada de la estructura rígida de la viñeta, así consigue que el mundo surrealista de Magritte se nos presente de forma brillante en collages narrativos.

Una biografía-objeto que ensalza el concepto que tenemos de libro, dotándole de un significado totalmente “magrittiano” el cuál la palabra libro es dotada de un motivo mucho más amplio. Una joya rara en la que vemos esa reinterpretación del artista y su obra viendo en los diferentes formatos esa leyenda que lo ha erigido como genio de un humor absurdo, mensajero del surrealismo de entreguerras y de una desbordante imaginación, además de representante de una patria muy particular, la del inconsciente de un hijo huérfano de una madre suicida que se ahogó en el río y que siempre evitó relacionar ambos hechos: en otro gesto de inaudita modernidad que no creía que la biografía de un artista sirviera para explicar su obra.

Magritte dotó al surrealismo de una carga conceptual basada en el juego de imágenes ambiguas y su significado denotado a través de palabras poniendo en cuestión la relación entre un objeto pintado y el real. Como surrealista figurativo que se sirven de un realismo minucioso y de medios técnicos tradicionales, pero que se apartan de la pintura tradicional por la inusitada asociación de objetos y las monstruosas deformaciones, así como por la atmósfera onírica y delirante que se desprende de sus obras.

“Prefiero hablar de imágenes. Pensemos en un árbol, por ejemplo. Un árbol es una imagen. Es la imagen de cierta alegría. Para percibir esa imagen hay que estar inmóvil como el árbol. Cuando estamos en movimiento, el árbol se convierte en espectador”.

René Magritte visto por es una obra que tiene aspecto de sencilla, sútil e incluso en ocasiones algo infantil, pero está muy cargada de unas preocupaciones filosóficas y artísticas que distorsiona los objetos y juega con las palabras. Aspectos como la muerte, la vida, las imágenes, forman parte intrínseca de una obra -la de Magritte- que marcó la historia del arte contemporáneo.

Es un trabajo gráfico fino de gran valor artístico y editorial. Un cómic encontrado o ready-made que describe el arte de Magritte a través del uso de las ilustraciones que tienen -en principio- una función no artística. Perdurable en el tiempo y en el conocimiento humano que se ejercita como contenedor de un conjunto de ideas gráficas perfectamente enmarcables como objetos que determinan la naturaleza, los fines y la función del arte, y con ello la finalidad de las imágenes que rigen las relaciones entre signo y cosa designada.

René Magritte visto por // Gabriella Giandelli, Brecht Vandenbroucke, François Olislaeger, David B., Éric Lambé, Miroslav Sekulic-Struja //Turner // 2017 // 22 euros

Compartir

ABC.es

Fahrenheit 451 © DIARIO ABC, S.L. 2018

Bienvenido al magnífico y excéntrico mundo del diseño gráfico, a la imaginación de la ilustración, a la puesta en escena de la fotografía, a la pincelada sutil del arte, a la grandiosidad de la arquitectura y todo ello relacionado y puesto en común en ese formato con obsolescencia programada, o no, que es el papel.Más sobre «Fahrenheit 451»

Categorías
¡Sígueme en twitter!

Más sobre «Fahrenheit 451»