Sube al histórico “tren gráfico” del cine

Sube al histórico “tren gráfico” del cine

Publicado por el Apr 11, 2017

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Todo comenzó con una polémica allá por el año 1872; enfrentaba a unos aficionados a los caballos en California, que sostenían que había un instante, durante el trote largo o el galope, en que el caballo no apoyaba en ningún momento sus cascos en el suelo. En dicha época no se conocía una manera de demostrar quién tenía razón, hasta que Leland Stanford tuvo la idea de un sencillo experimento: consistía en un método que fotografiara al caballo en las diferentes etapas de su galope y que proporcionara una vista completa de todo el trayecto recorrido, para lo cual Stanford encargó a Eadweard Muybridge que tratara de captar con su cámara el movimiento de su caballo de carreras Occident. En mayo de 1872, Muybridge fotografió al caballo, pero sin lograr resultado, porque el proceso del colodión húmedo exigía varios segundos para obtener un buen resultado. Muybridge más adelante, en 1873 logró producir mejores negativos, en los que fue posible reconocer la silueta de un caballo. Esta serie de fotografías aclaraba el misterio y le daba la razón a Stanford, pues mostraba las cuatro patas del caballo por encima del suelo, todas en el mismo instante de tiempo.

Con esta técnica de la cronofotografía desarrollada en la década de 1830 que se define como “un conjunto de fotografías de un objeto en movimiento, tomadas con el objetivo de recoger y exhibir las sucesivas fases del movimiento” sirvieron de base para el posterior invento del cinematógrafo, abriéndose todo un mundo de posibilidades para la imagen en movimiento. En 1895, Auguste y Louis Lumière presentaron su patente “cinématographe”. Este término ya había estado patentado anteriormente por Léon Bouly en 1892 para describir esa máquina que tomaba imágenes en movimiento. Aun así, por falta de pago en el año 1894, el nombre quedó libre de nuevo y fue retomado por los hermanos Lumière. Dentro de la máquina se encontraba una película perforada de 35 milímetros de ancho, aunque era parecida a la del kinetoscopio de Thomas Edison, los Lumière, conscientes de que Edison la había patentado, decidieron hacer perforaciones circulares en vez de cuadradas, una a cada lado de cada fotograma, para así evitar problemas legales.

Los hermanos Lumière consiguieron el 28 de diciembre de 1895, en el salón “indien du grand café”, en París, la transformación de lo que empezaría a ser una industria del entretenimiento con la demostración pública de su invento en la que proyectaron una serie de imágenes en una pantalla. Pero aquellas imágenes no eran una serie de imágenes normales, estaban moviéndose como si estuviesen vivas. Aunque la idea de imágenes en movimiento no eran nuevas para la sociedad de la época (el kinetoscopio de Edison era un divertimento popular), la habilidad de este dispositivo era la de proyectarlas en una pantalla, algo que nunca había sido visto con anterioridad. En una de esas películas que se proyectaron en la oscura sala del café parisino, se convirtió en el primer icono gráfico del nuevo arte. En ella el público está ante ante la visión de una enorme locomotora aproximándose de manera implacable hasta los límites de la pantalla, propiciando que el público se levantase aterrorizado de sus sillas. Y es que, aun sin formar parte del programa de la primera sesión cinematográfica de la historia (hecho que tuvo lugar poco antes, en diciembre de 1895, con la proyección de diez primeras bobinas encabezadas por la inaugural Salida de los trabajadores de una fábrica- vídeo de arriba-), no cabe duda que La llegada de un tren a la estación de La Ciotat (abajo), reúne por primera vez  buena parte de los elementos que van a dotar a la nueva atracción, de un lenguaje único y específico que dará lugar al arte del cine.

 

Por lo que os invito a subiros a ese tren apasionante a través de otro lenguaje visual y narrativo, el cómic. Con Filmish (Reservois Books) de Edward Ross nos embarcarnos en un gran viaje gráfico por la historia del cine en siete capítulos temáticos. A través del alter ego dibujado de Ross -que sirve de hilo conductor- nos presenta en cada capítulo un enfoque particular de la interpretación del cine en general y de parte de sus películas en particular, que han llegado a marcar un hito en la trayectoria de este lenguaje visual y que implica mucho más que mero entretenimiento.

Con referencia a lo largo de la narrativa gráfica a más de 300 películas, desde Ciudadano Kane a La jungla de cristal, del Viaje a la luna de Melies a Inception, pasando por Tiempos modernos de Chaplin, Blade Runner, 2001: Odisesa en el espacio, los western y más allá; con un dibujo sencillo y ágil en blanco y negro -no exento en detalles- muy cercano a la línea clara del cómic franco-belga, acompaña a la perfección al relato histórico, Ross nos ofrece un ensayo gráfico brillante, que al lector se le hará breve, por la gran cantidad de luces e interpretaciones que arroja sobre el cine.

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Empezando desde la mirada de los directores y actores, continuando con la importancia de los cuerpos ante la pantalla y lo que llegan a transmitir en cada película, todo ello es vestido con la importancia de los decorados y la arquitectura en el cine. Ross consigue que nos paremos a mirar todo aquello que está de fondo y que en un principio puede pasar desapercibido al espectador. Dese la pesadilla de un paisaje urbano de cine negro, con un futuro distorsionado pero profético de ciencia-ficción hasta la banalidad de un barrio residencial. Cuenta Ross que las películas nos permiten comprender mejor nuestro mundo y el lugar que ocupamos en el. Los lugares están cargados de un significado intrínseco. Las siluetas de los edificios, las formas de vida, la ausencia o la presencia de naturaleza, entre otros aspectos, determinan nuestra percepción de un espacio. En la “ciudad cinematográfica” encontramos algunos de los reflejos más intensos del mundo en el que vivimos que junto con el tiempo forman parte sustancial de la existencia.

Un tiempo -también analiza Ross- que es para los cineastas un tema que ha suscitado una fascinación constante. Desde el paso de ese tiempo meditativo de las estaciones, hasta la tensión de una carrera de fondo junto a la compleja estructura de los flashbacks, el cine permite examinar y explorar un tiempo desligado de nuestra propia cronología. Con el proceso de montaje el cineasta puede explorar las idea misma del tiempo de un modo imposible en cualquier otro medio (salvo la literatura). Un tiempo que es el fundamento esencial del séptimo arte.

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Otro de los elementos que analiza Ross es la voz y el lenguaje. Con las palabras, las imágenes sueltas tienen un significado limitado pero al acumularse imágenes y símbolos pueden crearse nuevas y densas amalgamas de sentido.

El cine es una forma de comunicación muy potente (e incluso ideológica) que se ha utilizado a lo largo de la historia, con el avance de la tecnología, desde su creación se ha utilizado para difundir mensajes e ideas por todo el mundo, para transmitirlas al público a través del sonido y de la imagen. Pero esos mensajes no son invariables. Una vez se estrena una cinta, esta se separa de su autor y empieza a vivir un proceso con vida propia en el que sufre cambios de forma y significado. Una vez se liberan del control de sus creadores es cuando las películas son más emocionantes y ofrecen al espectador la oportunidad de rechazar su mensaje superficial y sancionado para pasar a descubrir historias propias.

En Filmish, se aprecia a la perfección la pasión del autor/ilustrador fomentada por  un interés temprano y obsesivo por el cine y los cómics. No fue hasta después de estudiar Cine en la universidad cuando logró combinar estos dos intereses en forma de cómics autopublicados, siendo el origen de la obra Filmish. En ella transmite dicha pasión que adentra al lector en un mundo diegético fascinante que con el formato visual del cómic consigue potenciar el mensaje intrínseco de la obra gráfica en la que ningún aspecto escapa a un magnífico análisis: la censura, el diseño de decorados, la raza y la hegemonía, la propaganda, la sexualidad, etc.

Una obra gráfica muy atractiva, didáctica y fascinante de principio a fin, como el propio lenguaje del cine, reflejo de un mundo espectácular, mágico o realista. Un imprescindible para todo amante del cine y del buen cómic.

“Filmish. Un viaje gráfico por el cine” // Edward Ross // Traductor: Carlos Mayor Ortega // Reservoir Books // 2017

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