Dibujando ideas con humor en The New Yorker

Dibujando ideas con humor en The New Yorker

Publicado por el Feb 5, 2016

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The New Yorker,  la revista estadounidense de tirada semanal con la portada más característica del panorama editorial mundial, en la que siempre muestra una ilustración ausente de palabras, es conocida además, por sus críticas, ensayos, reportajes de investigación y ficción principalmente dirigido al público de Nueva York, pero que como es lógico en un mundo global como el actual, se expande a un público más numeroso de un marcado perfil cultural alto. Esta publicación, de la que me califico fan absoluto de sus dibujos y de algunos de sus autores, recibe alrededor de 1.000 caricaturas cada semana, de las que solo publica unas 17 de ellas. Bob Mankoff es su “cartoon editor”, toda una eminencia en el mundo de la caricatura editorial. Todo un personaje con una amplia experiencia en la revista (desde los años ochenta), en donde no hace otra cosa que ver, desechar, desechar, desechar y el algún caso seleccionar esas caricaturas que le llegan para ilustrar los temas que se van a publicar en el siguiente número.

En una conferencia de hace un par de años en los encuentros TED Ideas worth spreading”, habló sobre “diseñar humor”, algo muy interesante que lleva a algunas discusiones sobre las restricciones y cómo en ciertos contextos el humor está bien y en otros contextos está mal.

Nadie está satisfecho al cien por cien con el humor. Una de las cosas que señala Mankoff, es que las caricaturas aparecen en un contexto concreto y en este caso, es el de la revista The New YorkerPero, no se puede satisfacer a todos con el humor, ya que lo que puede hacer reír a unos, puede ser ofensivo para otros. The New Yorker es un entorno sensible, en donde es muy fácil que a la gente se le saque de quicio y uno se debe de dar cuenta de que es un entorno inusual que sale a una audiencia amplia, en donde puede pasar que nadie sepa de qué se ríe el otro y al analizarlo, la subjetividad que conlleva el humor sea algo muy interesante. El humor es un tipo de entretenimiento. Todo entretenimiento contiene una pequeña dosis de peligro por lo que algo pudiera salir mal y sin embargo nos gusta cuando hay una protección frente a ese peligro. Es como un zoológico. Es peligroso. El tigre está ahí. La reja nos protege del posible ataque del animal.  Para tratar con el humor en el contexto de The New Yorker, los dibujantes tienen que ver  ¿dónde va a existir el peligro? y ¿cómo lo van a manejar? para que pueda llegar a un público dterminado.

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Estos caricaturistas que se presentan para ver si pueden publicar tienen que “bailar” con el contexto, con un promedio de trabajo de unas 10 ó 15 ideas cada semana siendo la mayoría rechazadas. Esa es la naturaleza de cualquier actividad creativa y más en esta publicación tan exigente. Muchas ideas desaparecen y con ellas sus dibujantes. Aunque algunos se quedan en la publicación como le pasó a Matt Diffee, Drew Dernavich,  Paul Noth, entre otros.

Mankoff  cuenta que de 1974 a 1977 envió 2.000 caricaturas a The New Yorker y le rechazaron las 2.000. Pero  ¿cuál es el humor de The New Yorker? Después de 1977, entró en la redacción y comenzó a vender caricaturas. Finalmente, en 1980, recibió el venerado contrato de The New Yorker. En dicho contrato con respecto al dibujo de ideas, en ningún lugar mencionaba la palabra “caricatura”. El concepto “dibujo de ideas” es la condición sine qua non de las caricaturas de The New Yorker. Entonces, ¿qué es un dibujo de idea? Un dibujo de idea es algo que demanda pensar. No es una tira cómica.  Así funciona este humor. Es una sinergia cognitiva donde confluyen estas dos cosas que no van juntas pero se juntan temporalmente en nuestras mentes: lo cortés y lo grosero. Esto es lo que diferencia la caricatura de The New Yorker.

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Mankoff  se califica como un analista del humor y ese analista realiza tareas que no interesan a nadie, como si diseccionara una rana, a nadie le interesa demasiado esta acción dando como resultado la muerte del anfibio. Esto es el crítico, no importarle qué consecuencias puede tener el objeto que analiza. El crítico de humor en realidad está forzado a esta posición, sobre todo en esta publicación.

Algo llamado teoría meta-motivacional sobre cómo nos vemos. Una teoría sobre la motivación y el ánimo que tenemos y como ese ánimo determina las cosas que nos gustan o no nos gustan es primordial para entender el contexto del sentido del humor. Cuando estamos en un estado de ánimo lúdico, queremos emoción, queremos alta excitación. Nos sentimos emocionados. Un estado de ánimo decidido, nos pone ansiosos. “La colección rechazada” de caricaturas está en esta zona. Quieren estar estimulados. Quieren estar excitados. Quieren ser transgredidos. Es así, como un parque de diversiones. The New Yorker ocupa un espacio muy diferente. Es un espacio lúdico a su manera y también decidido y en ese espacio, las tiras cómicas son diferentes. Por ejemplo, después del 11-S, fue un momento muy sensible para el humor. ¿Cómo lo abordaría The New Yorker?  Lo más fácil era hacer humor —y es perfectamente legítimo— un amigo que se burla de un enemigo. Se llama humor disposicional. Es el 95 % del humor. Pero este no es el humor de la publicación. El humor necesita un objetivo. Curiosamente, en The New Yorker, el objetivo son ellos mismos. El objetivo son los lectores y la gente que lo hace. El humor es autorreflexivo y les hace pensar sus propias suposiciones.  Se enfoca en sus obsesiones, su narcisismo, frustraciones y debilidades, no en otra persona. The New Yorker demanda un trabajo cognitivo de su parte y demanda algo que Arthur Koestler —que escribió sobre la relación entre el humor, el arte y la ciencia— denominó bisociación. Tienen que reunirse las ideas de diferentes marcos de referencia y hacerlo rápido para entender la tira cómica. Si los diferentes marcos de referencia no se reúnen en casi medio segundo, no es gracioso.

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La otra cosa con la que juega The New Yorker es con la incongruencia, y la incongruencia les he mostrado ser una base del humor. Algo completamente normal o lógico no será divertido. Pero de la incongruencia trabaja con el humor observacional, el humor dentro del ámbito de la realidad. En general, la gente que disfruta más el disparate, disfruta más el arte abstracto, tiende a ser progresista, menos conservadora y ese tipo de cosas. Para Mankoff, que ayuda a diseñar humor, no tiene ningún sentido comparar uno con el otro. Es una mezcla heterogénea que hace el todo interesante. Y ahora, cuando veas las tiras cómicas de The New Yorker o de cualquier otra publicación, me gustaría que parases y pensaras un poco más en ellas y en su contexto.

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