Un mundo llamado Gustave Doré

Un mundo llamado Gustave Doré

Publicado por el ene 23, 2015

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Siempre es bueno recordar a personajes ilustres que han influido en nuestra cultura y no dejarlos en el olvido, por ese motivo y la fecha en la que estamos tal día como hoy murió Gustave Doré ( París, 23 de enero de 1883), contemporáneo de Edouard Manet, sufrió como éste último el rechazo de la crítica de su época. Doré sigue siendo para muchos el más ilustre de los ilustradores, algunas de sus obras para la Biblia o el Infierno de Dante son imágenes que se mantienen grabadas para siempre en nuestra memoria colectiva. Durante su vida y tras su muerte tuvo una difusión sin parangón en Europa y Estados Unidos, fue uno de los grandes comunicadores de la cultura europea, tanto por la ilustración de los grandes clásicos (Dante, Rabelais, Cervantes, La Fontaine…) como la obra de sus contemporáneos (Balzac, Gautier, Poe…).
Doré no tuvo ningún límite creador ya sea como dibujante, caricaturista, ilustrador, acuarelista, pintor, escultor… se afirma de esta forma como un artista que cambia de forma y medio con facilidad abarcando los principales géneros y formatos de su época, desde la sátira hasta la religión, desde el croquis hasta los lienzos monumentales.

Antes de convertirse en el más famoso de los ilustradores, Doré comienza en el ámbito de la caricatura y de la prensa periódica en busca de notoriedad. En el ámbito del libro, Doré adquiere una reputación gracias a la ilustración de obras de Rabelais (1854) y de los Cuentos de Balzac (1855). La ilustración de la obra de Rabelais, emprendida en dos ocasiones, en 1854 con el editor Bry y en 1873 con Garnier, permite seguir la evolución de las prácticas de la edición ilustrada a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. El volumen de 1854 forma parte de una colección de “Obras maestras europeas”. Como frontispicio (termino explicado en este blog), Doré imagina a Rabelais entreabriendo las páginas de un libro monumental, en ello podríamos ver una proyección de la figura del ilustrador a punto de redistribuir en formato monumental los clásicos de la literatura europea. Ambos conforman la segunda edición de 1873 y son particularmente ambiciosos y cuentan con 61 ilustraciones independientes y 656 viñetas. La forma de trabajar de Doré durante la elaboración de estas obras en las que tenia como responsabilidad toda la parte iconográfica repartiendo los temas a los grabadores y corrigiendo las pruebas.

Doré se marcó como objetivo “hacer en un formato uniforme y con el propósito de conformar una colección de todas las obras maestras de la literatura, ya sean épica, cómica, trágica en gran formato”.  En la década de 1860 se convierte en uno de los artistas más hispanófilos y más anglófilos de su generación, logrando una fortuna considerable en el Reino Unido gracias a la “Doré Gallery” de Londres de la que es el cofundador. Gran Bretaña y España bajo el paraguas literario y pintoresco, estos dos países, van a inspirar a Doré de una forma duradera tanto para la ilustración como para su pintura.

Desempeña no solo un protagonismo central en la cultura visual del siglo XIX, también marca el imaginario del siglo XX y de comienzos del XXI, tanto para el cómic, del que está considerado como uno de los padres fundadores, como en el ámbito cinematográfico. Como ningún otro artista de su siglo, Doré da a ver mediante el filtro de su “ojo visionario”, un rebosante espectáculo de los mundos poéticos procedentes de su imaginario que abrirán una búsqueda de nuevas fronteras.

Siguiendo con los libros, la novela de Cervantes es uno de los relatos más ilustrados de la literatura europea, pero Doré quiso superar a sus predecesores. Cuando se publicó en 1863, la obra fue el objeto de unánimes elogios, incluso por parte de Emile Zola: “A esto le llamamos ilustrar una obra. En lugar de una obra maestra, la humanidad ya cuenta con dos”.

En cuanto a su influencia cinematográfica, según Ray Harrihausen, maestro de los efectos especiales en cine, “Gustave Doré habría sido un gran jefe de operador de cámara (…) mira las cosas con el punto de vista de la cámara”. La obra de Doré ha marcado de forma indeleble el imaginario fílmico desde sus orígenes. Y el cine, a cambio ha “grabado” a Doré en el imaginario del siglo XX. Hay pocas películas sobre la Biblia, desde Vida y Pasión de Jesucristo producido por Pathé en 1902, que no hagan referencia a sus ilustraciones, ni adaptación cinematográfica de Dante o también del Quijote que no le hayan tomado por modelo, desde Georg Wilhelm Pabst y Orson Welles a Terry Gilliam. No hay películas sobre la vida londinense y victoriana que no se inspiren, para sus decorados, en sus visiones de Londres,  ya sea David Lean, Roman Polanski o Tim Burton (“Sleepy Hollow”). Muchas escenas oníricas, fantásticas, fantasmagóricas proceden de la obra gráfica de Doré. Sus selvas “primitivas” han servido para las distintas versiones de “King Kong” de 1933 hasta la película de 2005 realizada por Peter Jackson que ya se había apoyado en la obra de Doré en “El Señor de los anillos”. Cabe también evocar la deuda de Jean Cocteau con respecto a las ilustraciones de los Cuentos de Perrault en “La Bella y la bestia” (1945), de George Lucas para el personaje de Chewbacca en la “Guerra de las galaxias” (1977), hasta la saga de Harry Potter.  Por fin, en el ámbito del dibujo animado, la deuda de Walt Disney hacia Doré es inmensa como la de los realizadores que han dado vida al gato con botas de Shrek.

Doré en los ultimos días de su vida estaba trabajando con la ilustración del poema de Edgar A. Poe, El Cuervo, que pone en escena a un escritor en duelo por la mujer amada. No verá la finalización de la obra, que se publica en Inglaterra y en Estados Unidos poco después de su muerte.

En definitiva, un ilustrador que ha influido en nuestra percepción de otras épocas más de lo que creemos.

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Bienvenido al magnífico y excéntrico mundo del diseño gráfico, a la imaginación de la ilustración, a la puesta en escena de la fotografía, a la pincelada sutil del arte, a la grandiosidad de la arquitectura y todo ello relacionado y puesto en común en ese formato con obsolescencia programada, o no, que es el papel.Más sobre «Fahrenheit 451»

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