El San José, una ruptura sin precedentes

El San José, una ruptura sin precedentes

Publicado por el Apr 7, 2018

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En el transcurso de la historia de la arqueología, algunos de sus pasajes, los más, se han escrito con profunda belleza, haciendo gala de un profundo respeto por el pasado y el recuerdo del ser humano. Otros, en ocasiones, guiados por la codicia humana y la incomprensión del profundo valor de la ciencia arqueológica, suponen un deleznable borrón, una triste historia para olvidar con consecuencias nefastas para el patrimonio mundial y sus pueblos.

La barbarie que parece cernirse sobre el pecio del galeón hispano San José en aguas Colombianas, por lo visto hasta ahora, parece adscribirse a un relato de novela negra, torpeza, realismo y codicia humana sin límites. La peor versión de una negra historia sobre el respeto que debe gozar la arqueología y su profundo significado cultural que la acompaña. El saber mundial de esta ciencia, en forma de publicaciones, excavaciones, informes y congresos, ha dejado deja bien claro diferentes apotegmas básicos, a modo de pilares de la disciplina arqueológica desde hace años. La carta de Bruselas de 2009, las recomendaciones y la convención sobre protección de patrimonio subacuático de la UNESCO, el Convenio europeo para la protección del Patrimonio Arqueológico, la convención de Faro, entre otros muchos otros, nos hablan de información, preservación, método científico, transparencia, sostenibilidad, acceso público, difusión y fin social.

Pues bien. ¿Como podemos calificar ante estos prístinos principios internacionales, el supuesto anuncio de la venta del 80% de un yacimiento arqueológico submarino de época moderna y el pago al peso con el propio oro emergente del pecio?. Si esto es cierto, es simplemente inaceptable y completamente reprobable científica y moralmente. Los miles de apasionados y enamorados de esta profesión, la mayoría de los académicos, museólogos, técnicos y arqueólogos, expresan claramente el respeto por el interés público y la gestión adecuada del patrimonio cultural para los países desarollados en materia de cultura y para toda la humanidad. Hasta ahora hemos podido leer las palabras unánimes y acertadas aquí en espejo e navegantes, contrariadas contra la situación actual del galeón San josé de los arqueólogos Roberto Junco, Carlos de Juan, Alexaindre Monteiro y Miguel San Claudio, del académico Manuel-Martin Bueno, a la cual se sumarán de buen seguro la de muchos otros profesionales nacionales e internacionales que sabemos y conocemos su sorpresa e incredulidad,ante la deriva de este proyecto que carece de sentido alguno en términos arqueológicos. No podemos olvidar la valiente y honorable actuación en la actualidad de algunos arqueólogos Colombianos en esta cuestión, que los hay y muy buenos especialmente en el ámbito terrestre con , que además del bochorno internacional que deben estar pasando, alzaron la voz en su momento y forma para denunciar lo que a todas luces parece ser una actuación completamente alejado de los cánones de la arqueología.

Ya se encuentren en Sidney, New York, Bogotá o Madrid, articular un proyecto científico en donde se podrían vender piezas de un yacimiento arqueológico como un recurso económico disponible para ser utilizado en el comercio o la especulación, representa diametralmente lo contrario a lo establecido por las normas internacionales, las cuales dejan bien claro y prohiben su venta. Y que además detalla que, una vez recuperados del fondo marino o del corazón de la tierra, debe tratarse de la forma adecuada para preservar esas características, científicas y / o culturales, que son las que le otorgan su valor único para la humanidad. También esta voz coral de profesionales, juristas y arqueólogos internacionales anuncian que el patrimonio arqueológico debe permanecer en el dominio público. Esta es otra. ¿Quien garantiza que la venta a manos privadas, si se produjese su venta, garantice su integridad?. Es imposible. ¿En base a que se puede privar al público en general del acceso al disfrute íntegro del patrimonio resultante de una intervención arqueológica?. Parece que la decisión de poder vender patrimonio se basaría en el “célebre” criterio de repetición, tan defendido entre otros, por el sector de los cazatesoros. A este propósito también la comunidad internacional, incluyendo la UNESCO, con su importante impronta ética y social, ganada a pulso a lo largo del siglo XX, deja bien claro que el patrimonio deriva de su valor en su “contexto”, como horizonte cultural, así como la intrínseca asociación en relación a su yacimiento arqueológico. ¿ Se imaginan a este próposito que se diese un permido al grupo X, para que se introdujese y excavase el foso 1 y 2 del Mausoleo de Qin Shi huang  los conocidos Guerreros de terracota,  en donde nos encontramos a un conjunto de más de 8000 figuras de guerreros y caballos de terracota a tamaño real, y que por estar aparentemente repetidos pudiesen vender a 5000 de ellos sin ningún problema?. O que se les otorgase permiso para que se introdujesen en el desierto nubio en Egipto en la original  pirámide de la necrópolis real de Napata en donde se encuentra el soberano Taharqo y dado que se repiten y en hileras, sus más de 1070 bellos ushebtis… ¿ Que ocurriría si pudiesen vender los que entendiesen oportuno sin ningún problema al mejor postor?. Seguramente con estos ejemplos procedentes de la arqueología terrestre y en donde se repiten valiosas y únicas piezas para la historia de Egipto y de China, entendamos la profunda barbaridad que atenta contra la arqueología y la cultura al normalizar en una ley ese posible proceder en un futuro, con la cuestión del galeón San José.

Lo que es incomprensible, desde los ojos de la ciencia y para un gobierno, es que este no entienda que conjunto del pecio hispano, ya sea en su situación actual sin contaminar u expoliar, o ya sea oculto en un lugar en las profundidades, es mucho más significativo que los elementos individuales por separado. Esto quiere decir esencialmente que en arqueología se han de mantener juntos a todos sus elementos en el contexto de su yacimiento arqueológico, esto es el pecio construído en el siglo XVII de proa a popa y de eslora a manga, con todo lo que ha mantenido íntegro en su interior durante siglos, para que los artefactos, vestimentas, utensilios, los posibles restos humanos y las arquitecturas navales entre otros, permanezcan íntegros e inmersos en su propia identidad cultural. La venta de una de las partes más identitarias del pecio como documento histórico, la carga, es sencillamente asombroso, además de preocupante, máxime en los momentos actuales, en donde, como denuncian significativos organismos internacionales en otros casos análogos, muchas economías en vías de desarrollo pueden generar la preocupación, de que sus instituciones pudiesen comenzar a considerar sus yacimientos arqueológicos o colecciones públicas como activos financieros y no como obligaciones culturales o de preservación del legado histórico de sus pueblos.

Ante esta situación actual, y mucho me temo ante las que llegarán si no se detiene a tiempo, tenemos una fuerte obligación moral de defender al patrimonio y la herencia cultural como tal, basándonos para ello en la distinción entre patrimonio y propiedad  El término propiedad cultural surgió por primera vez con la Convención de La Haya de 1954 para la Protección de los Bienes Culturales después de la destrucción masiva en la Segunda Guerra Mundial por parte de los nazis. Los objetos retirados de su contexto arqueológico en muchas ocasiones se desnaturalizaron, como cuando son objeto de expolio, pierden su razón de ser, convirtiéndose en simples antigüedades. La interesante pregunta a este propósito es la relacionada con la soberanía, junto a la propiedad o no, con el derecho de un país a que sus leyes patrimoniales sean respetadas por otros países en base a sus principios culturales. En el pecio del San José nos encontramos con un microcosmos que nos habla y detalla poderosamente de la cultura Europea y Española de eslora a proa, que es otro elemento muy a tener en cuenta. Es un contexto arqueológico e histórico hispano. Desde la tecnología de los astilleros vascos a la hora de su construcción, pasando por los textiles castellanos, las cerámicas andaluzas o algo muy significativo, las almas de aquellos marinos  muertos en acto servicio, configurando aquel pecio como una tumba de guerra hispana que requiere de su urgente y solemne impronta de respeto. ¿Con que derecho o en base a que atribución se puede intervenir científicamente un pecio hispano sin contar con la cooperación científica de España, heredera de aquel legado, para rescatar parte de lo que es su pasado y su memoria?. Lo mismo ocurriría si fuera el caso contrario. Si se tratase de un pecio de bandera colombiana hundido en aguas Españolas, por respeto al país y sus gentes,  debería concertarse una cooperación científica y cultural entre ambas naciones para tratar el asunto a la altura del reto histórico que requiere el asunto y a sus siguientes generaciones. Es puro sentido común y buen hacer entre pueblos amigos. Y Colombia lo es, a pesar de este asunto tan turbio que se enreda en una clara huella de identidad Española hundido en aguas del Rosario.

Lo que está ocurriendo en la actualidad con el pecio del San José, adopta los tintes melodramáticos propios de una situación surrealista que puede suponer un antes y un después en el tratamiento de la arqueología subacuática internacional. Si todo esto es cierto, y parece que lo va a ser, sencillamente este hecho, podría suponer una ruptura sin precedentes en el modus operandi de la arqueología mundial. Nunca antes se había realizado una operación así en el contexto de un país desarrollado que podría romper con una serie de postulados científicos básicos que irremediablemente saltan por los aires como un puzzle y que forman el basamento de lo que entendemos es arqueología. Ante esto, y atendiendo al más puro sentido que enarbolaba otro gran científico como era Albert Einstein, “dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás, es la única”. ¿Qué clase de ejemplo damos en el mundo con esta forma de actuar sobre nuestra historia sumergida?. Uno terrible. Y mucho me temo, de insospechadas consecuencias.

 

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