La faceta marinera de Gustavo Adolfo Bécquer

La faceta marinera de Gustavo Adolfo Bécquer

Publicado por el may 15, 2015

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Creemos que ha sido poco divulgado el que Bécquer, el poeta romántico cuyas “Rimas” y “Leyendas” han deleitado y conmovido a generaciones de lectores en lengua castellana, fuera capaz de escribir también, con seriedad, acierto y hasta entusiasmo de nuestra Armada

Pocas cosas son casuales, sin embargo, y ésta tampoco lo era. Bécquer, nacido en Sevilla el 17 de febrero de 1836, y prematuramente huérfano, ingresó con diez años recién cumplidos, el 1 de marzo de 1846, en el Colegio de San Telmo de la capital bética, permaneciendo allí como alumno hasta el cierre de la institución por Real Orden de 7 de julio de 1847.

Como nuestros lectores recordarán, el Colegio de San Telmo sevillano se fundó en 1681, durante el reinado de Carlos II, dependiente de la Universidad y de la Casa de Contratación, como Escuela de Navegación y ante la necesidad de regular unos estudios antes basados o en la voluntad autodidacta o en el empirismo de la experiencia. Más de un siglo después, en tiempos de Carlos III, se fundó otro en Málaga, dependiente del consulado de esta ciudad portuaria.

De uno y otro salieron bastantes de nuestros mejores marinos mercantes y de guerra, pero los tiempos sentenciaron a los dos durante la infancia de Bécquer: el de Málaga, condenado por la pérdida de América y del intenso tráfico con las colonias, tras una lenta agonía, cerró la entrada a nuevos alumnos en 1841. El de Sevilla se vió afectado a su vez por la creación del Colegio Naval de San Fernando en 1845 y la supresión del Cuerpo de Pilotos de la Armada, sobreviviendo, como hemos dicho, apenas dos años a ambas medidas.

Resulta difícil exagerar la importancia de los Colegios de San Telmo en nuestra vida nacional, no ya sólo en la vertientes marítima o naval, sino en otras áreas bien distintas. Por citar sólo dos ejemplos, y de su última y ya precaria existencia, cabe recordar que dos figuras del relieve de D.Antonio Cánovas del Castillo, el gran estadista, historiador y literato, y D. Juan Valera, diplomático y novelista, sintieron muy de cerca en sus trayectorias personales la influencia del Colegio malagueño. El padre del malagueño Cánovas fue allí profesor hasta su cierre, sobreviviendo poco al Colegio, mientras que el del cordobés Valera, marino depurado por Fernando VII por sus ideas liberales, fue a la muerte del rey, nombrado primero comandante del Tercio Naval de Málaga y posteriormente, director del San Telmo en la misma ciudad.

Poco sabemos del niño Bécquer durante su estancia en el hermoso colegio sevillano, sólo que ya empezó a despuntar su genio literario al escribir allí su primera obra: un drama, “Los Conjurados”, que es de suponer siguiera, aunque con la obvia ingenuidad infantil, la moda romántica de entonces de “dramones” históricos.

Posteriormente, Bécquer se orientó a la bohemia vida del escritor y poeta de entonces, poco en consonancia con aquellos truncados estudios, pero la semilla entonces sembrada, y por lo que sabemos, prácticamente olvidada, germinó con fuerza bastantes años después.

Instalado ya de hacía tiempo en Madrid, y tras diversos escritos y trabajos, entre ellos el de crítico literario del diario “La Época”, donde seguramente conoció a Cánovas, Bécquer comenzó sus colaboraciones en el semanario “El Museo Universal”, la típica revista ilustrada de entonces, con cuidados grabados y cuyos contenidos iban de la crítica de costumbres, las novedades artísticas, geográficas o científicas, a la inevitable novela por entregas y a otras muchas cosas. Pero la sección más seria e influyente, que encabezaba la publicación con el carácter de editorial, era la “Revista Semanal”, que redactó Bécquer desde junio de 1865 a septiembre de 1866.Portrait_of_Gustavo_Adolfo_Bécquer,_by_his_brother_Valeriano_(1862)

Pero, y como habrá recordado el lector, por aquellas mismas fechas tuvo lugar la llamada “Guerra del Pacífico” entre España y las repúblicas sudamericanas de Chile, Perú, Ecuador y Bolivia, guerra especialmente triste por enfrentar a naciones hermanas y cuyas causas nunca estuvieron muy claras, pero que se saldó honrosamente por la conducta tan serena como valerosa de nuestra escuadra que supo merecer el aplauso y la admiración de la opinión española  y hasta de la mundial. Inevitablemente, Bécquer realizó una crónica de la guerra, escrita al hilo de los acontecimientos, cuando las noticias aún tardaban meses en llegar a la península, y lo hacían muchas veces envueltas en rumores de las más improbables procedencias, estas crónicas nos devuelven el clima popular en que las conversaciones de los españoles de la época, en cafés, tertulias y mentideros, se centraban en el puñado de buques que, a miles de millas de la patria, luchaban por nada más que el honor de su bandera.

Hasta ahora Bécquer ha sido sólo un comentarista de los hechos, más o menos sagaz y acertado, al ritmo de las escasas y tardías noticias que llegan del lejano escenario de lucha, pero llega el momento del juicio global sobre el significado de lo ocurrido y en él, nuestro autor, de nuevo reflejando una opinión ampliamente compartida, anota con entusiasmo que el renacimiento de nuestra Armada es ya un hecho:

“Tener buques no es tener Marina, suele decirse no sin falta de razón. Si los ejércitos de tierra no se improvisan, el personal apto para las luchas de los mares mucho menos….

“Rotas por un momento las gloriosas tradiciones de nuestra marina nacional por el miserable estado a que vino en época no muy lejana, no sólo en las apartadas regiones donde sostenemos la guerra, sino en los países que más exacta noticia podrían tener de nuestras cosas, dudábase aún que fuera una verdad su restablecimiento.”

“Unos construidos en nuestros arsenales, otros en los de Francia e Inglaterra, poco a poco, ha ido poblándose el mar con buques en cuyos altos mástiles ondeaba la bandera española. De año en año la estadística arrojaba un sensible aumento de las fuerzas navales del país, que, caído al más inconcebible estado de postración había ocupado no obstante uno de los primeros puestos entre las potencias que se llamaban dueñas del Océano. Pero, tener buques no es tener Marina, seguían repitiendo los que ven con disgusto a España levantarse gradualmente a la altura a que está llamada por sus condiciones, por su posición y su historia. Los esforzados campeones de la honra nacional, que a las órdenes del bizarro y entendido jefe Sr. Méndez Núñez, lavan en estos momentos con sangre enemiga el ultraje inferido a su bandera, están dando con su conducta y sus heroicos hechos cumplida respuesta a los que persisten en abrigar semejantes dudas.”

“El sufrimiento y la constancia que hacen sobrellevar con alegría y entusiasmo las más duras fatigas de tan rudo y trabajoso ejercicio; la pericia y el saber que le dan el dominio del terrible elemento en que vive, la serenidad y el valor que prestan ánimo para arriesgarse en las más difíciles empresas. He aquí las grandes cualidades que constituyen un buen marino.”

“De todas y de cada una de ellas han hecho alarde nuestros hermanos a los ojos del mundo. La Numancia resolviendo el problema náutico planteado a propósito de la dificultad de conducir una embarcación blindada a tan remotas regiones, y la Blanca y la Villa de Madrid maniobrando bajo el fuego de los cañones enemigos y con la sola ayuda de una carta marina por entre los peligrosos bajíos y escollos el puerto de Abtao en Chiloé, han dado una prueba irrefutable de su práctica y sus grandes conocimientos.”

…..

“Durante cuatro años consecutivos de estar en pie de guerra, cuatro años de sufrimientos y privaciones, en cuyo transcurso han carecido a veces de lo más necesario, teniendo que recurrir el ingenio, a un trabajo ímprobo y a una habilidad prodigiosa para reparar todos los desperfectos y averías propios de tan larga y peligrosa navegación, han hecho por último evidente las prendas de carácter que les adornan, la admirable disciplina a que se sujetan y la satisfacción y el entusiasmo con que saben sobrellevar los más rudos trabajos por servir a la Patria, que funda en ellos su esperanza y su orgullo”.

“Esta justicia, que no han podido menos de hacerles los hombres y las publicaciones más notables del extranjero, rectificará debidamente la errónea idea que acerca de nuestra verdadera significación se quiere hacer valer por los enemigos de las glorias de España”

“Tenemos, pues, buques y tenemos Marina, porque nuestras costas dan de sobra gene de mar avezada a sus luchas, y contamos con bravos y entendidos oficiales que los dirijan. Esto es lo que importaba demostrar y ésto es lo que hemos demostrado en la primera ocasión en que nuestra escuadra ha podido hacerlo.”

 Numancia_Museo-Naval--Muñoz_Degrain

Creemos que sobran los comentarios, Bécquer, tras anotar el estado de decadencia de la Armada durante el reinado de Fernando VII, señala su recuperación en el de su hija Isabel II, cuando nuestra Armada volvió a figurar entre las primeras, en un más que digno cuarto o quinto puesto mundial. Pero no bastaba con tener buques, que teníamos todo lo demás que se precisa para poder alardear de una escuadra eficiente, lo demostró la campaña del Pacífico, y en las mas duras condiciones de todo tipo que quepa imaginar, de ahí la satisfacción y el orgullo resultantes.

A nuestro juicio, estas afirmaciones ya no son sólo la del periodista que se hace eco de unos acontecimientos, lo son de un hombre que siente profundamente lo que dice y que se alegra de ver cumplidos sus deseos de regeneración nacional, cuyo mejor barómetro es justamente el estado de sus fuerzas navales, representantes del prestigio del país en el exterior. Aunque en ésto, como en tantas otras cuestiones, Bécquer no era más que el reflejo de la opinión general de los españoles, desde los más tenaces carlistas a los más avanzados progresistas de entonces.

Y la unánime alegría nacional se trasladó al callejero de tantas ciudades españolas, que empezaron a recoger nombres como “Callao”, “Numancia” (por la fragata insignia, primer buque acorazado que dió la vuelta al mundo), “Méndez Núñez” o “Pacífico”, uniéndose así al otro monumento literario, aunque posterior, de D. Benito Pérez Galdós con su Episodio Nacional “La vuelta al mundo de la Numancia”.

Perez_galdos

Parece que, desde entonces, los españoles hemos retrocedido un tanto en estos aspectos.

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