Una Escocia independiente en el Pacífico: el sueño del capitán Grant

Una Escocia independiente en el Pacífico: el sueño del capitán Grant

Publicado por el sep 17, 2014

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El Capitán Grant de la novela de Julio Verne quería fundar una Nueva Escocia en el Pacífico.

Una edición de 1924

Una edición de 1924

Entre las fantásticas novelas de Julio Verne se cuenta “Los hijos del Capitán Grant”, (1868) uno de los monumentos del género de aventuras. Verne inició su publicación por entregas en 1865, situando el inicio de la acción el año anterior, en 1864.

La novela empieza del modo más razonable y verosímil para una novela de aventuras: los tripulantes de un yate, propiedad del escocés duque de Glenarvan, pescan un tiburón martillo. Dentro del estómago del escualo se esconde —como era lógico y previsible— una sólida botella de champán —de la casa Clicquot, dicho sea de paso— que contiene tres papeles. El tapón se había estropeado y los papeles habían sido atacados por la humedad. Eran las tres versiones en inglés, alemán y francés de un mismo mensaje. A partir de las escasas palabras  legibles en cada uno  de los idiomas, Lord Glenarvan y sus compañeros consiguen descifrar parte del mensaje. Se trata de una petición de auxilio del capitán Grant, superviviente junto a dos marineros del naufragio del Britannia. Grant había partido de Glasgow tres años antes para fundar una Nueva Escocia en el Pacífico. El mensaje indica la latitud —que se supone austral— pero no la longitud de su última posición.

Lord Glenarvan es un hombre bueno, feliz, recién casado, rico y entusiasta; es, además, un patriota escocés. Se siente obligado a hacer todo lo posible por su patria chica y por los náufragos. Cuando el Almirantazgo, escamado por los millones de libras despilfarradas en la búsqueda de John Franklin, le comunica que no quiere aventurarse en una nueva y costosa operación de rescate, es la propia Lady Glenarvan quien le propone a su esposo salir en búsqueda de los náufragos. En ese periplo contarán con los hijos del capitán Grant, una joven de 16 años y su hermano de 12, hijos ejemplares y admirables —¡faltaría más!— a los que alimenta la esperanza de hallar el padre que creían perdido y que quizá inspiraran a De Amicis el conmovedor De los Apeninos a los Andes. Su expedición les llevará por distintos continentes ya que las ambigüedades del mensaje “reconstruido” no permiten asegurar la posición, puesto que sólo la latitud es segura….

Julio Verne, por Nadar

La novela es entretenidísima, de lo mejorcito de Verne, cuya cualidad de visionario no debe hacernos olvidar su inmenso talento como escritor, su portentosa imaginación, su sentido del humor y la claridad de un estilo ameno, ágil y adaptado a todos los públicos. El éxito de esta obra fue  universal y a lo largo de siglo y medio generó distintas obras de teatro, películas, series de televisión o tebeos. En España dio pie a la divertidísima zarzuela “Los sobrinos del capitán Grant” (1877); que, por cierto, aquel Madrid de la Restauración se aficionó por un baile supuestamente escocés, el schottisch —escocés en alemán— que nuestro estropajoso paladar hispánico simplificó en chotis.

La larga sombra de Julio Verne se prolonga en las obras de otros autores. Así, uno de los protagonistas, Jacques Paganel, arquetipo del sabio despistado, ha sido mil veces imitado y, la reconstrucción del mensaje que usa Verne en Los hijos del capitán Grant inspiró sin duda a Hergé, puesto que el mismísimo Tintín de El Secreto del Unicornio recupera también un mensaje deliberadamente mutilado a partir de tres originales… ¡No es casualidad! Ni es casualidad que otro episodio con un cóndor (vol. 1, t. XIV) se parezca mucho a otro de El Templo del Sol. En las pepitorias de los autores se repiten una y otra vez los mismos ingredientes…

Otro detalle nada baladí de la novela es que la pequeña isla donde se encuentra el capitán Grant, llamada Maria-Theresa  en los mapas ingleses y alemanes pero Tabor en los mapas franceses, no existe en la realidad. Eso nos recuerda la parte que la ficción tuvo en los mapas y en su nomenclatura,  al servicio de las reivindicaciones de los Estados.

Los hijos del Capitán Grant nos habla también de las aspiraciones de algunos escoceses. Lord Glenarvan es escocés, su yate se llama Duncan —como el rey que Shakespeare inmortalizó en Macbeth— y el motivo del viaje de Grant —ya lo hemos subrayado— era el de fundar una Nueva Escocia en el Pacífico, distinta de la canadiense y atlántica Nova Scotia. Cuando al cabo de tres volúmenes y  tras 68 capítulos previos la expedición se encuentra por fin con el capitán Grant, éste explica su intención primera, la de hallar alguna gran isla amplia y fértil para —traduzco literalmente—,

“echar en ella los cimientos de la colonia que quiero crear para Escocia en el Pacífico […] Es necesario que nuestros desgraciados hermanos de la Vieja Caledonia, todos los que sufren, dispongan de un refugio contra la miseria, en una tierra nueva. Es preciso que nuestra querida patria posea en estos mares una colonia suya, sólo suya, donde encuentre algo de la independencia y del bienestar de los que carece en Europa”.

La isla Tabor en el libro de Verne

El referéndum de independencia escocés —al margen de su resultado— es un buen motivo para recordar la versión colonialista del singularismo de grupos nacionales o religiosos que han pretendido proyectarse en territorios más o menos “vírgenes”, creando sus propias Arcadias. Y  el camino de esas nuevas disneylandias de la fe, de la estirpe o del espíritu nacional, pasaba por el mar.

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