La conspiración de silencio que hizo de Trafalgar una victoria

La conspiración de silencio que hizo de Trafalgar una victoria

Publicado por el abr 14, 2013

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La batalla de Trafalgar del 21 de octubre 1805 se ha convertido en la piedra de toque universal para el éxito naval. En un enfrentamiento que duró apenas cinco horas, 27 buques de guerra británicos al mando del almirante Lord Nelson atacaron a la flota combinada formada por 33 buques de guerra franceses y españoles, capturando o destruyendo 18 de ellos, sin llegar a sufrir la pérdida de ninguna de sus propias naves, y encajando apenas una décima parte de la víctimas que registraron sus oponentes.

Sin embargo, los vencedores sintieron que habían fracasado.

El almirante Nelson, antes de la batalla de Trafalgar, en el retrato del National Maritime Museum

El almirante Nelson, antes de la batalla de Trafalgar, en el retrato del National Maritime Museum

Nelson había arengado a los suyos en el empeño de «aniquilar al enemigo y obtener una paz gloriosa para nuestro país». Además adoptó la táctica audaz de navegar directamente hacia la línea de batalla enemiga en dos columnas, una formación que expuso sus naves de vanguardia a andanadas potencialmente devastadoras. Pero esta audacia, como bien indicaría un superviviente francés de la batalla, mostraba «el absoluto desprecio que Nelson tenía, no sin razón, por el efecto de nuestra artillería.»

Esa decisión táctica también reflejaba la completa confianza de Nelson en el coraje de sus subordinados bajo el fuego del combate –aunque en este punto resultó decepcionado–. Un capitán se lamentó de que «muchos, en mi opinión, no se comportaron correctamente. De haber acudido todos con la misma determinación que Nelson tuvo en la batalla, es probable que pocas (naves enemigas) podrían haber escapado».

Un colega afirmó que «si los oficiales hubieran cumplido con su deber en cada nave, la acción habría terminado antes, y la fuerza enemiga entera tomada o destruida».

Y, de hecho, sólo catorce de los buques de Nelson entraron en un combate tan directo que por sí solo pudiera «aniquilar» al enemigo y ganar «una paz gloriosa». El resto quedó atrás por algún motivo, que algunos atribuyen a la cobardía. Ello, desde luego, explica por qué tantos barcos franceses y españoles escaparon al caer la noche, y por qué la guerra contra Napoleón se prolongó durante otros diez años.

Así que, ¿por qué es Trafalgar considerado como el ejemplo clásico de una victoria naval?

La respuesta se encuentra en una conspiración de silencio. Los vencidos tenían poco de qué jactarse, ya que habían perdido más de la mitad de sus barcos y los dos comandantes (Gravina regresó a Cádiz fatalmente herido; Villeneuve, capturado, se suicidó más tarde). Los vencedores, por su parte, se conjuraron para no decir nada que pudiera ensombrecer la heroica muerte de Nelson en combate. Cuando un capitán británico se quejó de que un compañero había mostrado «falta de esfuerzo» en la batalla, el sucesor de Nelson inmediatamente le reprendió: «Señor, esto ha sido una gloriosa victoria para Inglaterra y para Europa. Que no haya ni un reproche, ni contra un grumete!».

«Tan grande había sido la alegría para todo el pueblo de Inglaterra», explicó otro capitán, que «todo estaba callado». Esta conspiración de silencio entre los vencedores y los vencidos ha determinado cómo la historia recordaría aquella acción de la flota que duró apenas cinco horas frente a la costa de Andalucía, una tarde a finales de octubre de 1805.

GEOFFREY PARKER

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