El parto o el peor día de mi vida

El parto o el peor día de mi vida

Publicado por el 31/03/2017

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L@s que habéis seguido este blog sabéis de sobra que este embarazo no ha sido sencillo, así que un pedacito de mí albergaba la esperanza de que el tramo final, incluido el parto, fuera un bálsamo, un regalito por tanto esfuerzo. Nada más alejado de la realidad. Toda esta gestación ha sido como apuntarse a tu primera carrera como “runner”. Los meses pasan en el calendario como los kilómetros que vas rebasando con tus piernas. “Joder, todavía voy por el kilómetro 4 y hay que llegar a los 10”. En una ocasión, en una carrera de 10 km me salí cuando apenas había recorrido la mitad. Tenía ganas de vomitar, no podía más con mi alma. Mi único contrincante ya era el coche de la limpieza que me pisaba los talones. Me quité la camiseta, me cambié de acera como si no fuera conmigo y me fui a por mi coche con la cabeza bien alta, sí señor. No vi la meta. Pero en esta carrera, la del embarazo, no podía escapar por ningún sitio.

Polihidramnios

Disculpad por la tardanza en escribir el post, pero todo se complicó en la semana 37. Os conté que me quitaron el cerclaje. Después tocó someterse a uno de los últimos controles, una ecografía doppler (ultrasonido) donde me diagnosticaron polihidramnios leve. ¿Poli qué? Os preguntaréis. Yo tampoco había escuchado este palabro en mi vida. Resumiéndolo sin tecnicismos: tenía exceso de líquido amniótico. ¡Que se lo dijeran a la piel de mi panza! No podía dar más de sí. Este aumento del líquido indicaba que el bebé podía venir con un problema (neuronal, cardiológico,…). “En el 70% de los casos no se debe a ninguna anomalía, pero no podemos descartar nada hasta que la niña nazca”, nos explicaba mi ginecóloga sin llegar a calmar nuestro desasosiego. Un 30% de probabilidades de que sí hubiera algo malo era un porcentaje altísimo. El mundo se nos vino encima a mi pareja y a mí. Había que esperar a la siguiente semana, la 38, para ver si se normalizaba o el líquido aumentaba.

Pese al batacazo de la noticia una trata de ser positiva, pero cuando volvimos a consulta el líquido había aumentado. Del término “leve” se pasó al “moderado”. La especialista que hizo la ecografía detectó que un lado del corazón de la bebé parecía más grande que el otro. Me convertí en una olla a presión que explotó cuando nos advirtieron que algo no iba bien. La nena había dejado de aumentar de peso en las dos últimas semanas. Mi ginecóloga fue clara: “Hay que sacarla ya y después se le hará un electrocardiograma para ver qué pasa”.

Parto inducido 

Era el miércoles de mi semana 38 de gestación y me programaron la inducción del parto tres días más tarde, el sábado. Tenía cita a las 10 de la mañana. Llegué al hospital y la incertidumbre y el miedo frente al futuro que nos esperaba horas más tarde dominaban cualquier otro tipo de sensación. Se supone que el momento del parto ha de ser emocionante, bonito, ilusionante, feliz. Me sobraron todos estos adjetivos. El mío se describió como frustrante y terrorífico.

Una matrona me llevó a la sala de dilatación. Justo enfrente de esta habitación tenía el quirófano. Me coloqué el camisón, el gorrito y me metí en la cama. Poco después llegó mi marido, mi pilar para enfrentarme a todos los imprevistos. Trataron de monitorizarme (para controlar el latido de la niña y mis contracciones), pero debido al abundante líquido amniótico que tenía era difícil coger el ritmo del bebé. La noche anterior, probablemente de los nervios, había tenido contracciones y esto hizo que llegase al centro hospitalario con dos centímetros de dilatación. Sonaba bien, pero cinco horas después de haberme inyectado la oxitocina no había aumentado la medida.

Empezaban a sonar las alarmas. “Va a haber que romper la bolsa”, alertó mi doctora. Yo, tumbada en la cama, observando la cara de póker de mi pobre marido al lado, solo pensaba ¿me lo harán sin epidural? Porque no veáis lo que duele el maldito tacto vaginal, como para encima que te metan un ganchito para hacer estallar la dichosa bolsa. Parece que mi cara traducía esa idea y pronto llegó la anestesista. ¡Qué desagradable la sensación de la “pirular”, como la llama mi abuela! Lo importante, que al cabo de unos quince minutos, más o menos, yo ya no sentía contracciones. A la hora, tampoco notaba nada en mis partes. Fue entonces cuando regresó mi doctora y otras cinco o seis mujeres más -perdí la cuenta- listas para romperme el saco y que saliera el líquido. Era la única forma de saber si la niña se encajaba para proseguir con un parto vaginal o había que realizar cesárea.

Cesárea de urgencia

No proseguiré con los detalles del momento, pero yo me sentía como una res dando a luz, de esas que salen en los programas de animalitos, cuyo veterinario le mete la mano con el guante hasta el gaznate. Y todo un equipo mirando. Solo faltaban las cámaras. Acortando la  escena, adiós bolsa. Para seguir los latidos de mi pequeña tuvieron que colocarle un cable en su cabecita por el canal de parto. La rotura de la cubierta de las membranas (bolsa) suponía lanzarla sin paracaídas. Si se colocaba bien en la vía de salida, todo en orden; si no, al quirófano de urgencia. La pieza del tetris cayó mal. La niña empezó a perder ritmo cardíaco. Cesárea de urgencia. “¡Nos la llevamos a quirófano!”; “No puedes pasar con ella”, le ordenaron a mi esposo.

Ni dos minutos tardaron en trasladarme y colocarme en la fría camilla metálica, con los brazos en cruz y cubriendo mi visión de cintura para abajo con una sábana verde formando un ángulo de 45 grados con mi torso. El ritmo de los especialistas era frenético. Yo casi no podía respirar. Era consciente de todo, incluso cuando empezaron a abrirme y comencé a notar que me sacaban algo de dentro. “¡Me duele! ¡Lo estoy notando!”, imploraba en alto. “¡Sedadla!”, ordenaba mi ginecóloga. Llegaron con la jeringuilla que portaba ese líquido blanco que te prepara ante cualquier adversidad, pero antes de que lo inyectaran vi por mi lado izquierdo cómo llevaban a mi hija, blanca como la nieve, sin respirar, a lo que a mí me pareció como una mesa con focos. Me faltaba el aire. Se acabó. Pensé que saldría de aquel hospital sin bebé. Vi cómo procedían a reanimarla con toallas y masajes. Se me cerraron los ojos. La anestesia hizo su efecto.

Cuando recuperé la noción -no sé cuántos minutos habían pasado-, volví a mirar hacia donde estaba lo más importante de mi vida. Le habían metido unos tubos por la nariz y la escuché respirar con dificultad. Yo seguía sintiendo cómo me hurgaban ahí abajo. “Sigo notándolo”, repliqué. “¡Volved a sedarla!”. La cabeza me daba vueltas. Rezaba porque  todo fuera un mal sueño. Rezaba porque mi niña saliera adelante. Suplicaba porque ese nacimiento no le hubiera dejado secuelas.

A la UCI de neonatos

Una hora más tarde desperté en reanimación sin saber nada, sin compañía, sin mi hija. Sola. Pensaba en ella, en mi familia ¿cómo estarían? ¿qué les habrían dicho? No dejaba de tiritar. “Es el efecto de la epidural”, me indicaban las enfermeras. Sorprendentemente no lloraba. No me salían las lágrimas pese a que ese día ya se había convertido en el peor de mi vida.

Apareció mi doctora. “Vaya susto, Tatiana. Tu hija está en Cuidados Intensivos. Van a ver cómo evoluciona, pero está bien”, me dijo. “¿Cuándo podré verla?”, le pregunté. “Hasta mañana, nada. No puedes moverte de la cama”. Sus palabras cayeron como una losa. Me explicó por qué creía que había ocurrido el episodio. A su juicio, el cordón venía enrollado como un cable de teléfono. Son de esas cosas que nunca se sabrán con certeza. Quedan de puertas del quirófano para adentro. La mayor duda que me asaltaba era si el cerebro de mi pequeña había estado sin recibir oxígeno en algún momento. “No. Ha nacido con asfixia perinatal. Durante los próximos días vamos a realizar pruebas para comprobar que no hay ningún problema”, señaló.

Ya os imaginaréis cómo pasamos esos días en el hospital. El primero, sin duda, fue el más duro. Yo estaba en una habitación dolorida, cada vez más, sin mi bebé a mi lado. Frío, dolor, tristeza. La primera foto que me enseñó mi marido de ella fue en una incubadora con vías en las manos, cables en los pies y una mascarilla en la cara que le insuflaba oxígeno. De fondo, en otras habitaciones, escuchaba el llanto de otros recién nacidos que compartían espacio con sus mamás y papás.

A la mañana siguiente no pude ver a la niña. El dolor y una pequeña complicación con la orina no lo hicieron posible. Por la tarde, trasladada en silla de ruedas, se produjo el primer contacto, nuestro piel con piel en una sala llena de prematuros con otras complicaciones.

Todas las pruebas que le iban realizando, gracias a Dios, fueron abriendo paso al optimismo. El corazón era normal. Visitábamos a la nena cada tres horas para intentar que se fuera enganchando al pecho y que a mí me subiera la leche. Hasta 72 horas después no conseguí generar la preciada sustancia. Lo normal, me decían.

Al quinto día nos dieron el alta a las dos. “Os lleváis a una niña completamente sana”, apuntó la pediatra que estaba en Cuidados Intensivos de Neonatos. Nos queda por delante el mismo camino que a cualquier papá: vigilar su desarrollo durante los dos próximos años y toda una lista de preocupaciones que lleva aparejado el título de paternidad y maternidad. Por fin ella ya está en casa. Poco a poco recuperamos la tranquilidad que nos han arrebatado tantos meses de sobresaltos. Vamos adaptándonos a esta nueva vida. Podemos decir en alto que hemos conseguido el trofeo más complicado de alcanzar. Difícil no es imposible. Nunca dejéis de soñar.

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Embarazo contra las cuerdas © DIARIO ABC, S.L. 2017

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