Premamá sumo o la fuga del sex-appeal

Premamá sumo o la fuga del sex-appeal

Publicado por el 23/01/2017

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Cuenta la leyenda que todas las mujeres embarazadas están guapas. Probablemente “la leyenda” sea un eufemismo para referirse a lo que te dicen tu madre y tu pareja para motivarte, sobre todo si se trata de una “incubación” complicada. Ya no te lo mencionan tanto cuando llegas al sexto mes después de haber pasado de reposo la mayor parte del tiempo y tu silueta empieza a recordar a la de un sumo. Literal si sales de la ducha con un moñete destartalado y te colocas una braga tanga. Con esa estampa, prueba a recoger algo del suelo que has tirado previamente o se te “ha caído” –suena mejor para referirse al brote de torpeza de la gestante (sí, las manos se vuelven de aceite)- del único modo posible: flexionando las piernas a modo de sentadilla. Ahora sí, frente al espejo, Hakuho Sho.

Empecé el embarazo pesando 50 kilos y medio, delgada para mis “extensos” 154 centímetros de estatura, así que no me preocupaba en exceso la báscula. Según había leído y me había dicho mi doctora, lo ideal era coger un kilo al mes durante los dos primeros trimestres. No debería superar en todo el embarazo los 10-12 kilos. Genial. Yo seguiría activa, trabajando, caminando, bla, bla, bla, bla,… Ya he alcanzado los 12 kilos sumados y, si todo va bien, aún me quedan otros dos meses por delante.

En el límite

Como ya he contado en otros posts, en la quinta semana comencé a sangrar por un hematoma retrocorial, y de ahí, a la cama y al sofá, y sin SEXO, no lo olvidemos, por otras complicaciones. Fin a la actividad y, de forma paralela, mucho tiempo para pensar en galletas Oreo, Chips Ahoy, Dunkin Donuts, helados Häagen-Dazs, pipas, Doritos, palomitas, alguna pizza, … ¡No soy yo! ¡Es el bichito que está en mi interior! Pensaréis que soy una mala premadre, pero con tanta abstinencia, estos caprichitos que te traen a casa a demanda, variados con una dieta sana, son un balón de oxígeno. En la báscula no. En la piel tampoco, y llega un momento en que tienes que cortar el grifo.

Del kilo recomendable mensual pasé a los 2 kilos. El resultado actual, 62 kilos y medio en mi semana 31 de gestación, desnuda (ni siquiera con calcetines ni gomas en el pelo) y sin desayunar. Cuando me pesan en consulta la balanza aumenta otros dos kilos más, así que siempre sugiero quitarme algo, el calzado o el jersey, pero no cuela: “No, no. Sube”, me ordenan. La chivata de la auxiliar dice en alto la cifra: “64 y medio”. Ñi, ñi, ñi, ñi. Encima de la báscula, a modo de estrado, te giras y lanzas tu alegato ante los ojos vigilantes de tu ginecóloga para que no te ponga a dieta a base de verduritas, carnes y pescados hervidos: “En serio, antes de venir me he pesado en casa y marcaba 62,5. El jersey es de lana gorda, llevo debajo camiseta y estas botas pesan mucho. Además, he desayunado bien y no he tenido mi momento All-Bran,… y es que apenas me muevo”. Juegas en el límite y tu subconsciente te recuerda que con las Navidades has arrasado también con medio centenar de Ferrero Rocher tú solita, pero eso no se lo cuentas. “Empezaste muy delgada. Vamos a ver cómo sigues”, manifiesta tu salvadora. Suspiras.

Malditas hormonas

Pero lo cierto es que tu carita empieza a parecerse cada vez más a la de un pan de hogaza, aunque en las fotos lo disimules haciendo los selfies a más distancia (si no es suficiente extendiendo los brazos al máximo, tiras de palito) y con un plano más en picado, cenital incluso, estirando bien la papada. Pero no puedes engañarte. Te miras por detrás frente al espejo. ¿Dónde está el culito respingón? Se ha adaptado al modo reposo, dejando implantarse unos hoyuelos a los lados de la cadera que nada tienen de simpáticos y donde podrían casi sostenerse unas figuritas en miniatura del Roscón de Reyes. Sigues inspeccionando más hacia abajo. La celulitis y la retención de líquidos han generado un efecto hipnótico sobre los muslos y las pantorrillas, que recuerdan a los mapas en relieve donde estudiabas la orografía mundial. Sí, incluyen los ríos y riachuelos a modo de venas bien marcadas. Por no hablar de los poros capilares a los que hace años sometiste al láser más efectivo del mercado para arrasar con el vello. El karma siempre vuelve. Pese a que invertiste más de 2.000 euros en la “depilación soprano”, tus piernas sufren una involución y vuelven a resurgir los pelitos recordándote al Macario de José Luis Moreno que siempre llevaste dentro. Malditas hormonas.

Sentirse guapa y atractiva así es complicado. Además, con un embarazo de riesgo cuelgas el sex-appeal en el armario y lo cambias por el chándal o el pijama. El ahorro en ropa y maquillaje es importante, todo sea dicho, aunque lo vas invirtiendo en cremas para evitar la aparición de estrías. Un pastizal: aceite de almendras, rosa mosqueta, varias marcas con centella asiática, sin ella, con vitamina E,… De momento, las tengo a raya, no sin esfuerzo. Aunque salgan, la verdad, y pese a todo lo descrito, miro con orgullo mi cuerpo -que nunca volverá a ser el mismo, por mucho que nos cuente Pilar Rubio-. Frente a la adversidad, lo más importante de mi vida sigue creciendo ahí dentro.

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Embarazo contra las cuerdas © DIARIO ABC, S.L. 2017

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