En jaque por hemorragias

En jaque por hemorragias

Publicado por el 09/12/2016

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En los siguientes intentos para alcanzar la maternidad ya tienes nivel sénior en los prolegómenos de la gestación: pastillas de ácido fólico consumidas al menos durante dos meses previos a la concepción, una dieta equilibrada, un chequeo ginecológico, las cuentas de la ovulación, relajación (advierten los médicos que nada de estrés) y, para reducir el margen de error, escuchas los consejos de algunas amigas y otras mamás que, en la mayoría de los casos, no tienen ninguna base científica. Depende de lo que tardes en concebir tirarás o no de ellos, aventurera.

“Quédate con las piernas para arriba después de la eyaculación” (¡qué estampa más bonita!); “toma mucha fruta y verdura”; “que tus alimentos sean ecológicos” (prepara el bolsillo); “haz deporte”; “practica mucho sexo en tus días fértiles”; “el misionero ¡el misionero!”; “haz el amor en la misma fase lunar en la que tú naciste” (¿en serio?),… Vamos, que si se nos va de las manos podemos convertirnos en budistas ortoréxicas-vigoréxicas y astrólogas, con la mirada puesta en el techo todo el día y las piernas sobre el cabecero de la cama para afinar la puntería; eso sí, siempre que nuestro óvulo haya salido a paseo.

En resumen, volvemos al punto de partida, con más temor después de una pérdida involuntaria, seamos realistas. Tras algunos abortos espontáneos se suele realizar un legrado, para entendernos, un raspado de las paredes del útero para limpiarlo de los restos del embrión, pero cuando se expulsa completamente no es necesario. En mi caso, como solo había tenido una falta no requirió de esta técnica y, por tanto, no se nos indicó esperar ese tiempo para volver a intentarlo; hay ginecólogos que recomiendan aguardar dos meses entre medias. Si se ha sometido a un legrado, tres.

Sangrado de implantación

Después de entregarse a la liturgia para el embarazo, un día aparece un signo inequívoco de concepción que en la primera ocasión no se había manifestado. Despiertas por la mañana con náuseas. Pero no es una angustia típica de una mala digestión o una gastroenteritis, no. Es asco. Asco a secas. Y a la mañana siguiente también. Y a la otra, y así sucesivamente. Hay mujeres que no tienen ningún síntoma y otras a las que les acompaña esta sensación y los vómitos hasta haberse adentrado bien en el segundo trimestre del embarazo. Incluso hay casos en los que tienen que ingresar en un centro hospitalario cuando llegan a padecer hiperémesis gravídica, ya que pierden hasta un 10% de su peso por los vómitos y pueden presentar problemas severos de deshidratación y malnutrición que ponen en peligro el desarrollo del feto. Sí, amigas, el embarazo a veces es así de bonito. Aunque, por suerte, la hiperémesis no me ha tocado.

De nuevo estábamos embarazados, pero con una ilusión comedida que disminuyó aún más cuando el día en que tenía que bajar la menstruación apareció en la ropa interior una mancha de sangre acompañada de un ligero dolor de regla. Leve. No fue a más, ni una cosa ni otra. Al parecer se trataba del sangrado de implantación, que no todas las mujeres experimentan. La mancha no volvió a significarse hasta pasados 15 días más, donde la hemorragia, de nuevo, pasó a ser más abundante.

Una luz en el monitor

Me encontraba en la semana 5 de gestación. Había superado en siete días el anterior “embarazo”. De camino a las urgencias hospitalarias piensas que no hay nada que hacer, que lo pierdes, que la historia se va a repetir. Los minutos en la sala de espera se vuelven eternos. Cuando por fin entras de los nervios en la consulta, te desplomas. Proceden a hacerte una ecografía transvaginal. La sangre asoma, pero, sin embargo, la profesional emite una frase que inunda el habitáculo de  esperanza. El monitor del ecógrafo muestra una pequeña luz parpadeante que procede de un minúsculo embrión que se aferra a la vida. ¡Es su corazón latiendo! ¡Qué emoción! ¡Qué mezcla de sentimientos! “En estos momentos es un acto de fe”, advierte la especialista.

A la derecha de esa cosita parpadeante aparecía una mancha casi el triple de grande que ese nuevo ser. Se trataba de un hematoma retrocorial, el causante de la sangre, motivado por mi extraño tabique uterino. Al parecer el embrión se había desprendido en parte de la pared uterina. Esta evidencia llevó a reflejar sobre el informe el juicio diagnóstico de “amenaza de aborto”. La sangre podía arrastrar la pequeña vida.

A la espera de que dejase de manchar, debía de guardar reposo (de la cama al sofá, del sofá a la cama y solo permitidas las excursiones al baño) con un tratamiento de progesterona de 200 miligramos diarios. Pero las hemorragias continuaron a diario siete semanas más, con varias visitas a las urgencias. Cinco exactamente. Desesperante. Pese a la adversidad, aquello seguía latiendo, insuflando luz en un horizonte negro. Pero aún quedaban más obstáculos que sortear.

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Embarazo contra las cuerdas © DIARIO ABC, S.L. 2016

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