Dictadura y guerrilla argentina

Publicado por el feb 3, 2017

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Argentina parece estar condenada a las sombras cuando el motivo de análisis gira en torno a la última dictadura militar. Eso implica insistir, -con el eufemismo de “simbólicas”-, en cifras falsas sobre el número de desaparecidos. También significa convertir en héroes a guerrilleros que se alzaron en armas en democracia (faktaban 8 meses para las elecciones) y no cuestionar, con honestidad, la politización de colectivos como las Madres (hay dos corrientes) y Abuelas de Plaza de Mayo que tanto daño han hecho a su causa original. Si entendemos por ésta, hallar los restos de sus muertos, conocer qué pasó con ellos y localizar y rescatar a los nietos secuestrados.

El pasado trágico de un país incapaz de mirar con lupa sus heridas, incluye ciclos de regímenes militares y democráticos donde no se respetó la dignidad de las personas, ni sus derechos, ni libertades, ni su propia vida. Pero también tiene en su historia movimientos civiles convertidos en ejércitos paralelos que cometieron secuestros, asesinatos y abusos en nombre de ideologías revolucionarias que tampoco respetaron la vida de los ciudadanos (Erp y Montoneros fundamentalmente).

La “teoría de los dos demonios” que tanto irrita, al poner en el mismo rasero a guerrilleros y fuerzas de seguridad, tiene explicación en una sociedad que, en verdad, fue víctima de ambos bandos. De los que estaban por fuera de la ley y de los que la representaban. Eso también significa que la mayor gravedad de los delitos está, sin lugar a dudas, en el terrorismo que ejerció el Estado. En ocasiones sólo y en otras en colaboración con los regímenes similares de los vecinos de los años 70 bajo la sombra del Plan Cóndor.

Los juicios a las Juntas Militares fueron y son un ejemplo para Argentina y para el mundo. El presidente, Raúl Alfonsín, se mantuvo firme, pese a las asonadas y fuerza oculta del viejo régimen, y despejó los obstáculos que impedían sentar en el banquillo a los represores. Fueron juzgados y condenados por argentinos.

La CONADEP (Comisión Nacional de Desaparición de Personas) hizo un trabajo formidable. Eran tiempos difíciles. Había miedo e incertidumbre. Pudo comprobar 8.961 casos de desaparición de personas pero el registro permaneció –y permanece- abierto para incorporar a mas víctimas mortales, si las hubiera. Los ejecutados por la AAA (Alianza Argentina Anticomunista) de la etapa del matrimonio Perón (Juan Domingo y María Estela) rondaron la cifra de 700 y los de los guerrilleros alcanzaron el millar.

La democracia argentina, con el lastre de aquellos siete años negros de la dictadura, ha logrado mantenerse desde 1983 hasta nuestros días. En el camino se dictaron leyes de punto final y obediencia debida e  indultos para represores y guerrilleros. También se anularon esas mismas leyes e indultos (en este caso sólo de los jerarcas del régimen) y pasaron, o volvieron a pasar por el banquillo, personajes emblemáticos de la dictadura y otros menos conocidos pero con la misma responsabilidad por torturar, matar y hacer desaparecer a personas . Algunos, como el dictador Rafael Videla, no recibieron el trato que el Estado está obligado a dispensar a sus reclusos.

Montoneros fue la guerrilla mejor organizada y con mayor poder de combate. Eleuterio Fernández Huidobro, ex guerrillero tupamaro y ex ministro de Defensa de Uruguay, sonrió antes de comentar: “Vos hablás conmigo y tenés la certeza de saber quién soy. El problema con los montos argentinos es que nunca sabés con quién estás hablando”. El “Ñato”, como conocían al difunto Huidobro, habló de algunos “montos” históricos que no lo eran tanto porque, en rigor, trabajaban para los militares. Muchos de aquellos cabecillas, como Mario Firmenich, Horacio Verbitsky, o Perdía viven y podrían contar su versión de la verdadera historia.

La dictadura argentina, tanto si llego con ese objetivo en su enferma cabeza, como si lo gestó sobre la marcha, desarrolló un plan sistemático de desaparición de personas. No juzgó a nadie. Encerró a sus víctimas, buena parte vinculadas a la guerrilla, en centros clandestinos de exterminio. Las torturó, las cremó, ocultó y hasta metió en aviones para arrojarlas, aún con vida, al río de la Plata primero y al mar después. Insaciables, se apoderaron de su patrimonio, de sus bebés y se convirtieron en vulgares delincuentes comunes que hasta el día de hoy callan el destino de sus víctimas. El juicio a las Juntas Militares y los otros, pudieron demostrar sus crímenes.

El empeño en tergiversar la verdad y adaptarla a intereses políticos se vio durante el kirchnerismo. Añadir un prólogo al Nunca Más para hacer oficial la cifra de 30.000 desaparecidos cuando es falsa, como bien denuncia Graciela Fernández Meijide, produce vergüenza ajena. Lo mismo sucedía cuando, desde el Estado se respaldaba y estimulaba la apología permanente de la violencia de Hebe de Bonafini. La sensación produjo similar desazón aquellos días en los que Estela de Carloto acusaba públicamente a los hijos de Ernestina Herrera de Noble y proclamaba, -falsamente-, “las pruebas del delito las llevan en su cuerpo y no las pueden ocultar” o cuando, como ahora, intenta subestimar el secuestro en democracia de Mauricio Macri porque no era uno de los suyos.  El uso político de la tragedia sirvió para emponzoñar y alejar a los argentinos de la verdad de su historia y empezar a creer sus propias mentiras.

El Gobierno de Mauricio Macri no parece tener la sensibilidad requerida a la hora de mirar aquellos años. Cambiar el “feriado” del 24 de marzo, fecha del golpe de Estado, volvió a ponerlo de manifiesto. Por fortuna, dio marcha atrás pero en el camino se metió de cabeza en un problema que nunca debió existir. Por si fuera poco, Juan José Gómez Centurión, titular de la Aduana, y ex militar rebelde carapintada, dijo recientemente que durante la última dictadura militar no existió “un plan sistemático” de desaparición de personas, como quedó probado en el juicio a las Juntas. Además, añadió: “no es lo mismo 8 mil verdades que 22 mil mentiras” en alusión a los 30.000 desaparecidos que el prólogo kirchnerista empotrado en la Conadep intentó hacer realidad. El tono y el modo de un hombre del círculo de Macri no ayuda.

Quizás sea hora de sentarse en una mesa para hablar sin miedo y que los vivos que vivieron aquellos años se animen a defender o explicar sus actos. Aunque duela, siempre será mejor que la mentira. La diga un Gobierno, un partido o los protagonistas de una historia que nunca debió ser así.

 

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