El crepúsculo de su diosa

Publicado por el Dec 6, 2015

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La “resistencia”, ese término que Cristina Fernández de Kirchner entiende como propio, explica su terquedad a abandonar el poder con espíritu democrático. La viuda de Néstor Kirchner organizó con los suyos (o viceversa) manifestaciones en el Congreso para el día de su despedida (el jueves). La juventud “K” cerrará filas con cuarentones, cincuentones y lo que se preste, para aclamar la salida de su diosa. De paso, la masa kirchnerista apunta a enturbiar la proclamación de un presidente electo.

Mauricio Macri, después de Néstor Kirchner, parece que será el primer hombre dispuesto a poner en su lugar a la mujer que trabaja con tenacidad, contra sí misma, para pasar a la historia como una déspota sin brillo de la ilustración. La viuda de Néstor Kirchner se niega a entregar el bastón de mando y la banda presidencial en la Casa Rosada, sede del Ejecutivo, lugar tradicional -y determinado por reglamento de protocolo de Presidencia-, para celebrar esta ceremonia.

Cristina, como la conocen los unos, los otros y los de más allá, no quiere dar su brazo a torcer. Ella y su marido se intercambiaron los “atributos del mando” en el Congreso y no desea que nada cambie. El caso de “Néstor” fue excepcional ya que Eduardo Duhalde fue designado presidente por una Asamblea Nacional tras  la caída de Fernando de La Rúa y la secuencia de media docena de presidentes breves. El de ella, prolongación o réplica de una escena conyugal tamizada por las urnas. El de su reelección, en el 2011 (su hija Florencia le ajustó la banda) fue la expresión máxima de que, en su desconcierto, siente que el Estado es ella.

Los últimos días de su poder están cincelando un personaje que, como el de la bruja de Blancanieves, no puede resistir la pregunta de, quién es más bella frente al espejo. Tampoco la respuesta. Las máscaras se cayeron con las elecciones y  la última presidenta se desploma por el peso de su propia soberbia y el del fracaso al no poder perpetuarse por sí misma o a través de otro. Hasta los leales que quieren tener futuro en la política sienten vergüenza ajena por ella. El Gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, es buena muestra de ello.

La obsesión por llenar el Boletín del Estado, hasta el última día, con designaciones, cargos, destinos en Embajadas y organismos (28 páginas ocupaban el viernes) roza lo ridículo. No se harán realidad. De eso se ocupará, sin perder un minuto, su sucesor. Las amenazas al orfebre Juan Carlos Pallarols para que no le entregue al presidente electo lo que es suyo (el bastón de mando) dan cuenta del disparate. Las menciones, años 80, al imperialismo del Pato Donald y la exaltación de los dibujos animados “made in Argentina” como cuestión de Estado recuerdan el libreto imaginario de Gloria Swanson en “El crepúsculo de los dioses”. Lástima que esta narración no sea un relato más y se trate, definitivamente, de otro episodio de la historia.Por fortuna, lo suyo se termina ya. Como dijo Mauricio Macri, se va “por la puerta chica”. Lo de Argentina, empieza de nuevo. Ojalá vaya y siga, por la puerta grande.

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