Cristina Kirchner, miedo en el cuerpo… de la justicia

Publicado por el may 5, 2015

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Cristina Fernández de Kirchner va camino de romper la tradición del síndrome del “pato cojo” que lastra la recta final de los mandatos presidenciales. Lo usual, en ese lapso de tiempo, es que los mandatarios no remuevan mucho el avispero de la política y dejen las cosas tranquilas. No por gusto propio sino por el vacío de poder de alguien que tiene medio cuerpo –y parte del otro- fuera del Ejecutivo. También, por prudencia y para evitar dejar a su sucesor el terreno con demasiado fango o directamente como si hubiera pasado la reencarnación de Atila (por donde pasaba no volvía a crecer nada, ni “el pasto”)

El caso de la presidenta de Argentina es diferente. Pese  a que quedan cinco meses para que haya un nuevo presidente electo, ella sigue con el mismo entusiasmo en la batalla. Su objetivo prioritario es evitar la guerra judicial que podría arruinarle el retiro de la Casa Rosada.

La cascada de causas que esperan pacientes para reabrirse o están activas (desde enriquecimiento ilícito a malversación de fondos pasando por lavado de activos) pueden terminar con ella y, lo que más le preocupa, con su hijo Máximo, pasando un tiempito a la sombra. “Si a Menem, por mucho menos, le tuvieron confinado en don Torcuato a ella, te imaginas las ganas que le tienen”, comenta una fuente que conoce bien cómo sienta la toga aunque no vivió de cerca la desesperación del ex presidente durante aquel arresto domiciliario.

Con este miedo en el cuerpo de la presidenta, el Gobierno hace cosas insólitas. Entre otras, premiar económicamente a los jueces que apliquen el nuevo Código Penal. Cristina Fernández no renuncia a la operación pública de acoso y derribo contra fiscales y jueces, mientras los suyos les amenazan en privado o escondidos bajo el anonimato de una llamada o, en el mejor de los casos, buscan un “arreglo” para la impunidad.

Como hasta ahora ninguna de las alternativas le ha dado resultado, la Presidenta trabaja para modificar el número de magistrados de la Corte Suprema (equivalente al Supremo) en varias vertientes. La idea es, en definitiva, colocar a sus leales, presuntos incondicionales, para que la salven cuando le llegue la hora de la verdad. Para eso necesita el apoyo de un sector de la oposición que, en teoría, se niega. Ricardo Lorenzetti, titular de la Corte, le ha visto las orejas al lobo que, de paso, también le puede morder en su honestidad y la ha sorprendido con un amago de dimisión que, previsiblemente, se traducirá en reivindicación y fortalecimiento de su puesto.

Los que están en el ajo de Tribunales insisten en que la mujer que demuestra seguir siendo la dueña del poder, hace sus números y apuestas y “le pone ficha” a Carlos Zanini, su eterno secretario Legal y Técnico, colega, -más revolucionario que ella que se atrincheró y enriqueció en la plácida Santa Cruz-, de los años 70 y especie de Rasputín en la cosa legal de los Kirchner.

Culmine con éxito o en fracaso la operación contra la justicia la presidenta se merece el reconocimiento, por mérito propio, de sortear el síndrome del pato cojo. También de mantenerse fiel a la seguidilla de homenajes a un muerto cuyo nombre, visto lo visto, si pudiera, le serviría para cambiar el del país.

Quizás, en su imaginario, soñó que Argentina, algún día, se llame Néstor Kirchner. La cuestión es si tanta calle, gimnasio, monumento, centro cultural y cuadros del difunto (el último con otro de hugo Chávez) no terminarán, como suele suceder en estos regímenes, arrumbados en húmedos sótanos y tapados por el nombre del siguiente “jefe” o de anteriores con menos cosas que ocultar. En fin, otra injusticia, se dirá ella.

 

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