Estampas del esperpento argentino

Publicado por el feb 24, 2015

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cristina kirchner

Carteles tras las acusaciones de Nisman a Cristina Kirchner

Emisoras de radio y de televisión locales solicitan, con más frecuencia que nunca, información sobre la imagen de Argentina en el mundo como consecuencia del caso Nisman, el fiscal muerto de un tiro en la cabeza, por mano propia o ajena, el pasado 18 de enero.

Los argentinos, -a los españoles le sucedió algo similar durante la crisis-, tradicionalmente preguntaban a los extranjeros: ¿Y fuera, cómo nos ven? La curiosidad solía responder, hasta hace unos años, a su afán por saber si en el exterior apreciaban que el país iba en buena, mala o errática dirección. Hasta ahí, no había mucho más que ahondar salvo esa tendencia tan local de necesitar saber qué piensa usted de nosotros,  nos ve bien, mal, le gustamos o no  y ese largo etcétera que se desgrana, en primera persona del singular, en la salita del psicoanalista.

Los hechos desencadenados tras la muerte de Nisman arrojaron una imagen del Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner que se adapta sin ningún esfuerzo al patrón del esperpento. Las formas y el fondo de las manifestaciones de la presidenta y de sus ministros, sobre la víctima (sea suicidio o asesinato) superaron lo imaginable. En la misma línea se enmarcan las expresiones del “oficialismo” sobre la investigación, las personas que rodeaban a Nisman y la “Marcha de los paraguas”, como pasará a la historia la manifestación que convocaron los fiscales en homenaje a su colega y arrastró a las calles el descontento desbordante de un sector muy importante de la sociedad.

Pensar que la cordura va a resurgir de las catacumbas del poder, cuando apenas le quedan diez meses en la Casa Rosada, se ha convertido en una utopía. Hay algo obsesivo en la presidenta de Argentina para provocar situaciones que desembocan en agresiones y enfrentamientos innecesarios. Como lo hay en sus ya ridículas intervenciones en las redes sociales o la televisión. Pareciera que el sentido de Estado es cosa de otros y no de quien tiene todavía la mayor responsabilidad de un país: La Jefatura del Estado y la Presidencia del Gobierno.

En muy pocos días Cristina Fernández de Kirchner logró ofender a un muerto, a su familia –pese a exculparla del pecado de asistir a la manifestación-, a jueces, fiscales, abogados, políticos que no piensan como ella y a millones de ciudadanos que no la votaron. Y, seguro, que a alguno que en su día formó parte de aquel 54 por ciento que sí confió en ella en las últimos elecciones.

Este intenso y largo mes, tras la muerte de Alberto Nisman, se sigue viviendo en Argentina como una guerra donde vale todo. Vale sugerir desde el poder que el muerto era un indeseable que no merece el pésame a los suyos, vale insinuar que además era un homosexual que cayó víctima de la pasión de un amante traicionado, vale llamar “narcos”, “xenófobos” y “golpistas” a los colegas de Nisman y hasta calificarlos de Partido Judicial (la respuesta a la Predidenta fue “No somos un partido, somos un Poder del Estado, el Judicial). Vale señalar a la ligera a un presunto asesino desde la más alta Magistratura, vale mentir protegida por “la investidura” y vale desempolvar a los espías identificados con el crimen y el contrabando, que son suyos, como si fueran de toda Argentina.

La historia es triste. El final del ciclo de tres legislaturas kirchneristas es, finalmente, el que se empeña “la jefa”, -como se referían los presuntos cómplices de encubrimiento terroristas a la Presidenta-, en construir: una desafortunada versión argentina del esperpento. Si Valle Inclán levantará la cabeza, no le daría tiempo a ocultarla. Antes, se la cortarían.

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