Enfermos del silencio

Publicado por el dic 28, 2011

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La mayoría de los presidentes argentinos ha lidiado mal con la enfermedad. Los jefes de Estado suelen tratar de ocultar o minimizar los temas referentes a su salud. El primero fue, como era de esperar, Juan Domingo Perón. En 1973, cuando al presidente le quedaba un halito de vida, el Gobierno insistía en que “apenas tiene una gripe”. Entrada la democracia, Carlos Saúl Menem tuvo que ser ingresado de urgencia. Como le pasaría años más tarde a Néstor Kirchner, debió  someterse a una operación en la carótida. Mientras el cirujano hundía el bisturí, el Gobierno de turno, de nuevo, ofrecía como versión oficial “una gripe”. En el 2001, meses antes de que Argentina se derrumbara, Fernando de La Rúa, pasaría, por las mismas razones que Menem y Kirchner, por el quirófano. Su médico personal y ministro de Salud, Héctor Lombardo, declaró que el presidente padecía “un poquito de arteriosclerosis”. Fue peor el remedio que la enfermedad. Llegado el 2004 Néstor Kirchner se desangraba por una hemorragia intestinal pero el Gobierno, inicialmente, atribuía el malestar a una ligera complicación tras visitar al dentista. El pasado año Kirchner –como le llamaba en vida su mujer- sería operado dos veces de la carótida. En ambas ocasiones su esposa estaba como titular de la presidencia aunque a “él” se le atribuía ser el poder en la sombra. Oficialmente el ex presidente se estaba haciendo “un chequeo de rutina”. En octubre, semanas después de someterse a una “angioplastia”, un infarto fulminante acabaría con la vida del marido de la presidenta.  Ella, Cristina Fernández de Kirchner, a diferencia del resto, ha preferido decir las cosas como son o, al menos, eso parece.

 

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