Fujimori no logró un cuento de Vargas Llosa

Publicado por el oct 7, 2010

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Buenos Aires. Carmen de Carlos-

Amanece en Buenos Aires y la radio da la noticia: Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura. Por fin, una buena noticia. Al fin, la noticia. La primera vez que vi en carne y hueso al escritor fue en Lima. Alberto Fujimori estaba al mando de ese grandioso país, odiaba profundamente a su antiguo adversario electoral y le tenía -literalmente- en la mira. Por entonces, eso significaba que su vida podía servirse en la oscura bandeja de crímenes que compartía el por entonces Jefe del Estado peruano con Vladimiro Montesinos, su Rasputín criollo.

Corría, con visos de terminar sangriento, 1996. El MRTA (Movimiento Revolucionario Tupac Amari) había asaltado la residencia del embajador japonés en Lima y capturado como rehenes, a unas cuatrocientos personas que iría liberando en varias tandas, hasta quedarse con un grupo escogido de menos de cién. El asalto se prolongó hasta el 22 de abril del 97. En los primeros meses de éste año me parece que fue la Universidad de Lima la que, en un gesto de desafío al poder establecido, decidió investir Doctor Honoris Causa a Vargas Llosa. El peruano estaba proscrito y vivía exiliado entre Londres y Madrid. Los enviados especiales españoles que cubríamos los sucesos de “la embajada” fuimos a esperarle al eropuerto. La “nipodemocracia”, cintillo de ABC que precedió todas las informaciones de aquella crisis, no se atrevería a levantar un dedo contra él si la prensa extranjera estaba de testigo. Así fue.

Mario Vargas Llosa todavía no había escrito “La fiesta del chivo”, esa magnífica historia novelada que logró aclarar la sombra del plagio que un día se tendió sobre ella. El escritor no se había adentrado aún en las tripas del viejo régimen dominicano de Leónidas Trujillo ni buceado en esa colección de indignos ejemplares humanos. En ese momento Vargas Llosa estaba, al menos en apariencia, con la cabeza en otro lugar. Se había convertido en un experto conocedor de las dictaduras modernas por culpa de Alberto Fujimori, el primer déspota del siglo XXI disfrazado de demócrata.

Sobre este personaje “menor”, como le describiría el escritor en su casa de Lima y en las entrevistas posteriores, jamás quiso escribir. Decía algo así como que no tenía ningún atractivo literario. No coincidí con él y creo que él tampoco coincidía consigo mismo, pero no me atreví a decírselo. Estar junto a Vargas Llosa no era ni es poca cosa. Para mi gusto, Fujimori, hoy en prisión con Montesinos, es un personaje que encuadraría a la perfección en cualquier novela. Otra cosa es que, después de todo, tuviera el premio de que la escribiera un Nobel como Mario Vargas Llosa.

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