Balance del terremoto de Perú

Publicado por el ago 21, 2007

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Lo peor:
-El llanto y la desesperación de los familiares al identificar a sus muertos. Los cadáveres, después de horas o días bajo los escombros y el adobe, parecían figuras de terracota.
-El hambre y la sed de la gente.
-Los empresarios de transporte de autobuses que aprovecharon la tragedia para subir y hasta doblar los precios de los pasajes a las ciudades afectadas. El peor ejemplo lo dio el ex congresista del Apra, Lastenio Morales. Sin escrúpulos, el dueño de la compañía Soyuz demostró ser un miserable.
-La soberbia de Alan García. El presidente de Perú dijo que sobraban médicos, negó el pillaje y se empeñó en convencer al mundo de que tenía la situación bajo control. Cuatro días después de la catástrofe, miles de personas seguían desasistidas.
-La verborragia y la falta de sensibilidad de Alan García. Famoso por su dominio del lenguaje, el presidente de Perú afiló la lengua para cortar de cuajo las críticas y despreció la cooperación española. A los bomberos catalanes les dijo, el que tenga miedo que se marche. Habían estado en medio de una balasera mientras buscaban muertos entre las piedras. A la ONG de médicos, Salvamento y Rescate, la mandó a la Embajada de España y le advirtió: cuando se viene a trabajar se viene a trabajar. Los doctores reclamaban más de cien toneladas de material que llevaban dos días bloqueados en Lima.
-El despliegue de ministros sin hacer nada por las calles de Pisco y las copiosas cenas del Gabinete. El viernes, en el avión que trasportaba ayuda humanitaria de Lima a Pisco, no se soportaba el olor a pollo a las brasas. El primer cajón, de un metro por un metro, en bajar fue el de la comida de Presidencia de Gobierno.
-La explicación de un bombero de por qué los cadáveres tenían al abdomen hinchado: Porque las vísceras son las primeras que se descomponen, generan ácidos y estos gases. Si lo pincho con una aguja estallaría y sonaría igual que un globo, ilustró.
-Los niños y niñas descalzos o con zapatos y ropa de mayores pidiendo agua y comida.
-El futuro de las familias que se quedaron sin casa, sin trabajo y con muertos que penar.
-La falta de energía y de internet en las zonas del siniestro. Tuve que cronometrar el tiempo que duraban las baterías de mi ordenador para poder escribir y dictar las crónicas antes de que se apagara la pantalla y se desconecatra el móvil.
-El polvo que te secaba ojos y garganta y el olor “in crescendo” a putrefacto de los muertos.
-La convicción de gente humilde de que lo sucedido era un castigo divino y merecido.
-La resignación con la que los desahuciados aceptan su destino.

Lo mejor:
-La solidaridad del resto de Perú y de la comunidad internacional.
-La capacidad de los peruanos para improvisar chozas hechas de juncos. Les protegían del frio por la noche y les daban sombra de día.
-El valor de Alan García para poner la cara todos los días de la semana y aceptar las preguntas de la prensa. Otros lo habrían resuelto con un mensaje en diferido a la Nación y aquí paz y después gloria.
-El ejemplo de la familia de Alan García. Su mujer, Pilar Nores y sus hijos, fueron de los primeros en donar sangre para los heridos.
-La cara de Manuela Gil Gordillo cuando se dio cuenta de que yo era española y la iba a ayudar.
-La ayuda de dos equipos de televisión, uno peruano y el otro español, que me dejaron varios días cargar el móvil y el ordenador en su generador eléctrico.
-Dormir, por decirlo de alguna manera, vestida y abrazada a la mochila por si había, como hubo, que salir corriendo .
-Las dos chocolatinas, la manzana y la barrita de cereales que me regaló un voluntario de Bomberos Unidos Sin Fronteras.
-La ayuda, como siempre, de la periodista peruana Cecilia Valenzuela y de Silvia, una colega del programa de Frecuencia Latina, La ventana indiscreta. Sin ellas todo hubiera sido más difícil.
-La llamada por teléfono de Carolina Brunstein de Clarín. Estaba preocupada porque el primer día me quedaba sola en Pisco y el rumor de que por la noche era una ciudad sin ley corría como la pólvora. De noche apareció un batallón de periodistas españoles que venían desde Madrid con los bomberos.
-La agilidad del bueno de Fran Sevilla. El enviado de Radio Nacional, que tiene los talones de ambos pies destrozados, bajó, a velocidad meteórica, una escalera a oscuras con la primera gran réplica del terremoto en Pisco.
-La mía, en la misma situación que Fran, a cuatro meses de que me operasen después de romperme la tibia, los dos meniscos y el ligamento cruzado anterior de la rodilla izquierda. Por cierto, la intensidad del temblor fue de cinco grados.
-El ataque de risa floja que nos entró cuando dos colegas españoles se atrevieron a confesar el miedo que les había dado la réplica del seísmo y se negaron a dormir bajo techo después de que habían preparado una camita hasta con mantas.
-Que todos los miembros de las familias de Cristina y de Walter, el marido de Angélica, estaban sanos y salvos en Ica y Pisco.

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