El protocolo de Les Luthiers y compañía

Publicado por el Aug 10, 2007

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Protocolo, para la mayoría de los hispanoparlantes, es sinónimo de etiqueta, ceremonia, solemnidad, pompa o términos similares. Para otros, como Les Luthiers, es una palabra que proviene de ¡Pronto, Colón! Que fue lo primero que dijo Isabel La Católica para urgir a Colón a descubrir América. El quinteto de Buenos Aires desveló la historia de ese vocablo, al que el común de los mortales no le damos bolilla (ni caso), después de recibir la Encomienda de Número de la Orden de Isabel La Católica.
Impuestas las distinciones por la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, los maestros del disimulo, como se refirió a ellos el embajador Rafael Estrella, se debieron desternillar de risa cuando, como parte del espectáculo Músicas para un Encuentro, como se bautizó una ceremonia que fue cualquier cosa menos pomposa, pese a que se trataba de ponerse medallas, escucharon en el Teatro Avenido las boas noites de Susana Seivane (S.S).
Gaitera virtuosa, marchosa, modelo buen rollito, parecía una provocación para los maestros del humor más afinado que se eligiera, entre otros, a una gallega para amenizar el acto de Buenos Aires. No porque la música no fuera de primera, que lo era, sino porque en Argentina cuando se refieren a los españoles en tono despectivo, dicen gallegos como si fuéramos de quinta. Algo así como la venganza por lo de sudacas, aunque, para ser justos, ellos empezaron muchos años antes.
Gracioso, lo que de verdad fue gracioso, aparte de Le Luthiers, fue cuando S.S. intentó echarle unas flores a la vice, como se refiere la mayor parte del cuerpo diplomático a De la Vega. La gaitera, de repente, no sabía muy bien qué decir y para salir del paso se arriesgó con un pronóstico: seguramente será presidenta. Si ZP hubiera estado presente le da algo pero estaba ausente y su mujer había salido volando unos días antes.
Sonsoles Espinosa había dado el do de pecho en Buenos Aires pero lo hizo tan bajito que la mitad de Argentina no se enteró de que era ella. Con un poquito de publicidad, o sea dejando caer a la prensa local que ella estaba en el coro de la Capilla Real de Madrid, el teatro se habría atiborrado de gente porque los argentinos, inventores del término cholulo se pierden por tener cerca un famoso/a y más si es la esposa de un presidente. Pero ella, como siga tan discreta, un día se va a quedar sola. De hecho, en el avión Madrid-Buenos Aires, por aquello de pasar desapercibida y que no piensen que la tratan mejor por ser vos quien sos terminó sentadita en turista mientras su escolta, -le tocó la lotería del ascenso- se quedó como un tronco en Ejecutiva durante las más de doce horas que dura el vuelo de marras. Ese sí que de protocolo sabe poco o nada aunque de cubrir las espaldas debe saberlo todo.
Qué diferente fue la actitud de Rafael Estrella. Cuando la vice iba a empezar la rueda de prensa de rigor, pidió un vaso de agua para digerir el trago que la esperaba. La jornada había sido y terminaría siendo dura. De desayuno, los empresarios de las empresas de pesca incendiadas. Para comer, el matrimonio Kirchner con perrito faldero en brazos de ella (CFK) y bóxer a la sombra de él (NK). A la hora de la merienda y después del mini congreso de la lengua, cita secreta con el ministro Julio De Vido, (no hay siglas que le sienten bien) a cuyo despacho conducen casi todos los caminos de la corrupción oficial, sin mencionar la venta de un cachito de Repsol Ypf o Ypf Repsol, depende de quien hable. Y para cenar, la gaita y el regreso a Madrid.
Bueno, pues a mitad de todo esto y unos segundos antes de dar la cara con nosotros (la prensa canalla), la señora tenía sed. El embajador, raudo y veloz, se abalanzó a saciarla con tanto ímpetu que pisó mal, resbaló y terminó de bruces contra el suelo. La verdad es que el golpazo sonó fatal pero Estrella (no pienso hacer ningún chiste fácil) como un caballero enfundado en su armadura, no sintió nada, o sea, no dijo una palabra, no emitió quejío, ni se le oyó un lamento. Justo todo lo contrario que hizo un periodista cuando, minutos antes, se le rompió la silla de madera noble y terciopelo de la Embajada en la que estaba sentado.
Como dijo otro colega: quizás por eso uno es embajador, aunque no sea de carrera y el otro periodista. Aunque, bien mirado, será cuestión de protocolo porque esto de ser plumilla, mal, lo que se dice mal, no le sienta mal a nadie.

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