Felisa, el árbol caído, echa leña al fuego

Publicado por el jul 17, 2007

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No está bien hacer leña del árbol caído pero la tentación es grande. Después del escándalo de la bolsita con los miles de dólares y pesos en el baño de la ahora ex ministra de Economía, lo que más irritaba en Argentina no era el hallazgo, lo que de verdad le empezó a molestar a la gente era el espectáculo que ofrecían ella y el Gobierno.
En su intento, -por órden de Néstor Kirchner y de su máximo baluarte, el jefe de Gabinete, Alberto Fernández-, de explicar lo inexplicable, Miceli volvió a todo el mundo loco con tantas versiones de su verdadera historia del dinero.
Primero dijo que era suyo, luego que se lo había prestado su hermano recordaba a la época de Juan y Alfonso Guerra-, más tarde que, en realidad, se le había olvidado en el armarito de enfrente del retrete del Ministerio Luego que no, que lo había dejado a propósito porque era para comprar una casa… Después, que se había expresado mal, que lo cierto era que no había visto ningún pisito pero sus hijos buscaban uno en internet antes de que ella vendiera el dúplex…
Pasaban los días y la ministra, fiel a la máxima, no aclares que oscurece, se enredaba como un nudo en la melena pero, seguía hablando: Pensaba llevar el dinero al banco, garantizaba. Acto seguido daba marcha atrás: Siempre lo guardo en casa () Ahora está en mi casa. Vaya usted a saber, debajo de un colchón, en el dobladillo de la cortina, en la lata del ají o entre algodones, del tocador. En cualquier lado menos en el banco.
Motivo de chacota en todos los programas de humor, llegó un punto en que empezó a dar pena pero la lástima se pasó volando. Con sus labios de nuevo sellados tardó semanas en hablar después de que Perfil destapará el escándalo- Kirchner se empeñó en subirla a los altares frente a las masas. El presidente, en franco desafío a la razón, se la llevó del bracete a todas partes. En la celebración del 9 de julio, aniversario de la Independencia, allí estaba Felisa, blanca y radiante como una novia. En otro aniversario, el de la Bolsa, la ministra salía en primera línea con una sonrisa de oreja a oreja… Aquello parecía una fiesta interminable.
De juerga en juerga, de foto en foto, la gente alucinaba y Kirchner venga a sentarla a su vera y Alberto Fernández, desesperado, sin palabras nuevas en el diccionario para defenderla. En ese aquí no pasa nada o viva la Pepa, la gente se puso de uñas y el fiscal que entiende la causa dio un golpe en la mesa: se acabó la fiesta, la señora ministra tiene que declarar como imputada, explicar de dónde salió el dinero y qué hizo con el acta original del registro policial que mando secuestrar.
Con la soga de la Justicia al cuello, el presidente la llamó a capítulo antes de que su mujer le leyera a él la cartilla. El jueves arranca la campaña Cristina Presidenta y lo que menos le conviene a la senadora es tener a una ministra en el banquillo. Felisa, obligada por las circunstancias, es decir, por Kirchner, renunció. Alberto F., desencajado, volvió a poner la cara por Miceli: () Hemos creído y creemos en ella.
En la carta de dimisión, de tres párrafos, la ex ministra de Economía, genio y figura, se justifica y lamenta la difusión de actos de mi vida privada, como si el baño del Ministerio y los fajos de dinero con el precinto del Banco Central, fuesen algo íntimo.
Ya decía, no hay que hacer leña del árbol caído pero es que la señora se va echando leña al fuego o lo que es lo mismo diciendo lo de siempre, que la culpa la tiene la prensa por contar la otra historia, la de los hechos y eso, ha generado un daño inmerecido a mi honorabilidad. Si ella lo dice, será verdad.

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