La dictadura del melón

Publicado por el Jun 16, 2007

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Mientras algunos lo pasan en grande sacándose, o sacándome la piel a tiras por un puñado de palabras que no van a ninguna parte, salvo a la susceptible memoria de los que las leen, les voy a contar una historia reciente.
Superada la sesión mañanera de fisioterapia, al mediodía de hoy me fui al supermercado. Radiante al ver cómo mi pierna cada día se estira y se dobla un poquito más, me dejé llevar por mis apetitos comprar con hambre es carísimo- y terminé con la cesta de la compra a rebosar.
Llené el carrito de leche la Serenísima larga vida que, como otros productos, ha estado escaseando o racionado los últimos meses. A mi esto de la leche, ni la mala ni la buena, me gusta pero mi hijo está en etapa de crecimiento y me resisto a tener un porteño diminuto si lo puedo evitar.
De paso, vi un bote de Off, o sea de insecticida para ahuyentar a los mosquitos, lo atrapé al vuelo porque esto también había desaparecido de las góndolas, prácticamente, desde navidades.
En esta actitud cuasi de postguerra, en busca de lo que no había, recalé lo justo en la sección de detergentes, suavizantes, trapos, betún y otros artículos para la limpieza del hogar que no me molan nada pero que son imprescindibles. Antes arramplé con servilletas y rollos de papel para la cocina y para lo otro también.
Entre pasillo y pasillo de Disco, así se llama mi súper más próximo, enfilé al tema carnes, que es lo mío. Busqué un buen corte de los que también, de cuando en cuando, desaparecen del mercado porque el Gobierno quiere que los vendan a precio de ganga y los ganaderos dicen que, buenas noches Bariloche o lo que es lo mismo, que a otro perro con ese hueso.
Al minuto me asomé y salí despavorida de la sección de frutas que llevan la etiqueta de precios acordados, oficiales o algo parecido porque todo lo que vi era feo. La señora que estaba a mi lado, de acento argentino, siguió mis pasos y masculló, basura, quieren que comamos basura.
Me fui al mostrador de las mandarinas, plátanos, manzanas, papayas, melones y kiwies, que tienen precio libre y lo menos me llevé seis ó siete kilos. Todas las piezas están relimpias, brillantes y saben a algo que ya es mucho. Es decir, que se pueden comer aunque cuesten más que las otras y no son basura, en palabras de la buena señora.

En ese arranque de entusiasmo consumista previo al finde, me hice con unas botellitas de tintorro local, que ya casi me gusta más que el español aunque si se entera el cónsul general me retira el saludo. No estaban mis marcas favoritas son más baratas- pero me arreglé con un par de botellitas de cabernet sauvignon: Salentein del 2003 y Alamos del 2005. En honor al bodeguero José Manuel Ortega Fournier, -que ha invertido una pasta en Mendoza- me rasqué un poco más el bolsillo y elegí la joya de su corona vinícola: un malbec Alfa Crux del 2003, que recomiendo vivamente.
Pasito a pasito y empujón tras empujón al carrito de la miércoles (es la forma fina de decir mierda en Argentina), me animé a comprar una oferta de Moet Chandon que incluía un pendrive. Como de eso no tenía y todos mis colegas se pasan el día presumiendo del suyo, -que a mi me cabe más, que el tuyo tiene mayor capacidad, que es mejor el mío porque que es pequeño y manejable-, me convencí solita de que no podía perder esa oportunidad. Así, mataba dos pájaros de un tiro: le cerraba la boca a todos y encima les daba una copa gratis.
Antes de que alguno piense que derrocho la guita aviso que este espumoso es made in Argentina, cuesta menos de siete euros, está muy rico y te sirve para darte importancia con las visitas mesetarias que diría un cazurro.
Cuando me llegó el turno, la cajera me miró como si me hubiera tocado el kiniloto, versión doméstica de la lotería. A la hora de pagar, la máquina se empeñaba en rechazar mi tarjeta y la gente de la cola comenzó a mirarme con ojos de pocos amigos. Algo abochornada me disculpé por la tardanza. Insistí en que mi Visa electrón, fondos tenía pero la máquina me llevaba la contraria. Sin otro medio de pago, sugerí probar en otra caja y, por suerte, funcionó.
La verdad es que la parsimonia de la cajera contaba los cestos de envío a cámara lenta- era exasperante. Percibí, como era natural, cierto nerviosismo en la cola que, hasta ese momento, permanecía inmóvil y muda. Volví a disculparme por la espera ajena y hete ahí que estalló la bomba:
-Ustedes desde que se fue el general Franco son unos desordenados, les hace falta orden
Sería el principio de una parrafada reivindicativa de la dictadura y de desprecio a la España siglo XXI. La vomitona verbal la protagonizó un viejo insolente que estaba justo detrás de mi. Hice de tripas corazón y, educadamente, le expliqué al señor, con mi acento madrileño, que yo no tenía la culpa de la lentitud del servicio y del tropiezo con la tarjeta.
El hombre continuó arremetiendo contra los españoles y me conminó, de malas maneras, a comprar menos. Insistí, en tono moderado, que compraba lo que me daba la gana pero que entendía el mal humor de la espera aunque no era mi culpa, que servidora se había disculpado por solidaridad pero que la pachorra del super no era cosa mía. En ese contexto y con ese tono, le observé que su conducta no era correcta pero el tipo siguió dale que dale con Franco hasta que, por fin, se calló.

Llegado ese punto y cancelada, definitivamente la dichosa cuenta, no pude con mi genio (a veces tengo un pronto terrible) y le increpé: Aunque usted ha hablado del general Franco tendré el buen gusto de no explayarme sobre el general Videla… La reacción fue inmediata y el volumen de voz muy alto:
-¡Puede hacerlo, es mi amigo, mi amigo..!, vociferó mientras proclamaba a los cuatro vientos las virtudes desconocidas del último régimen militar argentino y del dictador que apuntó en cuenta propia a miles de desaparecidos.
Recuerdo el episodio ahora que ya estoy en casa y después de colocar en orden las botellas. También he puesto cada artículo en su lugar y la fruta en el frutero. Pero, de repente, me he dado cuenta de que me falta un melón y me ha dado una rabia… Aunque, mientras sea uno sólo tampoco pasa nada. ¿O sí?

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