La importancia de ser Maradona o Kirchner (aunque moleste)

Publicado por el may 23, 2007

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Esto del blog tiene su gracia. Sabía que la gente te puede decir lo que le venga en gana pero desconocía que también te pueden mandar mensajes confidenciales que no aparecen en la página. El otro día recibí el de un señor que estaba muy enfadado porque escribí de Maradona. Le embargaba la nostalgia de los tiempos de Julián Marías en ABC cuando, a su juicio, se aprovechaba el espacio y el tiempo del periódico mejor que ahora. De paso, le metía un rejón a Maradona y, por extensión, a los argentinos por contar entre sus ciudadanos a un sujeto cuyo único mérito, según él, era haber metido un gol con la mano a los ingleses. Le contesté con toda cortesía en definitiva me había leído- pero el servidor me devolvió el mensaje. Como me quedé con la palabra en la boca y eso sabe fatal, que diría un catalán, decidí desquitarme en este comentario.
Me gustaría haber sido un poco más precisa a la hora de relatar la misiva del mencionado lector pero no sé dónde he metido el dichoso e-mail y no puedo entrecomillar sus dichos, con lo que a mi me gusta hacer eso, más que nada porque te da cierto aire de seria a pesar de la fotillo que me he colocado. En fin, el caso es que el hombre tenía razón en tenerle tirria a Maradona el pibe es un desastre y sospecho que terminará peor de lo que está y está fatal- pero de ahí a reducir toda su carrera al gol de la mano de Dios, me parece un tanto exagerado. Incluso, si no recuerdo mal, hace unos años, no muchos, se hizo una encuesta mundial en la que se preguntaba quién había sido el mejor jugador de fútbol de la historia. Mira por dónde, el que resultó elegido fue Maradona que dejó al mismísimo Pelé en segundo lugar.
A mí, la verdad, es que esto del fútbol -que ahora está tan de moda entre las mujeres- me trae bastante al fresco pero es como con otras cosas, -la profesión obliga- que no me queda más remedio que estar atenta. Por ejemplo, las de Kirchner. Cuando el presidente se pone a vociferar en la Casa Rosada, -con todos mis respetos que aquí son muy susceptibles-, de cuando en cuando se le va la olla. Se pone como una furia y arremete contra fantasmas del pasado, presente, futuro o vaya usted a saber de qué tiempo o conjugación. Lo mismo le atiza a empresarios con los que el Estado hace negocios que a ejecutivos a los que luego monta en su avión privado o a los maestros en huelga (antes de que ellos le dieran a su hermana que ahí se volvió mudo) En fin, que se poner a repartir y se entusiasma. Pero, su debilidad son los periodistas. En especial le fastidian los del semanario Perfil y los del diario La Nación a los extranjeros ni nos habla- pero sólo nombra a estos últimos y no les castiga, como a los otros, suprimiéndoles la publicidad oficial. De todas formas, las víctimas de su discurso son de cualquier profesión, salvo sindicalistas o piqueteros que los tiene, en sentido estricto de la palabra, en el bolsillo.
En fin, que hay veces que el señor presidente le echa tanta leña al fuego de su retórica que se enciende como una bombilla, mira al frente y mueve los brazos, como diciendo: acá estoy, déjenme sólo que puedo contra todos. Algunos días así, pegado a un atril muy gracioso, parece un torero listo para recibir a puerta gayola pero en la Casa Rosada, ni hay arena, ni toros, ni un buen capote para mover con arte en una plaza vacía de público y repleta de subordinados. Las escenas pueden llegar a extremos que rozan el surrealismo. A veces son más interesantes las que suceden en los chiqueros que en el teatro de los salones por donde pasaron otros dos grandes dramáticos, como Perón y Evita. La que se me viene, a bote pronto, sucedió hace unos días. Kirchner se benefició, a golpe de decreto, a un par de funcionarios citados por la Justicia bajo sospecha de corrupción en unas obras públicas, intervino un organismos como el Energas (ente regulador), exigió dimisiones entre otras la del marido de la ministra de Economía que le habían colocado en el Energas ése- y amenazó con servir en bandeja las cabezas podridas de los que aparezcan en la causa que investigan los jueces (son dos). La secuencia la ejecutó a marchas forzadas para evitar que la ola del tufo a sobornos le salpicara. Lo curioso es que simultáneamente a su rauda reacción, va el excelentisímo señor presidente de la República y dice que la corrupción no está en su Gobierno, vamos que ni de costado le roza y, encima, se queda tan pancho.
Este hombre es único pero, como decía, aunque a estas alturas ya no me mueva un pelo no me queda más remedio que seguir puntualmente todas sus intervenciones y actuaciones. Más que nada porque se trata del jefe del Estado y eso, independientemente de lo que a mi me parezca, es noticia. Pues con Maradona, mi respetado y casi único lector, pasa lo mismo. Haga lo que haga, hay que darlo. (En breve diré cuanto me pidió la apoderada de su nueva novia por hacerle una entrevista. Se admiten apuestas)

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