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El peine del tejedor

Israel inventó wikileaks

¿Qué pasaría si las conversaciones de Barack Obama con Netanyahu salieran a la luz? Por ejemplo, aquella de marzo en que el norteamericano se fue a cenar a mitad de reunión y dejó plantado al israelí, presuntamente harto de que no cediera en nada. ¿Y si se conocieran los cables de la Embajada estadounidense de Tel Aviv sobre los encuentros de sus oficiales sondeando, por qué no a Ehud Barak o a Tzipi Livni, sobre como presionar a Netanyahu a aceptar otra moratoria en los asentamientos?, ¿y la información de Inteligencia que Tel Aviv proporciona a Washington sobre el programa nuclear de Irán o el suministro de armamento que viaja en dirección contraria?, ¿qué pasaría si se supiera la verdad sobre el papel de Jordania, o de Egipto, en el tablero de la creación del futuro Estado palestino, y se revelara la trastienda de los contactos con Mahmmud Abbás?. ¿Y si se abrieran los documentos de la época de George Bush?

De momento pasar, no pasa nada. Porque la ausencia de madre de todos los conflictos es clamorosa en el mastodóntico destape de Wikileaks. Gracias a el, estamos al tanto del interés de Washington por el estado psicológico de Cristina Kirchner, de las orgías de Belusconi o de que consideran a Putin como un “macho alfa”. (Impagable el comentario del columnista israelí Ben Caspit al respecto de los cotilleos: “resulta que Estados Unidos es en realidad el inspector del mundo. Desafortunadamente, el inspector Clouseau”). 

Junto a ello, es innegable que también se ha expuesto un imponente tsunami de informaciones críticas sobre Venezuela, Irán o Marruecos, amén de sobre cómo se las gasta Estados Unidos. Y sí, solo e ha revelado una diminuta parte de las filtraciones, pero Israel y los palestinos no están. La razón sería doble: el conflicto es materia de la Casa Blanca, y lo que tiene Julian Assange son los papeles del Departamento de Estado. El conflicto es “top secret”, y, de momento, el grado de protección de los cables aireados tiene clasificación menor, de “confidencial” o “secreto”.

Menos mal. Porque si no alguien podría pensar que el lobby judío está detrás de las cuentas suizas del intrépido australiano con el fin de desacreditar a Obama, o que el que dio al botón pudiera ser un discípulo aventajado de Jonathan Pollard. Peores cosas se han oído por aquí, y mas rocambolescas, como la idea absurda de que no hay comunicaciones que afecten a este territorio endiablado porque la estratosfera del poder mundial ya pasa y ni habla de ello.

Anyway. Israel respiró aliviado el 28 de noviembre cuando se abrió la espita, y ahí sigue. Como tantos otros Gobiernos, Tel Aviv habían recibido días antes el aviso preventivo de EE.UU. de que podrían verse envueltos en el embarazoso escaparate de la diplomacia al desnudo. Ante la alerta, lo contaba el Yedioth Ahronoth, las autoridades israelíes hicieron “supremos esfuerzos” por tratar de conocer en qué medida se iba a ver afectadas y prepararse. De qué tenían tanto miedo, cualquiera puede sospecharlo: intercambios, promesas, amenazas, estrategias dichas en foros restringidos solo para los oídos de unos pocos, que se convertirían en dinamita política en un altavoz. Un material que constituiría el sueño de los espías y de todo periodista, y que permanece a salvo porque las transcripciones, -y EE.UU lo tiene todo grabado y transcrito-, siguen inéditas.

En realidad, difundidas las primeras filtraciones, Israel se convertía probablemente en el único país del mundo beneficiado (y casi agradecido) por el trabajo de Assange: los cables demostraban que Washington está profundamente preocupado por la amenaza iraní, -la obsesión de Netanyahu-, que está aplicando enormes presiones contra Teherán, que el rey saudí también quiere un ataque y no menos Ammán. “Bombardea Irán o tendrás que aprender a vivir con su bomba” es la advertencia de un oficial jordano extraída de uno de los telegramas diplomáticos. “El mundo piensa como nosotros”, titulaba el analista Sever Plocker en una columna en la que decía “si wikileaks no existiera, Israel tendría que inventarla”.

A estas alturas la atención de la prensa israelí sobre el asunto es muy pequeña. El par de revelaciones que han interesado -que el jefe del Mossad propuso a EE.UU un plan para tumbar al régimen iraní, que Ehud Barak dijo en junio de 2009 que había un plazo máximo de 18 meses para el ataque o que Erdogan “no es digno de confianza” para Washington-, tampoco han aportado nada que no se supiera antes. Es más. Wikileaks ha servido hasta para llenar de orgullo a Netanyahu, que presume de transparencia ante sus ciudadanos ahora que se ha podido comprobar que la información que comparte con la Embajada norteamericana, -por ejemplo, que Hizbulá tiene 40.000 cohetes y misiles y Hamas posee Grad capaces de golpear Tel Avi- coincide con la que el Gobierno judío traslada a su población puntualmente. 

Pero esto no ha hecho más que empezar. Es más que probable que la bomba de relojería que sería la exposición pública de la fontanería del conflicto de Oriente Próximo se haya activado, y sea imposible evitar su explosión en el futuro. Solo es cuestión de tiempo. Estados Unidos debió encriptar, blindar y proteger sus secretos para ponerlos a salvo del exterior, incluido hackers indeseados, pero olvidó que dentro tiene a cientos de miles de funcionarios Bradleys Manning. Y quizás alguno de ellos haya dado también al botón de los top secret.

Hay motivo, pues, para la inquietud por aquí. Al menos para un ministro israelí no identificado citado por uno de los diarios del país, que lo expresaba así: “este asunto tiene escala para colapsar un imperio, y cuando EE.UU se debilita, el primer perdedor es Israel. Esto es malo para Israel directa e indirectamente, y incluso antes de que una sola mala palabra se haya publicado sobre los lideres de Israel”. O no.

Un compañero de gabinete y miembro del equipo de Seguridad, esta vez con nombres y apellidos, Benjamin Ben-Eliezer, reflexionaba sobre la imposibilidad de poner puertas ya a lo que ha llamado “la guerra electrónica”. Va a tocar, dice, revisar todos los sistemas de Inteligencia del planeta, puesto que “esencialmente, todo ha quedado en abierto hoy”. Todo no. Pero su lectura es que “esto podría servir a nuestros intereses (los de Israel) en el futuro”. Si no los está sirviendo ya.

Lo dicho Plocker, como si la Wikileaks la hubieran inventado ellos…

 

  

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