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El peine del tejedor

A solas con Ariel Sharon

En la galería Kishon de Tel Aviv no daban ayer abasto a gestionar la avalancha de peticiones para asistir a la inauguración del jueves. Nada como una buena dosis de provocación para revolucionar los corrillos culturetas y atraerse el brillo de los flashes, hambrientos como nunca de imágenes impactantes que colgar en Internet. El artista, Noam Braslavsky, debe estar satisfecho. Las fotos de su criatura, -una representación hiperrealista de Ariel Sharon, acostado en la cama en la que permanece en coma desde 2006-, arrasan en la Red y le han dado una publicidad planetaria, digna de los más grandes, aún antes de que casi nadie haya visto su exposición. Eso si que es arte.

Otra cosa es que tan eficaz reclamo sea de buen gusto, condición al parecer prescindible en los tiempos que corren. La estatua de cera recubierta de plástico, con los ojos abiertos y a tamaño natural, tiene un ingenio debajo de la sábana que simula el movimiento del pecho al respirar. Está encerrada en una habitación vacía, del tamaño de una sala de UCI donde como máximo caben dos personas a la vez, y la propuesta del autor es los visitantes tengan un encuentro privado con el que fuera primer ministro de Israel. A solas por fin con el más odiado, el más amado, el más general y el más carismático líder.

Pero lo cierto es que Ariel Sharon, el auténtico, sigue vivo aunque en estado vegetativo y está a muy pocos kilómetros de allí. En el hospital de Tal Hashomer, Tel Aviv, donde su familia le protege como hace casi cinco años de miradas morbosas. Apenas una decena de amigos tiene acceso a esa intimidad. La controversia sobre el derecho al honor y el debido respeto al ser humano, al enfermo, no se ha hecho esperar.

Ni tampoco el discurso de auto defensa de Braslavsky. En esta ceremonia de máxima expectación donde todo huele a prefabricado, el artista afincado en Alemania ya se ha apresurado a reclamar que Sharon es de todos. “Este hombre no es solo una persona privada, tiene una inmensa influencia sobre las vidas de cada uno de los que viven en este país (Israel), es mi derecho devolverle a los titulares”, ha dicho. Y el comisario de la muestra, Joshua Simon, ha añadido el barniz rimbombante del simbolismo: “el cuerpo de Sharon que respira es una alegoría del cuerpo político de Israel, una existencia dependiente y asistida, perpetuada artificialmente, que abre los ojos pero no puede ver”.

Lo del icono y el paralelismo pseudo trascendente no han convencido. Es decir, la apertura mañana de la exposición dará para la curiosidad, el espectáculo, quizás el escándalo barato o reseñas de farándula. Pero los medios serios de Israel lo que han dado por ahora a Braslavsky es la espalda. Nadie ha creído que haya despertado a Sharon para despertar conciencias. Tendrá su minuto de gloria, pero la pinión pública-publicada de Israel ni se ha conmovido.

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