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El peine del tejedor

Campamentos de terror

Escucho estos días en la radio española por Internet historias sobre los campamentos de verano urbanos, sobre Ayuntamientos y hasta empresas privadas que promueven este tipo de iniciativas para los niños en julio y agosto, a la espera de que los padres tengan las vacaciones y puedan ocuparse de ellos.

Me viene a la cabeza, como no, los campamentos de verano de Hamás, una historia muchas veces contada. Son esos campamentos donde se enseñan destrezas militares y doctrina, tan verdad como las fotos que cada año muestran a los pequeños en formación con fusiles de asalto o reproduciendo batallas entre fronteras. Son campamentos de terror. Hay en la franja otros, los que monitorea la ONU: voleyball, fútbol, teatro, distracciones normales con las que, como se espera de cualquier actividad dirigida a la infancia, se enseña convivencia y se educa.

Este 2010, los campamentos e la ONU están siendo atacados por enmascarados: el 25 de junio, dispararon el campamento de Nuseirat, destrozando las piscinas hinchables. El 23 de mayo arruinaron la construcción de otra instalación nueva que se estaba montando a pocos kilómetros.

La reflexión de George Ging, el jefe de la ONU en Gaza, es espantosa: “el tiempo juega en nuestra contra, ha dicho, estamos perdiendo una generación entera”. Ging es una personalidad admirable, un alto funcionario de Naciones Unidas que no sale de la franja, que lleva años peleándose con todos por intentar que las cosas se hagan bien, sin caer en el desaliento por la falta de resultados equivalentes a su esfuerzo. Su brega con Israel por cuestiones como la entrada de productos en Gaza es eterna, y luego en 2009 tuvo que ver como los aviones judíos bombardeaban almacenes e instalaciones de la ONU. Con Hamas, el entendimiento es aún peor, y ahora además atentan contra los campos de verano llenos de niños.

A lo que íbamos, a los campos de verano. Igual de desoladora, de espeluznante y de fabricadora de odio es la última modalidad de campamentos que se han inventado este año un grupo de colonos en Cisjordania, donde los jóvenes aprenden las destrezas del arte de ocupar la tierra palestina y el programa incluye… construir un auténtico asentamiento salvaje.

Hay que remover piedras, plantar árboles, allanar el terreno y, como logro final, levantar con sus propias manos una nueva colonia provisional en territorio ajeno. “El campo no solo es práctico, sino también espiritual e ideológica. Los granjeros enseñarán a los jóvenes el trabajo sobre el terreno, y también serán aleccionados en la idea de salvar la tierra educándoles en el amor a la tierra”, ha dicho Nadia Matar.

Conocí a Nadia en 2005, pocas fechas antes de la evacuación forzosa de los asentamientos de Gaza ordenada por Ariel Sharon. Ella tenía junto a su numerosa familia una casita de verano en primera línea de la playa de la franja, a la que acudían como colonos de fines de semana. Allí, recuerdo escucharla jurar que nadie ni nada lograría echarles de ese pedazo de tierra que, para ella, era y es tan propiedad del pueblo judío como Tel Aviv. Maldecía desesperada a Sharon, y a los árabes y los soldados israelíes que, finalmente, les tuvieron que sacar de Gaza por la fuerza. Nadia vuelca ahora su ideario, y su odio, en un campamento de verano.

En esa radio española que oigo dicen que en los campamentos de verano que se han montado este año en España no hay sitio para todos los niños. Por suerte, en estos de los que hablamos, tampoco.

 

 

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