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El peine del tejedor

El fin de la ambigüedad nuclear


¿Y si la verdad es que Israel no tiene cabezas nucleares?, ¿Y si el acuerdo secreto de 1969 entre Golda Meir y Nixon que ampara la ambigüedad sobre Dimona  hubiera sido firmado, precisamente, para proteger una gran mentira?. De hecho, me decía hace poco un amigo judío en Jerusalén, aquel memorando misterioso contribuyó enormemente a aumentar el poder de disuasión de Israel en la región, que es de lo que se trata, sin que 40 años después haya evidencias de la existencia de la bomba. ¿Pero qué hay de las revelaciones, fotos por medio, de Mordejai Vanunu en 1986?. ¿Y si Vanunu fuera un agente, la pieza clave para hacer creíble todo el montaje…?, me contesta el conversador impenitente, empeñado por dar una impresión de que sus dudas no son tan ingenuas.

He coincidido muchas veces con Vanunu en Jerusalén Este tras su salida en 2004 de la cárcel, donde pasó 18 años. Tiene prohibido hablar con extranjeros, aunque se lo salta como si tal cosa, porque dice que el no pregunta a la gente su nacionalidad y que solo le importa que sus interlocutores son seres humanos. La ocurrencia no le sirve de mucho. En diciembre fue detenido por última vez, y van muchas, por reunirse con periodistas foráneos.

Vanunu no cuenta nada nuevo más allá de lo que entonces vendió al Sunday Times, y si lo cuenta, pues no conviene decirlo por aquí, porque en Israel funciona la censura militar, y el “espía atómico” es culpable de traición por manejar informaciones que afectan a la Seguridad del Estado. Para el caso, que si es un agente al servicio del juego nuclear de Israel como sugiere mi amigo…, pues también sería un actor digno de media docena de óscars porque, después de haber estado un tercio de su vida en prisión, sigue siendo una víctima convincente y un resentido de campeonato. Es descabellado que Vanunu sea un agente. Aunque también hay que decir que es un tipo muy, pero muy inquietante.

La turbia relación de Israel con lo nuclear viene a cuento porque, por primera vez en la historia, la Agencia Internacional de la Energía Atómica (OIEA) va a discutir el día 7 de junio el asunto oficialmente. La cita es en Viena, y es el octavo punto del orden del día. En Israel a algunos se les ha cortado la respiración, porque parece que ha llegado la hora de la verdad.

La encerrona se ha interpretado como una emboscada de Obama: el presidente de los Estados Unidos está furioso con el Gobierno judío por su comportamiento con respecto al proceso con los palestinos y con Siria, y ha decidido poner Dimona sobre la mesa para doblegar a Benjamin Netanyahu y obligarle a hacer concesiones. Es la versión más aceptada. Los periódicos de Tel Aviv han vuelto a explicar la ecuación recurriendo a una expresión ya conocida: “Yitzhar por Dimona”, o lo que es lo mismo: la fórmula es que Israel retroceda en la colonización desmantelando asentamientos como Yitzhar si quiere que se siga manteniendo la ambigüedad sobre su planta nuclear del Negev.

Qué lejos quedan los tiempos de Bush y la conferencia de Munich, donde Donald Rumsfeld zanjó las intentonas indagatorias de los países árabes sobre los arsenales judíos diciendo que Israel tiene “peligros existenciales” de los que defenderse. Y que no había más que hablar. A petición de esos mismos países árabes, el director general de la OIEA, Yukiya Amano, ha escrito a los 151 países miembros de la organización para solicitar sus recomendaciones sobre cómo “persuadir a Israel de unirse al Tratado de No Proliferación”. Se avecinan presiones nunca vistas. De tener que firmar el acuerdo, vendrían las supervisiones en Dimona y su verdad saldría a la luz. Con ella, las sanciones y el boicot internacional si es cierto que hay cabezas nucleares o el fin de la disuasión si, como fantasea mi amigo jerosolimitano, la central es el cascarón de una farsa. En tal caso, todo el desastre se concentra en una palabra: Irán.

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