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El peine del tejedor

Qué pena de Sepulcro…

 Hay un Jerusalén soñado, imaginario, que pertenece a lo espiritual, y luego está el Jerusalén real. El Jerusalén mental evoca para media Humanidad un patrimonio maravilloso, unos enclaves históricos únicos, unos lugares santos llenos de evocaciones y de solemnidad… cuando lo cierto es que el grado de deterioro es alarmante. Las fotos que aquí se muestran son del Santo Sepulcro en estos días de Semana Santa. Sin ánimo de ser irreverente, en lo que se ha convertido esta Basílica centro de la Cristiandad es en un zoológico imposible.

La suciedad es asombrosa, y en muchos de los rincones huele hasta mal, sin duda por culpa de las siete sectas que se reparten el control del templo, que no se ponen de acuerdo ni para rezar y mucho menos para limpiar los baños.

En ese ambiente de desorden, los presuntos peregrinos andan por allí como el que está en una corrala: hay gente bebiendo cerveza al lado de la Piedra de la Unción, comiendo plátanos y tirando la cáscara en las esquinas de subida al lugar de la Crucifixión. Se gritan porque otros se cuelan en la fila, y entre medias de todos ellos, lo peor son los guías turísticos voceando como verduleras. Y aún más terrible, los sacerdotes ortodoxos griegos que pastorean los grupos casi a patadas.

El caos es tal que a todos les parece natural que en estas fechas, la cola para entrar a la tumba de Cristo esté cercada por una valla de la Policía israelí y varios agentes permanezcan de guardia allí al lado, preparados para disolver en cualquier momento las frecuentes trifulcas entre turistas impacientes. Y eso que todavía no hay llegado ni el Jueves ni el Viernes Santo… cuando familias ortodoxas enteras acampan en los alrededores de la capilla con sus bocadillos, sus mantas, sus latas de coca-cola para asegurarse un sitio en la ceremonia del Fuego Sagrado del sábado.

Son contados los que muestran un mínimo de respeto, el que se debe a un lugar sagrado. Muchos confunden la devoción con prácticas esperpénticas, como la de vaciar las bolsas donde han acumulado durante todo el viaje rosarios, cruces, velas, medallas, iconos, escapularios y estampas encima de los altares, de la piedra de la Unción del mismo Sepulcro… y restregarlas furiosamente allí para impregnarlas de no se qué moléculas de santidad. Parece el rastro. El panorama es idéntico en la Natividad de Belén, que si cabe está todavía más carcomida y más desaseada que esta Basílica. Qué pena de patrimonio...

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