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El peine del tejedor

Orgullo y prejuicio

Confieso que el año pasado me pareció hasta cómico que los ultraortodoxos se manifestaran por las calles de Jerusalén gritando que Dios castigaría a Israel con una nueva guerra, total y fulminante, exactamente en el mismo momento en que arrancara el desfile del Orgullo Gay. Acababa de terminar hacía dos meses la contienda con Hizbulá, y los extremistas del Kahane Chay y del Shas quemaban contenedores y desparramaban a patadas sus desperdicios por todo Meah Shearim con la desesperación de quienes se decían convencidos de que la batalla del verano la sexta guerra de Oriente Próximo- había sido, sin duda, la última represalia divina por la galopante depravación moral de Israel y de su población. Y que vendrían más venganzas que harían escarmentar a todos por culpa de los calaveras de la nueva Sodoma.

Los carteles ofreciendo recompensas de hasta 20.000 shekel (unos 3.800 euros) a todo el que consiguiera matar a uno de los homosexuales participantes en la parada, carteles también con recetas para fabricar bombas caseras, no resultaban tan divertidos. Tampoco los preparativos del colectivo Jerusalem Open House, el centro gay de la ciudad, para engrasar en coordinación con la policía circuitos de evacuación y dispositivos de emergencia listos para hacer frente a cualquier tipo de sabotaje durante el desfile, incluidos posibles asesinatos o secuestros. Se trabajó con detenimiento sobre un precedente: el de 2005, cuando un manifestante judío ultraortodoxo apuñaló a dos hombres en pleno festejo mientras las patrullas intentaban hacer retroceder a grupos que querían detener el acto a toda costa.

El Levítico 18:22 dice no te echarán con varón como con mujer. Es una abominación. En la legislación israelí, la homosexualidad no es ilegal ni está perseguida por las autoridades. La ley reconoce las parejas de hecho con un estatus equivalente al matrimonio y la garantía de no discriminación en el ámbito laboral.

En 2006 no hubo marcha del Orgullo Gay en Jerusalén. Las presiones de los representantes judíos, musulmanes y cristianos -que (por una vez) se pusieron de acuerdo para condenar al unísono lo que llamaron una provocación y una profanación de la Tierra Santa- dejó la celebración en poco más que una fiesta mañanera encerrada en el estadio de fútbol de la Universidad, en el extrarradio de la ciudad. Había más agentes que participantes.

Ayer, viernes 8 de junio, la ciudad más cosmopolita, más moderna y más abierta de Israel, Tel Aviv, acogió la Marcha del Orgullo Gay como desde 1998, a la espera de que Jerusalén tenga la suya en los próximos meses. O no. Porque el miércoles pasado, el Parlamento hebreo la Knesset-, aprobaba en primera lectura dos proyectos de ley alusivos. El primero, del Partido Religioso Nacional, destinado a otorgar al Ayuntamiento la capacidad de decidir arbitrariamente sobre la celebración de este tipo de manifestaciones. Obtuvo 40 votos a favor contra 23. El alcalde, Uri Lupoliansky es judío ortodoxo. En 2005 acudió hasta el Tribunal Supremo para intentar sin éxito suspender el desfile.

El segundo proyecto, presentado por el partido Shas, impediría directamente cualquier manifestación pública de la comunidad homosexual en todo Israel. Salió adelante por 41 votos frente a 21.

El primer ministro, Ehud Olmert, explicaba ayer que, a su entender, Jerusalén no es el lugar apropiado para celebrar la Marcha del Orgullo Gay, debido a la naturaleza especialmente sensible de la ciudad, si bien añadió que, a su juicio, que asuntos como este no deben ser limitados por ley. Ehud Olmert tiene una hija lesbiana.

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