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El peine del tejedor

Más allá de los muros

Aunque Israel es el único país del mundo que no tiene definidas sus fronteras, paradójicamente, por dentro está cuajado de barricadas, de cotos, de alambres de espino. De barreras. La más desgarradora es física, un muro de hormigón de ocho metros de alto y 406 kilómetros de largo, -por ahora-, que avanza como una cicatriz de aparheid, y que se completa en su afán separador con decenas de puestos de control en los territorios palestinos de Cisjordania que parten a las personas y sus circunstancias en dos realidades de buenos y malditos. Pero también están las barreras mentales, nacidas de la confrontación religiosa y del odio solidificado como el cemento de la tapia en cuarenta años de ocupación.

Unas y otras forman parte del imaginario público, se filtran todos los días con eficaz tozudez a través de la tinta negra de los titulares, con tanta fuerza que no dejan ver que más allá hay un universo entero de otras murallas que se quedan perdidas entre la hojarasca de los textos, o que simplemente no encuentran hueco suficiente en la actualidad abrumadora de una página de periódico para reclamar atención propia. Son las barreras que del día a día, también físicas y también mentales, de las que no se escapa nadie. Las de las vallas policiales que sellan los accesos del barrio ultraortodoxo de Mea Shearim en Jerusalén según arranca el Sabbath porque a sus habitantes les molestan los coches pero no que la ciudad se sumerja de golpe en un caos de tráfico impracticable. Las de los guardianes de las mezquitas de la Roca y de Al Aqsa que invitan con desprecio a cualquier infiel a despejar la puerta porque allí sólo entran ellos, que para eso es su lugar sagrado. La barrera de las impuestas reglas religiosas que en plena Pascua impiden a los propios judíos, israelíes, ciudadanos a todos los efectos, comprar en el supermercado un pan de molde para sus hijos porque la levadura está prohibida esos días y hasta los estantes con los alimentos vedados están atrapados tras cortinas de plástico opaco para que nadie sucumba a la tentación siquiera de mirarlos. Las de los seguidores de Hamás, que te niegan la mano por ser mujer, y eso si han tenido a bien recibirte.

Pero hay más. Sobre la realidad de Israel y los territorios palestinos pesa también una barrera externa, la de la simplificación que se empeña en reducir la complejidad descomunal de este conflicto eterno en un matemático juego de buenos y malos. Tan cómodo de entender que para qué hacerse preguntas. En la raíz hay un pecado objetivo incuestionable: desde 1967 Israel ocupa territorios palestinos que no son suyos. Repetimos: desde 1967 Israel ocupa territorios palestinos que no son suyos, y dentro hay millones de seres humanos aterradoramente cercados contra su voluntad. Huelga inventar simetrías. Pero sí conviene hacerse preguntas, y mirar más allá para descubrir que detrás de la condenada invasión, hay víctimas inocentes en los dos lados. Las familias de Gaza que perdieron a sus mujeres y a sus niños en Beit Hanun porque a un tanque israelí, dicen, se le desvió sin querer el tiro. La familia de Tel Aviv que acuesta a su hija con tapones en los oídos para que no escuche la más mínima sirena Israel es un concierto constante de sirenas- e intentar evitar un ataque de pánico infantil en recuerdo de aquel día, hace años, en que un suicida se reventó cerca de ella en un centro comercial.

Detrás de las barreras grandes y de las pequeñas, de las físicas y las mentales, de las de dentro y de las de fuera, e incluso de las que impone un titular a dos líneas y las páginas siempre demasiado escasas de un periódico, hay mucho de qué hablar. Sin la pretenciosidad disparatada de tumbarlas de la noche a la mañana, sea este blog un buen lugar desde el que atisbar por encima, hurgar por debajo y descubrir través de ellas la realidad cotidiana de gentes de a pie atrapadas entre militares, prejuicios, vallas, miedos, prohibiciones, amenazas y clichés. Desde creencia de que, en su condición de víctimas, todos los hombres son iguales como los dientes del peine del tejedor.

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