Responsabilidad

Es chocante que Sánchez pida responsabilidad a Pablo Casado. Él, que instaló el «no es no» en la política española, en un gesto de irresponsabilidad que llevó a cosechar el más pobre resultado del socialismo español: 84 escaños. Con ese escaso apoyo, más los votos de golpistas y filoetarras, el líder socialista, interino en La Moncloa, pide al nuevo presidente del primer partido en escaños que sea responsable. Chocante y osada actitud. Hay otra parte de España que le pide lo mismo a él, quien parece dispuesto a cualquier cosa con tal de poder usar el avión oficial. De Sánchez, que todavía no ha dado una rueda de prensa en España, sólo sabemos que le gusta hacer fotos poco auténticas y que se muestra inclinado a escuchar a los independentistas frente al clamor del resto de España. Esa actitud infantil, y un tanto egocéntrica, suele crear un régimen en el que los que gobiernan tienden a anteponer su peripecia y biografía personal a la verdadera responsabilidad social. Un buen ejemplo es el actual inquilino de La Moncloa, que debería de una vez por todas convocar elecciones, si de verdad quiere ser responsable.

Pensamiento único: nunca más

Lo más trasnochado y cavernícola que hay en el panorama político español es la supuesta superioridad de la izquierda. Vamos, que están como para dar lecciones de cultura y democracia Sánchez, Carmen Calvo o Pablo Iglesias. Algunos de ellos rozan los estándares elementales en cuanto a crédito y práctica democrática. Ya no digamos de talante y tolerancia. Supongo que la misma ley y consenso político que sirve de paraguas para que independentistas y filoetarras digan lo que dicen también nos amparan a quienes creemos en la vida, en la unidad de España, en la libertad, en la economía libre de mercado, en la propiedad privada, en el esfuerzo personal y en el valor de la lengua común. Digo yo que podremos decirlo, o ¿ya nos van a meter en la cárcel por ello? Tratar de descalificar a Pablo Casado por defender esos principios sí que es antidemocrático y cavernícola. Estamos empeñados –o mejor dicho, están– en presentar la democracia al revés. Las sociedades avanzadas tienen que favorecer un contraste de opiniones civilizado y sereno. Y no parece el caso. Insisto, están como para dar lecciones.

El valor de la unidad

Detenerse a estas alturas en alabar la eficacia de la unidad, una vez elegido un nuevo líder del centro-derecha, parece, cuando menos, ocioso. Si hay que volver a explicar a las bases –además de a vencedores y vencidos– el valor que tiene mantener unida y cohesionada a la gran corriente de opinión y acción política que representa el PP, apañados vamos. Pero creo que Pablo Casado, al que le queda una tarea ingente por delante, tiene claro que su principal objetivo es la victoria electoral en las próximas generales y que para ello necesita de la enorme fuerza que representa la unión de su partido. Tal vez las tres columnas sobre las que el nuevo presidente popular debe apoyarse son la unidad, la renovación y el sujetarse a los valores. Pero debe hacerlo sin complejos. La superioridad moral de la izquierda es algo trasnochado que no le concierne a la generación de Casado. Seguramente a ninguna. A partir de ahora, para ganar el futuro, deberá saber cambiar, pero sin renunciar a ninguno de los principios que explican la razón de ser de su partido. Y deberá hacerlo con valentía.

El ejemplo Rajoy

Hay que saludar con regocijo democrático todo lo que acontece en el PP. El reproche recurrente sobre su inmovilismo ya no vale de munición a sus oponentes. El congreso iniciado ayer, y todo el largo mes y medio previo, no puede despacharse, como suele hacer la izquierda mediática, a base de simplezas y sectarismos. Tal vez no hubo debate de ideas, como ocurrió con Sánchez, que en su día se presentó como el ala liberal del socialismo y ha acabado por aceptar el apoyo de los golpistas. Pero se ha estrenado una manera de llegar a la dirección del partido, que nada tiene que envidiar a la de ningún otro. Habrá tiempo para valorar esta nueva etapa. Hoy merece especial consideración Mariano Rajoy. Su bonhomía y ejemplo se agrandan día a día. Retornó a su plaza de registrador en un pueblo de Levante, sin apego alguno a los oropeles de los políticos cesantes. Abandonó su escaño y declinó privilegios y rentas vitalicias. Se gana el sueldo trabajando y viviendo con la mayor normalidad, como la inmensa mayoría de los ciudadanos. No tocará las narices a ninguno de sus sucesores, ni en Génova ni en La Moncloa, pero acudirá siempre que se le llame y lo necesiten.

Sin complejos

El que diga que sabe quién va a ganar el congreso del PP, sencillamente, miente. Llegamos al inicio de este cónclave con la intriga que supone el que, en apariencia, ninguno de los dos candidatos tenga asegurada la victoria. Ahora bien, quien de verdad debería salir vencedor es el propio PP. España necesita un partido fuerte que enarbole sin complejos los principios y valores del centro-derecha. Porque defender la libertad, la convivencia, la libre iniciativa, la propiedad, la unidad de España, la lengua común y tantos otros baluartes de la democracia no debería suponer menoscabo alguno para ningún líder. El PP, como diagnosticó en su día un veterano secretario general, es mejor que sea «un partido sin Gobierno, que un Gobierno sin partido». El pragmatismo no vale siempre. Es una simple estrategia para una coyuntura, pero no un ideario político. Gane Soraya o Casado, los populares están obligados a orientarse a la recuperación de un patrimonio ideológico que les rescate de su rostro de simples gestores. Hay que levantar de nuevo un discurso de partido que devuelva a su lugar a tantos demagogos que dicen hablar en nombre de la gente.

Hijos del éxodo

Informar sobre la inmigración no significa estar en contra. Ahora bien, cerrar los ojos a una evidencia, por mucha superioridad moral que se posea, es una solemne estupidez y no arregla nada. La cuestión migratoria es tan vieja como el hombre. En el fondo, todos somos hijos del éxodo. Es consustancial al ser humano. Nadie se resigna a malvivir en una tierra a la que ni siquiera le preguntaron si quería venir. Pero las políticas de acogida no pueden estar basadas ni en el «buenismo» ni en la xenofobia. España es una de las fronteras más desiguales del globo terráqueo. Y los españoles, como los italianos y los franceses, votamos con cierta impudicia a partidos que promueven medidas agresivas contra el extranjero, mientras se nos llena la boca con un doble discurso a favor de una integración sin reservas. La Europa acomodada y vieja necesita inmigrantes, y al tercer mundo le faltan esperanzas. Deberíamos hacer algo más audaz y valiente que taparnos los ojos o ponernos estupendos a base de una hipocresía que no soporta enterarse de que miles de africanos llegan a nuestras costas.

Lecciones a Trump

Tal vez los finos, elegantes y sofisticados europeos nos estamos equivocando en el análisis del patán de Trump, a la sazón presidente de la primera potencia mundial. De momento, no ha estallado la tercera guerra mundial, ni ha lanzado bomba atómica alguna sobre Corea del Norte, ni siquiera ha puesto en marcha de verdad la gran muralla mexicana. Hasta donde sabemos, lo único probado es que la economía de su país crece como nunca y que su obsesión por que los productos chinos no inunden sus mercados se enmarca en la tensión propia de cualquier proceso negociador. No voy a defender aquí a Donald Trump, aunque sería de los poquitos en atreverse dentro de la España civilizada y avanzada en que nos hemos convertido desde hace mes y medio. Pero sí me impongo a mí mismo reconsiderar todos los lugares comunes de la prensa mundial acerca de lo que está haciendo y logrando. No me gustan sus formas, comentarios, gestos ni lo que representa. Ahora bien, pretender darle lecciones desde esta vieja piel de toro, donde la fragmentación electoral ha dado a luz a gobiernos imposibles, se me antoja de una soberbia estúpida.

Después del plasma

El denominado «Gobierno bonito» va tomando formas cada vez más feas. De nuevo tenemos en La Moncloa a un presidente que, además de no haber sido votado por nadie, solo quiere gobernar para la mitad de los españoles, mientras deja al resto estupefacto. Y eso que no ha hecho nada más que empezar. Lo que sí es evidente en él es que sus creencias democráticas flojean. Lo sabíamos desde hace tiempo, pero ahora queda aún más claro, no solo por haber aceptado llegar al poder a cualquier precio y forma, sino también por no haber dado ni una sola rueda de prensa en territorio español después de 42 días en el cargo. Lo del plasma de Rajoy era una broma al lado del silencio sonoro de Sánchez. Vamos, un demócrata lleno de coraje y valor. Tiene miedo a las preguntas de los periodistas. Este Gobierno necesita más compromiso con todos los españoles y menos espectáculo. Sánchez y sus ministros se sienten obligados a llevar la contraria en todo a sus predecesores. Por eso ofrecen cada día un dislate. Tal vez, para justificar que se quedan con lo esencial de Rajoy: el presupuesto, la reforma laboral y un país en vacaciones que ya no sufre la crisis.

Casualidades, pocas

Las casualidades y el azar existen, incluso en política, aunque es en este campo donde menos me fío de ellas, ya que suele ser terreno fecundo y abonado para las conspiraciones. No creo que Sánchez, al que nadie ha votado y ocupa La Moncloa con 84 escaños, haya llegado por suerte ni por un brote repentino de dignidad social, fomentada por Bildu y los independentistas catalanes. La situación actual de España se vuelve de enorme gravedad por momentos. Impera una corriente de autodestrucción y odio, alimentada –no se sabe muy bien el motivo– por un sistema mediático absolutamente desquiciado, mientras el Gobierno sale a ocurrencia por día, pero siempre en dirección contraria a la lógica. Llaman progresistas a iniciativas de involución, demócratas a los golpistas, defensores de la libertad a quienes nos la quieren recortar y generadores de riqueza a aquellos que nos arruinan y meten la mano en el bolsillo del ciudadano. Solo faltaba Nadia Calviño para confirmar lo que ya sabíamos: con el gasto anunciado por un Ejecutivo cada día más feo y represor, no vamos a cumplir el objetivo de déficit de la UE. Es decir, por mal camino.

Qué España quiere el PSOE

El PSOE tiene una fascinación por el nacionalismo muy difícil de entender. La última ocurrencia de Aragón es una más de las incontables que los socialistas españoles alumbran con un aparente y único objetivo: romper España. Es de difícil explicación, su empeño. Uno se pregunta exactamente qué quieren gobernar los socialistas: ¿Una nueva España de taifas? Es más, si hay alguna doctrina contraria a la historia de la socialdemocracia, esa es el nacionalismo. Pero aquí los tienen, desde Zapatero hasta Pedro Sánchez, pasando por Maragall e Iceta, nadie ha puesto más empeño en dividir la nación más antigua de Europa. La suya y la mía. Es una irrefrenable pasión por el suicidio. Trastorno que va a llevar a Sánchez, al que no eligieron los ciudadanos, a cosechar otra monumental derrota en las próximas generales. Acepto apuestas. Continúa empeñado en debilitar la idea de España para que cada autonomía se interprete a su libre albedrío, con el fin de que nuestro ser histórico se despeñe por el abismo de la ficción, y terminemos siendo un país débil, carente de atractivo y que renuncia a cualquier idea de progreso.