EL EFECTO BORRELL

Acertó Pedro Sánchez cuando comunicó su primer nombramiento: Josep Borrell como ministro de Asuntos Exteriores. Un hombre sobradamente formado, con experiencia en muchos y distintos ámbitos y que se ganó la simpatía de casi toda España por su posición ante los independentistas. A partir de ahí, se sucedieron designaciones sensatas. Tampoco nada del otro mundo. La sorpresa en realidad radicaba en que se esperaban personajes de bajo perfil, cercanos al podemismo, trufado todo ello con alguna ocurrencia tipo Zapatero, que, efectivamente, llegó al final. Es un Gabinete que representa el fin de la austeridad del dinero público. Se crea más estructura de gasto. Los ciudadanos lo que pedimos y deseamos es que acierten. Lo mejor para un país es que los que te gobiernan no cometan errores. Heredan una España más rica, más serena y con mejor porvenir que la de 2012. Por tener, tienen hasta los pantanos llenos de agua y harina en la despensa. Ahora solo falta que estuviesen respaldados por el voto de la ciudadanía. Que no lo están, por primera vez en la democracia.

UNIDAD

Unidad es la palabra mágica que en los próximos tiempos se va a utilizar en el Partido Popular. El relevo de Mariano Rajoy puede traer malas consecuencias si se cae en el cainismo y en la división. Uno de los grandes logros del último cuarto de siglo, obra de Manuel Fraga, es la unidad del centro derecha político. Es legítimo tratar de concursar en la carrera por el liderazgo, pero si en esa pugna se quiebra la armonía y fortaleza que ese partido tuvo estos años, cometerán un grave error y un flaco servicio a la democracia española. De ahí que deben orillarse agrios enfrentamientos y sobre todo personalismos, tanto nuevos como pasados. El lodo en el que tuvo que chapotear el PP estos años tiene un origen bien claro. Así que, mejor aprender del pasado, mirar para delante, buscar un buen líder y poner en valor todo lo que se ha hecho en estos siete años de Gobierno. El juego de la alternancia volverá de nuevo, sobre todo cuando no se le hurte, como esta vez, la soberanía al pueblo de decidir quién le gobierna. Para entonces el PP debe estar unido, fuerte y renovado.

VOCABULARIO

Las palabras no son inocentes. De hecho, son el mismo material con el que se puede hablar de amor o de odio. Con las mismas palabras se puede escribir una comedia o una tragedia. Ahora que estamos a caballo de ambas, verán cómo vuelven a aflorar algunos vocablos aplicados a la política, que solo cobran sentido cuando la derecha le hace oposición a la izquierda. Escucharán pronto hablar desde el PSOE de que el PP regresa a la crispación. En el PNV hablan de venganza. Están los nacionalistas vascos para dar lecciones morales. El vocabulario escogido por Podemos es «revanchista y hostil». ¡Quién fue a hablar de revanchismo y hostilidad!. Ahora bien, nada de esto es neutral. El lenguaje no lo es. Al contrario, es la envoltura del ánimo moral y del pensamiento de cada uno, antesala de la acción. Que no vuelva a caer la derecha española en la trampa del reproche de la crispación. Cuando eso ocurra, visionen unos cuantos vídeos de Irene Montero para entender bien lo que es una cosa o la otra. Orwell, que ya nos advirtió de muchas amenazas, nos recuerda que «el lenguaje también puede corromper el pensamiento». Y ahí está ya instalada la izquierda.

INMERECIDO

Mariano Rajoy no se merecía terminar su etapa como presidente del Gobierno de esta manera. Su figura se agrandará a medida que pasen los meses, porque, más allá de los inevitables errores que toda obra humana tiene, su comportamiento estuvo siempre presidido por la buena voluntad, el interés general y un acusado sentido del servicio público. Es curioso cómo algunos en sus ajustes de cuentas quieren en esta hora cebarse contra Rajoy. Atreviéndose incluso a llamar pelotas a quienes no piensan como ellos. Pero hoy no es el día de una cosa ni de la otra. La conmoción de la opinión pública española, que ha comprobado cómo por primera vez va a gobernar quien no ganó las elecciones generales, es tal, que conviene dejar al menos alguna cosa clara. La moción de censura es legítima, pero esta es incoherente. Como es indecente por parte de Sánchez desdecirse ahora de todo cuanto afirmaba apenas hace quince días, presupuestos incluidos. Finalmente, que nadie olvide que es histórico, para mal, gobernar con el apoyo de proetarras e independentistas. Hasta hoy no lo había hecho nadie. Toda una deslealtad a la Constitución.

DIMITIR O NO

Mariano Rajoy no dimite por varias razones. Una de ellas, porque no se siente responsable de la corrupción del pasado de su partido, protagonizada de manera principal por el entorno de sus enemigos internos. Cree, además, que lo único que ha hecho es gestionar un país con una crisis económica desconocida, que tuvo que vivir la transición en la Corona y hacer frente al mayor desafío a la unidad de España desde 1934. El debate acerca de si debe dimitir o no trata de ocultar la responsabilidad de todos aquellos que han decidido, en una situación sin precedentes, aupar a la Presidencia a una persona que sólo ha hecho perder elecciones. Ahora bien, Rajoy tiene en su mano poner contra las cuerdas a Pedro Sánchez. Si finalmente dimitiese hoy, antes de la votación de la moción de censura, abriría un periodo de casi tres meses –en la España de hoy, una eternidad– de Gobierno en funciones y de consultas y búsqueda de apoyos, que obligaría al candidato socialista a atender todas las peticiones hiperbólicas e ilegales de Podemos, independentistas catalanes y el taimado PNV. Tal vez sea un servicio más a España y al bien común: abortar el gobierno Frankenstein.

FRANKENSTEIN EN EL CAMINO

En todo este circo político que vivimos, ¿creen ustedes que alguien se ha detenido a pensar en el bien común de los españoles? ¿Realmente el país necesitaba ahora una moción de censura que destroza la economía, da alas a los independentistas y provoca un serio retroceso en el juego democrático de las alternancias, vía la lista más votada? Solo a Sansón le fue permitido el privilegio de tirar de las columnas y llevarse el templo por delante junto a su vida. Pero Pedro Sánchez no es un Sansón de la política. No vamos a restarle al PP ni un ápice de responsabilidad en el momento de enorme riesgo que vive España, pero la ansiedad de Rivera, la contumacia obsesiva de Sánchez y la cada vez más evidente inconsistencia de Iglesias nos abocan a una situación que la inmensa mayoría no nos merecemos. Cada día nos parecemos más a los italianos; y en este punto no son el espejo donde reflejarse, cuando políticos de extrema derecha y aprendices de bufones sitúan a los transalpinos en un bucle de inoperancia y decadencia democráticas. Ya veremos, si tras el parto de los montes, efectivamente aparece Frankenstein.

LAS VERDADES DE VALLS

Manuel Valls, hijo del celebrado pintor español Xavier Valls, es ante todo un político coherente. Probablemente porque lo ha marcado la cultura política francesa, además suele hacer lo que dice. Demuestra determinación y firmes convicciones democráticas. Es fácil imaginar, por todo ello, que observe escandalizado lo que ocurre en Cataluña, donde unos sediciosos, jaleados por unas élites económicas, creen que pueden inventar una constitución, un país, una hacienda propia y una legalidad, mientras el Estado de Derecho tiene que mirar para otro lado, como si ellos, por el hecho de vivir en Cataluña –ya ni siquiera nacer–, son fuente de autoridad. No acabamos de saber por qué unirse para delinquir contra el Estado y la democracia hay que considerarlo muy actual y quienes defendemos la legalidad somos casposos. ¿Solo porque no vivimos ni nacimos en Cataluña? Reléanse un manual de historia de las ideas políticas y sabrán cómo se llama eso: fascismo. Por eso tiene toda la razón Valls cuando reprocha a esa burguesía económica y social catalana su enorme irresponsabilidad al llevar a una parte de la ciudadanía al matadero social, que es donde están ahora mismo.

MALOS PASOS

Me temo que plantear una moción de censura al actual Gobierno por hechos acontecidos hace más de quince años puede tener rentabilidad mediática, pero es un desastre para el país. Salvo que lo que se pretenda con esa iniciativa sea instalarse de nuevo en el tumulto de la monserga parlamentaria, más cercana al filibusterismo que a la solución real de los problemas de España. Volvemos a colocar la política en tiempos recientes, que creíamos felizmente superados. Días en que el objetivo central –y casi único– de los diputados de la variopinta oposición era consumar un gobierno Frankenstein, no supimos nunca muy bien para qué: si para arreglar el conflicto independentista, abordar reformas o preocuparse de verdad por las cosas de la vida. Que la división de poderes haya funcionado y un tribunal condene una causa de corrupción que afecta al partido del Gobierno demuestra que la democracia goza de buena salud en este país. Fiscalizar al Gobierno es un acto democrático, pero en esta ocasión tener sentido de Estado y responsabilidad lo es todavía más.

PROPORCIONALIDAD

La sentencia de la Gürtel no ha sorprendido a casi nadie. Se esperaba. No diré que estaba descontada, como se acostumbra en el argot bursátil, pero reconozcamos que, de una u otra manera, partían condenados. Me abstendré de entrar, al menos hoy, en las revocaciones de jueces, así como en las sensibilidades ideológicas conocidas de alguno de los miembros del tribunal. Permítanme, sin embargo, que como ciudadano común que milita en el batallón de los perplejos, me pregunte cuánto vale para un legislador la vida y cuánto el prosaico dinero. El ser humano es la medida de todas las cosas, y por eso sabemos que quitársela a uno en España se paga con apenas ocho o diez años, mientras que blanquear puede costar una pena de medio siglo. Algo hacemos mal. Qué poco valor tiene la vida para un juez que comprende y perdona a los terroristas, y qué avaricia guarda en su alma cuando se trata de delitos de corrupción y monetarios. Lejos de mí cualquier intento de justificar a corrupto alguno, pero sí me atrevo a cuestionar nuestras leyes. No existe proporción. Y tal vez los jueces tampoco sean hombres buenos, sobre todo cuando juzgan a los asesinos.

PARECÍA IMPOSIBLE

Parecía imposible hace unos meses, pero ya tenemos presupuesto. Ya está engrasada la máquina del Estado con la legalidad del gasto y, además, la estabilidad queda garantizada al menos para un año más. Conociendo a Rajoy, intentará llegar a la primavera de 2020 para convocar elecciones generales. La pena es que, paradojas de la vida, esa consistencia del sistema español se consiga a costa de hacerlo más dependiente del nacionalismo vasco. El día que PP y PSOE se percaten de que apoyarse el uno al otro en asuntos cruciales resulta lo más enriquecedor e inteligente para España -y para ellos mismos-, habremos cambiado para bien la historia de nuestro país. Reconozcamos que el presidente del Gobierno ha vuelto a demostrar que su resistencia le acaba dando réditos. No conviene caer en triunfalismos, pero el paso dado ayer en el Congreso es decisivo para la economía española y no deja de ser una inmersión en el realismo político, la fórmula que España necesita para seguir transitando por el camino de la convivencia y del progreso, toda vez que algunos prefieren empeñarse en llevarnos al abismo. En medio de tanta confusión, emerge el único actor que da prioridad a su papel institucional.