CIEGOS ANTE LA BARBARIE

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Es difícil legislar sobre determinados comportamientos del ser humano. Frente a la plaga de asesinatos de mujeres a manos de sus parejas, poco más que impotencia podemos mostrar. Sin embargo, algo estamos haciendo mal, y en cierto modo somos corresponsables casi todos. Un impulso atávico, guarecido en algún lugar remoto de la cabeza o del corazón del homo sapiens, rebrota para convertir la violencia de género en un azote endémico. Damos palos de ciego con campañas informativas, protecciones policiales, denuncias previas, juzgados especializados… pero se nos escapa aquello que nos explique qué ley puede detener a un hombre que ha decidido matar a su compañera y quitarse la vida él mismo. Es curioso que sea en países avanzados donde esta tragedia se expande en los últimos años. De ahí que no comprendamos la complejidad del problema y que no logremos estudiar las verdaderas y últimas causas por las que las sociedades más modernas no logran vencer el incremento de esta barbarie.

PEDRO NO ENGAÑA

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Hay que reconocerle un rasgo bien acusado a Pedro Sánchez: siempre que parece que se va a equivocar, no defrauda, se equivoca. Desde que lo conocemos sobre el escenario de la política patria, no ha dejado de ahondar en el error. En diciembre de 2015, obtiene el peor resultado del PSOE, solo 90 escaños, y declara que es histórico, y tan histórico. Seis meses después, reduce la cosecha en otros cinco escaños. Cuando iba lanzado hacia el frente popular, le pega un buen revolcón su propio partido. Pero ahí sigue, instalado en su estrategia suicida, que sólo puede conducir a dos escenarios: o a una nueva derrota entre sus compañeros o a enfrentarlos en dos facciones. Cuando sus correligionarios hablaban de volver a coser las costuras del partido, regresa Sánchez para levantar las taifas del socialismo español, con el impulso creativo e independentista de Odón Elorza, Zaida Cantero, Margarita Robles y José Félix Tezanos. Eso sí, inquieta su irrefrenable pasión por el populismo que, curiosamente, está matando al PSOE. Hay que admitirlo: Pedro nunca decepciona.

LA PRESUNCIÓN DE INOCENCIA

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En la catarsis que vivimos, no queda más remedio que ocuparse de la corrupción -no mucho mayor que la de Francia o Italia, por cierto-, y de la forma en la que la combatimos. El caso del presidente de Murcia, exento de culpa mientras no se demuestre lo contrario, viene a evidenciar que la lucha contra la inmoralidad de la que se han apropiado algunos partidos está por encima de toda garantía, y les legitima para cualquier abuso de autoridad contra la que debía ser una de las más nobles categorías profesionales: la clase política. Entre esos excesos, se encuentra la negación de una condición fundamental en los Estados de Derecho, justo la que los diferencia de la arbitrariedad de una dictadura: la presunción de inocencia. Hacer dimitir por una sospecha o por un proceso torticero se me antoja antes un paso atrás en la calidad de nuestra democracia que un avance, como algunos pretenden. De continuar deslizándonos por este camino, podemos convertir la guerra contra los corruptos en una verdadera corrupción del propio Derecho.

EL EXTRANJERO

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El odio al extranjero ya está de nuevo aquí. Creíamos que se había erradicado, al menos del mundo desarrollado y civilizado, pero nuevos líderes con viejas ideas vuelven a macerar en el subconsciente colectivo la antipatía hacia el que viene de fuera, a veces de muy lejos, con olor de destierro y mirada en el olvido. La historia se repite, y un día hasta nos podría tocar a nosotros. O nos tomamos en serio las lecciones que el pasado nos ha dado, o puede que dejemos una herencia envenenada. Las grandes naciones lo fueron por su capacidad de acoger al forastero. Es preocupante la oleada de hostilidad hacia lo ajeno que se propaga por Europa. La xenofobia crece, todo un síntoma de que no se están haciendo las cosas bien. El buenismo de algunos, por paradójico que resulte, es el peor enemigo de la integración. Seamos generosos con quien busca un nuevo horizonte, al mismo tiempo que muy firmes a la hora de exigir respeto a nuestras leyes y cultura. Ese es el camino. El movimiento migratorio es imparable. Enfrentémoslo con inteligencia.

UNA SENTENCIA CUSTODIADA

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La próxima vez que usted vea un sumario o una sentencia filtrada a los medios, también en este diario, tenga la completa seguridad de que un juez, un fiscal o un funcionario tienen algo que ver. Cuando ellos ponen empeño, no hay fallo que se adelante a los plazos legales ni cauces oficiales. Se ha demostrado con el Caso Nóos. Nada menos que mil folios ocupa toda la literatura del veredicto, y ni un párrafo fue deslizado a la Prensa. La Justicia puede extraer de aquí dos sabias conclusiones para mejorar su imagen: que si un magistrado guarda celosamente sus resoluciones, no hay periodista que las anticipe, y que los chivatazos suelen partir de voces interesadas, incluidas las de quienes acusan, defienden o condenan. Lejos de custodiar sus documentos, algunos los instrumentalizan como parte de una estrategia mediática que debería estar perseguida y castigada. La megalomanía justiciera puede llevar a un juez a adoptar una superioridad moral que no se corresponde con ninguna ley, ni divina ni de los hombres.

CULTURA DE LA DEFENSA

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Entre las muchas inculturas que los españoles arrastramos, se encuentra la de la defensa. Tal vez sea por nuestra historia reciente, y el protagonismo que en ella cobraron las Fuerzas Armadas. Seguimos mezclando ideas trasnochadas con el concepto moderno que hoy representan los ejércitos en nuestro país. Los militares no solo son los garantes de la libertad, la democracia y la unidad de la nación; son, sobre todo, los responsables de la salvaguardia del enclave físico en el que vivimos. Se da la circunstancia de que, para bien o para mal, nos encontramos en un punto geoestratégico de altísimo valor. A pesar de ello, apenas destinamos un 1% de nuestro PIB a las Fuerzas Armadas, ejemplares, por otro lado, en tantos aspectos. Tan solo Bélgica y Luxemburgo gastan aún menos. Países de la OTAN, como Francia, Italia o Gran Bretaña -y no digamos Grecia-, reservan a ello partidas más abultadas. España tiene muchos asuntos en los que ponerse al día sin complejos. Uno de ellos, sin duda, pasa por revalorizar el papel de la Defensa ante la ciudadanía.

QUIÉN JUZGA AL JUEZ

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En la España actual, comienza a ser cierto que donde más delitos se cometen es en los juzgados. Los ciudadanos asisten atónitos al espectáculo justiciero que algunos magistrados protagonizan, a la sombra de la crisis económica, sin percatarse de que a la que de verdad ponen en serios aprietos es a la Justicia en sí misma, más ciega que nunca. Se utiliza la instrucción como pena anticipada y derraman sospechas como ramilletes de perejil. Pocas veces en la historia de España las togas se han hecho notar tanto. Y no precisamente para bien. Fue siempre cuestión fundamental preguntarse quién vigila al vigilante o quién sentencia al sentenciador. Escuchan nuestras conversaciones, leen nuestros mensajes y se atreven a querer vivir nuestras vidas. ¿Cómo es posible que los jueces prácticamente nunca respondan por sus equivocaciones? Lo siento por ellos, pero, aunque algunos no lo crean, están hechos de hombres; por tanto, todas las cautelas y limitaciones a su acción son pocas. Esa es la reforma pendiente. O, de lo contrario, la Justicia se torna en discrecionalidad y en debilidad democrática.

POR LA SENDA DEMOCRÁTICA

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El concepto de Estado democrático moderno es relativamente reciente. Se fundamenta en el respeto a las leyes, en la solidaridad entre personas y territorios y en la racionalidad de su desarrollo. Por su parte, la fábula independentista se cimenta en la emoción y, ahora mismo, en la capacidad de trasladar a la opinión pública catalana conceptos engorrosos envueltos en el papel de parafina de la simplicidad. Y ahí estamos: confrontando el progreso del Estado democrático moderno con la involución del caos legal y político que de manera artificial se ha instalado en Cataluña en los últimos años. Un desconcierto cuya principal víctima es la gran mayoría de ciudadanos, que padecen el deterioro de la gestión diaria de su gobierno autonómico; una especie de venganza inesperada para toda aquella derecha catalanista que ha preferido el derribo del Estado de Derecho -en forma de chantaje a España y a sus instituciones- que aceptar el camino sereno y civilizado de la ley, a través del cual se puede cambiar cualquier otra ley. Eso es la democracia; lo demás, ganas de marear.

¡VIVA LA RADIO!

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La radio goza de buena salud, a pesar de que también a ella la sentenciaron a muerte en repetidas ocasiones. En el arranque de los años cincuenta del siglo pasado, cuando la NBC iniciaba las emisiones de su televisión, el presidente de tan notable compañía declaró: «La radio ha muerto, viva la televisión». El tiempo, tan tozudo y justo como siempre, demostró que el formato radiofónico, adaptándose a los cambios tecnológicos y a una nueva sociedad, no solo no ha fenecido, sino que desde entonces ha disfrutado de varias edades de oro. Entre otras razones, porque es el único medio compatible con muchas otras actividades del ser humano, porque la tradición oral nos acompaña desde tan antiguo y porque la radio es, sobre todo, sonido y voz. Además, es aquí donde España puede presumir de modelo propio. Pocos países hacen tan buenos programas como España. Ayer celebramos el día de la radio. Fue una buena oportunidad para festejar su óptima salud, además de comprobar cuántas lecciones de humildad pueden dar la Historia y la experiencia a tantos notables gurús. ¡Viva la radio!

MÁS CASTA QUE NUNCA

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Cada día que pasa, los ciudadanos se hacen una idea más clara de lo que es y representa Podemos. Es el viejo concepto de progresía: «El quítate tú, que me pongo yo». A poco más se reduce el ideario de un partido que nació por los daños de la crisis y el despiste ideológico del PSOE zapaterista, verdadero embrión de la nueva extrema izquierda española. A partir de ahora, tras la pelea de gallos que han amplificado las televisiones, el partido neocomunista ya no podrá hablar de casta. Forma parte de ella. En el fondo del debate, se guarecía el ansia por tener el cargo remunerado, aderezada con un nivel de soberbia desconocido hasta el momento, al menos desde la oposición. Cuando se gobierna sí que la arrogancia engorda por días. Así pues, la formación morada ya pertenece a la categoría de política vulgar, que tantos años nos acompañó. Ahora veremos cómo gestionan los ganadores la victoria, y los perdedores, la derrota. Vencer la vanidad es casi tan difícil como sobreponerse de un fracaso. Mientras la economía mejore, sus expectativas bajarán… como las audiencias.