LA YENKA SOCIALISTA

Créanme que no quería volver a escribir de Pedro Sánchez, al menos en unos días. Sin embargo, resulta inevitable porque el líder del primer partido de la oposición no deja de brindarnos nuevas oportunidades para no quedarnos callados. Este mismo martes, el PSOE estaba a favor del Tratado de Libre Comercio entre la UE y Canadá. El miércoles, todo lo contrario, por entender que este tipo de acuerdos internacionales «concentra más poder a costa de derechos». Y ayer, jueves, optó por quedarse en el medio. Es decir, abstenerse, que va a ser el verbo que más conjuguen si quieren ser mínimamente responsables y demostrar sentido de Estado. Lo que ocurre es que la secuencia nos ratifica en eso que muchos pensamos acerca de la simpleza de una generación de socialistas que parecen más niños caprichosos que dirigentes intelectualmente bien formados. Atentos, por tanto, a las distintas «yenkas» -de adelante, atrás y en el medio- que nos va a ofrecer el PSOE en el tiempo que le resta a esta legislatura. Todo sería muy gracioso si no fuera porque se juega con el futuro de España y, por tanto, con el de sus ciudadanos.

PARA VIVIR

En el periodismo también opera cierto cansancio con determinadas cuestiones de la actualidad. El catálogo es bien conocido: la impostura moral del independentismo, la náusea de la corrupción política, la inconsistencia del nuevo socialismo, la doble moral de la extrema izquierda, el acoso fiscal a los contribuyentes, el yihadismo o las dudas sobe la UE. Entre sus grietas, actúa como puede la vida. Porque si para algo están los políticos, si les cedemos parte de nuestra soberanía y los ungimos con poder, es para que podamos vivir y hacerlo cada vez mejor. Sin embargo, el perplejo ciudadano constata una conjura diaria contra él, contra sus intereses y su futuro. Son esas elites políticas, convertidas en clases extractivas, las que generan el conflicto innecesario y perseveran en el error. La vida está llena de fracasos, pero terminan por imponerse el éxito, la inteligencia y el buen sentido común. Claro que en el camino se producen muchas bajas y sueltan amarras sin orientación muchos barcos. España, tras 40 años de democracia, es una realidad mejor que la de 1977. Sobre todo, en lo material, pero no se engañe, amable lector: existe toda una conjura de necios danzando por el escenario.

ESCUCHAR A LA CALLE

Bien harían los socialistas españoles en escuchar un poco más a la calle, y algo menos a la militancia radical. Porque, para gobernar España, es preciso conseguir entre 8 y 10 millones de votos, cifra que desde luego no se alcanza con la plurinacionalidad que nadie explica y nadie entiende, ni desde la imitación de la extrema izquierda. Viene como anillo al dedo el ejemplo de Benoît Hamon, quien acaba de dejar en la indigencia a los socialistas franceses. En las primarias de su partido, barrió al moderado Valls. Frente a esa apuesta de la militancia, la ciudadanía relegó a Hamon -un tipo radical y malencarado- al último lugar en las presidenciales y prácticamente tocó su suelo histórico en las legislativas. El ánimo electoral real casi nunca se corresponde con el de los afiliados. Si Pedro Sánchez aspira a lograr más de ocho millones de votos, bien haría en prestar oídos a la calle, a la gente normal, a los que en realidad deciden, y a todos aquellos españoles a los que les horrorizan la insolidaridad y la impostura moral de los sediciosos. Que tome nota de Macron, por cierto, ministro socialista en su día.

¿PLURI QUÉ?

pluriAconsejar a Pedro Sánchez es un error, porque él sabe equivocarse solo. Sería bueno de todos modos, si quiere gobernar España, que haga unas lecturas elementales para entender el país que aspira a dirigir. No estaría de más que leyese a Sánchez Albornoz, a Américo Castro y a Salvador de Madariaga. Aunque quizá lo desconozca, fueron tres grandes intelectuales que tuvieron que exiliarse en la Guerra Civil. Una vez profundice en sus reflexiones, entenderá que esa España plurinacional que él propone es lo más antagónico a ser de izquierdas. Que lo que consigue al impulsar la plurinacionalidad es apostar por una derecha nacionalista insolidaria, además de cargarse el principio de igualdad inherente a la idea de democracia. Debe aclarar Sánchez si eso de la plurinacionalidad es un atajo para llegar a La Moncloa, a costa de descomponer España en forma de territorios con autonomía en donde cada uno interpreta la Ley a su manera, como hacen ya los sediciosos catalanes. En caso de que Sánchez no pueda acometer las lecturas sugeridas por falta de tiempo, que las estudie Ábalos y se las explique al secretario general, pero no en dos tardes, que luego pasa lo que pasa.

EL PROBLEMA ES LA DEUDA

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La deuda de España supera ya el total del PIB. Debemos más de un billón de euros. No deja de ser chocante que los números rojos del Estado crezcan día a día, cuando la avaricia recaudatoria de Hacienda bate su récord histórico, hasta el punto de que sus responsables presumen del notable incremento de lo embolsado. Como consecuencia de esa paradoja, en esta España donde hasta los de derechas se comportan como los de izquierdas –al menos en la vampirización de los recursos privados–, se acentúa la división entre la clase productiva y la extractiva. Los primeros se juegan su patrimonio y ganan dinero porque los consumidores libremente los eligen, al mismo tiempo que generan riqueza y satisfacción entre la ciudadanía. Los segundos, los extractivos, disfrutan de su momento de mayor pujanza, aunque lo único que hacen es aumentar el gasto público: es decir, endeudarnos para el resto de nuestras vidas. Ya que se llevan nuestros euros, por favor, derrochen menos y paguen la deuda. De momento, gracias a los de la clase creativa, comemos más barato, vestimos por menos y viajamos con tarifas más bajas.

SER DE IZQUIERDAS

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Resulta difícil marcar con claridad la fina línea que hoy separa a la derecha de la izquierda. Los socialistas de Pedro Sánchez quieren ser la izquierda, pero ¿qué significa exactamente ser de izquierdas en la actualidad? Gran parte de sus reivindicaciones clásicas ya las compró la derecha. Solo hay que analizar con un mínimo de rigor el vigente Gobierno de Rajoy o las propuestas de Ciudadanos. La confrontación ahora mismo es entre los que defienden el sistema y los que pretenden cargárselo. O entre la clase productiva, aquellos que generan riqueza, y la clase extractiva, entre los que sobresalen los burócratas de toda militancia política. A estas alturas de mi vida, puedo decirles por qué estoy desencantado de la izquierda: prefiere repartir lo que ya existe, en lugar de aspirar a crear algo nuevo; está convencida de que tiene la razón moral y desprecia de una manera absoluta a los que no comparten su punto de vista; finalmente, mantiene una mala relación con las matemáticas y las cifras reales, lo que genera una enorme frustración entre los ciudadanos.

JUSTICIA IMPERFECTA

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Los jueces, que están hechos de hombres, no siempre protegen a la sociedad con sus decisiones. Quedó demostrado cuando dejaron en libertad a 97 asesinos, una vez que en 2013 el Tribunal Europeo de Derechos Humanos modificó la doctrina Parot con carácter retroactivo, y salió a la calle el «violador del ascensor», detenido de nuevo esta semana por varios delitos. Si los jueces no defienden a la ciudadanía, ¿qué hacen exactamente? Dean Spielmann, el presidente del TEDH, felicitó a España por ser el único país de toda Europa que ejecutó aquella sentencia inmediatamente, en 24 horas, a pesar de que la Audiencia Nacional sólo tenía un texto en francés y de que otras autoridades no se percataron de que convenios más recientes no obligaban a su aplicación y, desde luego, nunca con la celeridad empleada. Es decir, Spielmann nos llamó a los españoles «gilipollas», aunque él forma parte de los destacados en el campeonato de comprobar quién es más progre a base de desproteger a la gente normal, a los que cumplen con la Ley, atienden sus obligaciones y pagan sus impuestos.

AQUEL TIEMPO SIN IRA

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Cuarenta años ya empiezan a ser muchos. Nuestra democracia, con sus luces y sombras, ya es un sistema de libertades consolidado, a pesar de los embates y amenazas de los viejos fantasmas, reencarnados ahora en mesías convencidos en detentar el monopolio de la verdad. Pero la democracia sobrevivirá a estos peligros y a otros riesgos, siempre y cuando estemos alerta en su defensa. Recuerdo perfectamente aquel 15 de junio de 1977. Fue un día luminoso; por el hermoso sol que lució en toda España y porque de verdad ese día estrenamos la democracia actual. Con sus cuarenta años encima, arrastra un cansancio vespertino, y dibuja alguna cana y ojeras. Pero sigue siendo la compañera leal que hizo el viejo camino de la vida con todos nosotros. Aquel día muchos no pudimos votar, pero se abrió la senda para ello. Si volvemos la vista hacia atrás, comprobaremos el inmenso terreno ganado en libertad y progreso. Siempre habrá quien milite en la subcultura de la queja, pero estamos obligados a reconocer el paso de gigante que se dio aquel 15 de junio de 1977. Honremos a nuestros antepasados, que hicieron posible la concordia.

RUBOR PARLAMENTARIO

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“Ya que usted no se ruboriza, permítame que yo lo haga por usted”. Tal fue la respuesta parlamentaria de Azaña a una intervención bastante más educada y constructiva que la que ayer protagonizaron en el Congreso de los Diputados Irene y Pablo. La actuación de los dirigentes podemitas superó con creces el nivel del sonrojo. Más allá de la gimnasia formal de sus discursos, una parte significativa de la sociedad se echó a temblar al comprobar su sectarismo destilado, profundamente antidemocrático, y la traición protagonizada por un político que aspirara a gobernar a base de entenderse con los golpistas separatistas. El debate de ayer se limitó a evidenciar sus incoherencias sistemáticas, triviales y en nada pertinentes a la gestión de los problemas que afectan de verdad a la sociedad. Esa visión apocalíptica del catálogo de males regionales de la nación más antigua de Europa, que es España, solo dejó al descubierto la indigencia intelectual de un parlamentario llevado por la confusión, cegado en esfuerzos estériles y por un gran afán destructivo. Hoy tenemos otra oportunidad de ruborizarnos.

UNA OPORTUNIDAD PARA RAJOY

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La moción de censura contra el Gobierno que hoy se debate en el Congreso puede convertirse en una magnífica oportunidad para Mariano Rajoy. A nada que haga un poco de pedagogía y, sobre todo, que esgrima los números de los presupuestos del Estado, tendrá la oportunidad regalada de ampliar su base electoral y reconquistar a algunos descontentos. El que debe esforzarse es Pablo Iglesias, cuya precipitación le ha llevado a medir mal sus fuerzas y ha convertido la supuesta moción en una jornada más en el Parlamento. Además, tendrá la necesidad de definirse frente al PSOE; explicar a los españoles lo que le diferencia de los socialistas y esperar la abstención de la otra izquierda a su ofrecimiento de ser presidente. Hoy veremos un debate alejado de la realidad de los ciudadanos de a pie, en sí mismo infructuoso y más orientado a la destrucción que a ayudar a prosperar en lo que de verdad importa. No esperen ninguna altura. La calidad parlamentaria desde Ortega y Azaña, pasando por Herrero de Miñón, Fraga, González o Peces Barba, ha bajado mucho.