ESCANDALIZAR A LOS NIÑOS

Al catálogo de desmanes antidemocráticos que acumulan los sediciosos catalanes, solo faltaba unir la manipulación de los niños. En cualquier lugar civilizado sería un escándalo, en Cataluña, instalada en el paroxismo, parece que ya vale todo, hasta mancillar la inocencia de la infancia. Cuando llegas a ese extremo, a utilizar como escudos humanos emocionales a los niños, algo ha fallado en lo más íntimo. Es como si una patología química se desatara en el cerebro. Algo que va más allá del sentido común y que puede convertir el paraíso de esos tiernos años en un horrible infierno. De alguna manera, los nacionalistas están secuestrando los bellos años de la infancia para cubrirlos de odio. Cuando un niño es educado en la antipatía y el rechazo a los otros, están creando un psicópata social. Lo que hagáis con la educación científica, social y emocional de vuestros hijos será determinante para tener buenos o malos ciudadanos. Si la patria del hombre es la infancia, por favor no se la arrebatéis con vuestro escándalo.

LO QUE ES IMPOSIBLE

Lo que ayer ocurrió en Cataluña era inevitable y necesario. Ha devuelto a cada uno a su sitio. Ya advertimos del riesgo de despertar al oso dormido del Estado. A partir de aquí, se podrá comenzar a construir otro tiempo, si los desleales, inmoderados y antidemocráticos nacionalistas catalanes quieren. Si por el contrario perseveran en su contumaz actitud de la confrontación, encontrarán la fortaleza de un país moderno y democrático, llamado España y del que son parte indisoluble. Por eso, tal vez sea bueno recordar cuando el Gobierno de Aznar ilegalizó a Herri Batasuna. La izquierda se puso de perfil y cientos de miles de abertzales se manifestaron en el País Vasco. Sin embargo, aquello fue el principio del fin de ETA. La respuesta que ayer sorprendió –y tranquilizó– a buena parte de la sociedad supone que no habrá referéndum, que se desmantelan las estructuras golpistas y que Rajoy y los jueces, es decir el Estado, han hecho lo que tenían que hacer. Los sediciosos nos empujaron a una situación insostenible, donde ya solo queda demostrarles que su empeño en delinquir tiene que ser imposible.

PSOE: EN LO ESENCIAL, UNIDAD

España vive una grave crisis política, derivada del desafío independentista de unos desleales y antidemocráticos nacionalistas catalanes. Tal vez sea el problema más espinoso de los últimos cuarenta años, incluido el 23-F, que se resolvió en cuestión de horas. Conocedores de semejante aprieto para nuestro Estado de Derecho, los socialistas, en lugar de apoyar al Gobierno de todos los españoles, siguen dudando en algo tan crítico como defender la unidad de un país construido hace más de 500 años. Que nadie olvide la enorme responsabilidad del PSOE en todo este lío –Maragall y Zapatero, incluidos– ni su fascinación por una ideología tan poco progresista como la nacionalista. Mitterrand llegó a afirmar que el nacionalismo era la guerra. Pero de poco sirven las lecciones de la Historia y las reflexiones de ciertos referentes de la socialdemocracia europea: aquí Sánchez sigue instalado en la simplificación de la idea de España, cuya historia puede reinventar cualquiera, incluido un catedrático sectario, que los hay.

LAS PENSIONES

La vida no empieza ni termina en Cataluña. La vida, afortunadamente, es mucho más. Entiendo, sin embargo, la inquietud de la mayoría de demócratas de España ante el desafío sedicioso y la quiebra del Estado de Derecho. Nada no es ajeno ante tamaño dislate. A pesar de ello, el cansancio se apodera de nosotros ante un despropósito marcado básicamente por emociones y por odio. Porque si se aplicase la racionalidad, muchos catalanes tendrían que entender que su futuro solo puede concebirse unido al resto de España; o no es futuro, será otra cosa. Debería bastarles saber que la cuarta parte del déficit de las pensiones de todo el país lo genera Cataluña. O que un buen número de empresas han decidido abandonar esta región –o directamente han descartado implantarse en ella- por falta de seguridad jurídica. Porque, al fin y al cabo, Cataluña es lo que es –una tierra privilegiada– porque España ha sido el motor de su bonanza. El problema es que este debate se ha hurtado a los catalanes, y ahora sólo hay odio e insolidaridad donde antes abundaba el sentido común.

EL ESPEJO DE LA REALIDAD

Los sediciosos catalanes están ya en el paroxismo. Por eso van a perder nuevamente este desafío. Cuando la argumentación se sustenta en las arenas movedizas de la falsificación de la historia, la tergiversación de las estadísticas, el incumplimiento flagrante de la ley, el desprecio de los valores democráticos y todo ello se expresa de manera maleducada con una carga de odio al resto de España, cuando ocurre todo eso, no hay que ser muy avispado para saber que fracasarán. Es pura racionalidad. Los secesionistas evidencian poseer una mala relación con la realidad. Lo que es una de las peores patologías sociales que una comunidad puede padecer. Cuando la terca realidad va por un lado y tú te empeñas en despeñarte por otro, inevitablemente acabarás en el fondo del abismo.

DESPERTAR AL OSO

La teoría según la cual, si una parte de España se quiere marchar, el Estado no puede hacer nada es una de las mayores demostraciones de la simpleza política que caracteriza a nuestro tiempo presente. Los secesionistas y la extrema izquierda, incluida Ada Colau -la de lágrima fácil y corazón de piedra-, mantienen que el Estado no es sustancial en todo esto y no se percatan de que tanto la Constitución como el propio Estado en sí mismos son una unidad. Por eso los nacionalistas ignoran que, después de muchos años soportando su deslealtad, han despertado a un oso dormido que, una vez en acción, es capaz de desplegar enorme fortaleza. Ese gigante es el poder real y eficaz del Estado. Por eso el Gobierno va a dejar de transferir fondos, como en su día adelantó ABC; las nóminas de los funcionarios las abonará la Hacienda española -porque poner el dinero ya lo hacía-, la Guardia Civil hará caso a jueces y fiscales, y la gran mayoría silenciosa de los catalanes mirará para otro lado, porque comprenden lo que ayer dijo Rajoy en Cataluña: «Nos van a obligar a lo que no queremos». Pues ya está: al final, despertaron al oso.

MALA EDUCACIÓN

Una de las malas consecuencias del dislate catalán es que nos hace perder muchas energías de manera frívola y nos desvía de posar la vista y la reflexión en lo verdaderamente importante: el futuro de España y los españoles. En ese territorio del porvenir, la educación resulta trascendente. No solo es el ascensor social, desde un principio de igualdad de oportunidades, sino que es la escalera por la que alcanzamos la libertad. Por eso, siempre sospecho de esos políticos que no quieren que los jóvenes de su país estudien más, se esfuercen ni adquieran conocimiento. Es curioso cómo la izquierda se opone a ello, a base de planes de estudio simplones, gracias a los que se pasa de curso con un saco de suspensos. Así, con una población poco crítica, la demagogia crece como setas en otoño. De nuevo las estadísticas dejan nuestro modelo educativo en entredicho. Son también esos índices lo que nos demuestran que nuestro sistema no tiene un problema de presupuesto: lo hemos doblado en el último decenio. Lo que falla es el modelo. Es una verdad incómoda, pero es una de las tantas evidencias que en España no se quieren abordar.

EL SILENCIO NO ES RENTABLE

El problema del dislate catalán que ahora vivimos es que dejamos llegar muy lejos a los independentistas. Nunca contestamos a sus falsedades y, una vez más, el silencio no ha sido rentable. Si callas, otros darán tu versión, y no será la buena. En Cataluña, y en España en general, falta alguien que hable sin parar acerca de las razones históricas, económicas, culturales, sociales y de modernidad sobre las que se sustenta el proyecto español en el que convivimos. Una realidad que nos coloca entre los mejores países del mundo. Frente a esa ausencia de discurso, el nacionalismo catalán puso en marcha una obra de ingeniería social que ha contaminado ya a dos generaciones. A esos ciudadanos se les ha hurtado un debate honesto acerca de cuál es la razón por la que habitan una de las zonas más privilegiadas de Europa, tanto en lo económico como en su nivel de autogobierno. Ese motivo no es otro que pertenecer a España. Los sediciosos no lo quieren entender. Es imposible razonar ante las emociones. Por eso, cuando los argumentos ya no sirven, sólo queda demostrar que sus pretensiones son –y serán– imposibles.

UNA NORIA DE LAS LAMENTACIONES

En la resaca del secuestro del Día de Cataluña por parte de los independentistas, buenas son algunas reflexiones: Pedro Sánchez aún está a tiempo de subirse a lomos de la legalidad y la moderación frente al dislate secesionista y marcar diferencias con la formación de objetivo variable y metamorfosis múltiple que es hoy Podemos. Si unos militares movieran tanques para intentar dar un golpe de Estado, seguramente no los procesaríamos por malversación de fondos. Toda esta locura tiene como principal damnificada a la propia sociedad catalana, cada día más crispada y fragmentada, pero también afectará a la economía del resto de los españoles: la ya evidente salida de la crisis puede irse al traste por esta estúpida forma de dispararnos un tiro en el pie. Alguna patología sufre una sociedad dispuesta a aplaudir a un terrorista confeso como Otegui y a abuchear a los luchadores por la libertad del PSC. El rosario de lamentos es infinito, es como tropezarse una y otra vez con un muro pétreo, año tras año, dando vueltas a la aburrida noria.

DONDE HABITA EL OLVIDO

Cuba parece haber entrado en el territorio del olvido. Ya nadie se ocupa de ella. Ni siquiera la entusiasta y acomodada extrema izquierda europea, a la que tanto fascinó en otro tiempo. El huracán Irma centra toda nuestra atención porque la poderosa maquinaria mediática norteamericana se encarga de retransmitir en directo un fenómeno de la naturaleza que arrasa con todo cuanto encuentra. Irma también llegó a Cuba y solo dejó destrozo a su paso. El país está lacerado, pero da la impresión que ese país no existe ni para los periodistas españoles ni para nadie. TVE hace tiempo que se marchó de la isla y todo cuanto allí acontece parece no interesar a nadie. La industria turística de Varadero se ha malogrado en más de su mitad, y los cubanos malviven en la miseria, a causa de un cruel régimen comunista que los tiene sometidos. El ensimismamiento que genera el mismo inicuo sistema político cubano, hace que no se pueda contar lo que allí ocurra, aunque Irma sea igual de devastador en las Antillas que en Florida. El olvido nos espera siempre, pero hay que no merecerlo. Las televisiones siempre se van antes de tiempo, a Cuba ni llegaron.