OXÍGENO PARA LA DEMOCRACIA

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Entre los periodistas, como en cualquier otro colectivo, hay ángeles y demonios, así como toda una amplia gama de grises. Ahora bien, la libertad de expresión, más allá de quien la ejerza, es un bien consagrado de nuestras sociedades avanzadas. El mero amago de cercenarla encierra un peligro en sí mismo. Trump declaró el sábado en la sede de la CIA que «los periodistas están entre los seres humanos más deshonestos de la tierra». Inquieta que el presidente ataque a dos libertades básicas, respetadas por sus predecesores: el libre comercio y, sobre todo, la libertad de prensa, oxígeno para la democracia y contrapoder. Insultar y amenazar a los medios no es una anécdota; es un intento de coaccionarlos desde la autoridad. Es cierto que el magnate ha puesto sobre el tapete mediático de su país que algo está cambiando, no sabemos si para bien, en la relación entre los ciudadanos y el periodismo clásico. Sin prensa, franquearíamos la puerta a la arbitrariedad política. Confundir las redes sociales con buen periodismo constituye un error porque los que se dedican a rebotar mensajes, y como mucho a sazonarlos de insultos, en su mayoría no se toman tiempo para pensar aquello que circulan.

QUERER, TENER, PODER Y SER

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Existen muchas explicaciones posibles para el auge del populismo, tanto en sus versiones de extrema derecha como de extrema izquierda. Una de ellas es que la prosperidad tiene un precio y no siempre sabemos cuál es, ni siquiera cómo pagarlo. Si nos detenemos en el momento presente de España, las cuentas del Estado no salen. Vivimos por encima de nuestras posibilidades en numerosos aspectos. La recaudación de impuestos, siendo muy grande, casi un expolio de la clase media, no alcanza para atender las demandas de un Estado del bienestar que compromete el 38 por ciento del PIB. Como consecuencia, aumentamos la deuda nacional y seguimos pidiendo créditos para sostener de forma artificial lo alcanzado. Al mismo tiempo, se erosiona la ética laboral, se desprecia el esfuerzo, desaparece el compromiso con el trabajo y alguien nos ha convencido de que basta desear algo para tenerlo. Los moralistas clásicos advertían de las negativas consecuencias del lujo. Sería bueno saber a dónde queremos ir para evitar la decadencia y el ascenso de los extremismos, porque lo que no son cuentas son cuentos.

UN PAÍS LIBRE

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Al margen de la incertidumbre que siempre se abre cada vez que se produce un relevo en la Presidencia norteamericana, ayer tuvimos una nueva oportunidad para admirar a ese gran pueblo que son los Estados Unidos. Una nación capaz de convertirse en la primera potencia del mundo, merced a su disposición a acoger a lo largo de los siglos a ciudadanos de todas las razas y de todos los orígenes. Es cierto que también es un país lleno de imperfecciones, pero cumplir lo soñado es más factible allí que en la vieja Europa o que en otros muchos lugares del planeta. En gran medida, porque para ellos la libertad es libertad, no una expresión retórica. Una libertad responsable que obliga a cumplir con el armazón jurídico que garantiza y hace posible que hasta un hombre como Trump –tan al margen de tantas cosas, tan enredado en exceso en otras– pueda llegar a la Casa Blanca. Un Estado de Derecho, en definitiva, que consagra el principio de proteger a la sociedad libre y democrática de sus enemigos. Por eso, cada cuatro años, renueva su fe en esos principios, deseándose lo mejor y preparándose por si ocurriera lo peor.

ABRAN LA MURALLA

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Tiempo de murallas, de hipernacionalismos, de insolidaridad, de proteccionismos ventajistas, de prepotencias, de xenofobias, de muros…; en definitiva, de todo aquello que quiere terminar con algunas de las cosas que nos han salido bien: por ejemplo, la UE con todas sus limitaciones y, sobre todo, la España democrática y moderna que unas minorías nacionalistas quieren arruinar, con lo que se repetiría así el compendio de extravíos que nos arrastraron a las aterradoras tragedias contemporáneas. Tiempo de Trump y su empeño en levantar un muro con el vecino. Época de Brexit con amenazas al resto de Europa. Auge de la extrema derecha en Francia y Holanda. Reaparición de la vieja extrema izquierda en España. Todos somos un poco culpables de este lamentable presente. Responsables de tolerar el debilitamiento de la democracia y sus instituciones a base de permanentes cesiones al populismo y al nacionalismo. Ni Theresa May por un lado ni Puigdemont por otro nos pueden acobardar. Cada uno, en su justa medida, merece una serena, civilizada, democrática y firme -es decir, poderosa- respuesta.

LA APUESTA DEL TURISMO

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Podría lamentar con ustedes la benevolencia que la Justicia demuestra tener con el clan Pujol. O tratar de interpretar la parte estética de la renuncia sorpresiva -aunque ya conocida, por paradójico que parezca- de Federico Trillo. Una y otra cuestión me sitúan en la parte de la España tediosa. Por eso prefiero hablarles de algo tan positivo como el récord de visitantes, que nos confirma como la potencia turística que más creció en el ejercicio pasado. El turismo es nuestro petróleo, y aunque ahora se distinguen muchas modalidades -cultural, compras, sanitario, deportivo…-, lo cierto es que nuestros principales argumentos siguen siendo el sol, la playa y la seguridad. En eso seguiremos siendo imbatibles, aunque en ocasiones perdemos de vista la importancia de la riqueza que generan nuestras costas. Si el periodismo es siempre una apuesta o una jerarquización de la actualidad, permítanme que en el libre ejercicio de esta profesión arriesgue mi criterio a favor del lado más luminoso de la actualidad.

LIBRE COMERCIO

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Si lo que pretende Donald Trump es dar más paz y prosperidad a su nación, se equivoca al dejarse llevar por esa irrefrenable fiebre proteccionista de la que está haciendo gala. Las barreras artificiales y el nacionalismo nunca traen progreso. Ahora bien, ese afán por volver a las factorías no anda del todo desencaminado. El mundo es cambiante. Un buen día nos dijeron que era mejor que fabricaran los otros y, como consecuencia de ello, China parece dispuesta a comerse ese mundo que muda sin cesar. Los alemanes fueron los únicos que decidieron quedarse con sus manufacturas y han sorteado los malos tiempos mejor que el resto. En España, hemos descubierto que podemos exportar y que nuestro mercado puede ser el globo terráqueo entero. Por tanto, también debemos regresar a las industrias y sus talleres. No para protegernos desde el miedo, sino para competir desde la audacia. La competencia es vivificadora. Es posible que Trump acierte si lo que logra es que se produzca en su país sin renunciar al libre comercio. Ahí es donde podremos vernos las caras, porque la libertad sigue siendo el territorio más fecundo.

LAS MENTIRAS DEL EMPLEO

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Las estadísticas –se sabe desde que alertó de ello Mark Twain– son otra forma que tiene el ser humano de mentir. Aun así, en países como el nuestro y en los del entorno europeo, los organismos oficiales ofrecen suficientes datos para desmontar mensajes tan mendaces como los que frecuentan la escena política española. Tan pronto sale un buen dato de empleo, la oposición y los sindicatos ponen el foco en su carácter temporal, desvirtuando la noticia. ABC demuestra hoy que la temporalidad ha acompañado prácticamente siempre al mercado laboral. Desde 1985, mantenemos la misma tasa de trabajo inestable. No es para alegrarse, ni mucho menos, pero sí para reflexionar acerca del escaso rigor con que se mueven nuestros representantes en general. No existen peores condiciones laborales ahora que cuando Zapatero, Aznar o González estaban en La Moncloa. Por tanto, bienvenido sea cada nuevo puesto de trabajo y que cada uno ocupe bien el suyo para mantenerlo por muchos años. Que se apliquen el cuento aquellos políticos cuyo discurso está basado en la mentira, tal vez ellos deberían ser más provisionales.

LA TRANSICIÓN

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Apenas han transcurrido unos días del recién estrenado 2017. Va a ser decisivo en la vida de España y, probablemente, del mundo. Es posible que todos los años lo sean de una u otra forma para cada uno de nosotros. Entre otras efemérides, celebraremos el 40 aniversario de las primeras elecciones democráticas tras la muerte de Franco; es decir, cuatro décadas de la transición en su expresión máxima: la de que el pueblo ejerza su soberanía y decida quién le gobierna. Quizá por eso sea una buena oportunidad para poner en valor lo que supuso para toda España la voluntad del Rey Juan Carlos, impulsada y ejecutada por Adolfo Suárez, de transitar pacífica y ordenadamente de un régimen autoritario a un sistema democrático y de libertades. Ahora que se quiere cuestionar ese tiempo y sus consecuencias, será el momento de que se reivindique como éxito colectivo de nuestra sociedad. Frente a la Guerra Civil que perdimos todos, está la Transición que ganamos todos. Ya es duro que aquella etapa se llevase por delante a sus protagonistas, e incluso a los partidos que la guiaron. No permitamos ni su tergiversación ni amnesia alguna.

DEJAD EN PAZ A LOS NIÑOS

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Que los niños catalanes acudan a las cabalgatas de Reyes con esteladas y otros símbolos independentistas no tendría mayor importancia, si no hubiese por detrás una manipulación histórica, un fraude social, el afán de levantar un muro emocional, además de una vergonzosa utilización de los inocentes. A las ideas insensatas no les demos el valor de nuestro escándalo, ni alimentemos a sus promotores con nuestra antipatía. Tan solo censuremos con serenidad la instrumentalización del candor infantil. Algo reprobable desde cualquier punto de vista, pero sobre todo cuando a esos pequeños se les educa en el odio al vecino, al otro, incluso en muchos casos a los propios familiares que piensan distinto. Dejen a los niños en su infancia, uno de los pocos paraísos que el ser humano ha logrado preservar. Déjenlos disfrutar de la emoción y la magia de un atardecer de enero que, más allá del desfile de carrozas, encierra una de esas mentiras piadosas con las que se construye la felicidad más temprana. Tengan piedad de su ingenuidad y nos les inoculen sus hostilidades. No les roben su noche de Reyes.

DE CÓMO LAS CARRETERAS NOS MATAN

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Las carreteras vuelven a matar más de lo previsto, y de lo deseado. Una sola muerte en accidente es demasiado. Habíamos mejorado en la estadística negra de los fallecidos sobre el asfalto. Parecía que el carné por puntos funcionaba, pero un mínimo repunte de la economía, un poco más de alegría en el bolsillo, gasolina más barata y más coches en ruta nos han traído el mal dato de que los siniestros son noticia por su nuevo crecimiento. Como en tantas cuestiones en la vida, habrá que insistir otra vez en la prudencia, en no ingerir alcohol si se conduce, en moderar la velocidad, en revisar el vehículo y tratar, por tanto, de que el camino no se vuelva en nuestra contra. Como siempre, le pediremos al Estado que lo resuelva, pero hace cientos de años que sabemos que peor que cometer un error es perseverar en él. Los automóviles son un gran instrumento del progreso, siempre que sepamos utilizarlos. Hay que interpretarlos en clave optimista, porque nos han dado más satisfacciones que disgustos. Nunca mejor dicho, recuperemos la buena senda.