Calidad democrática

Vivimos tiempos inquietantes para la democracia. Al menos para el modelo occidental, tal y como lo habíamos entendido hasta hace bien poco. De nuevo, los dos horribles demonios del siglo pasado, que tanta muerte y destrucción generaron, vuelven a aparecer: el nacionalismo y su xenofobia, y el comunismo y su afán totalitario. Muchos estudiosos creen que hay similitudes entre los años treinta del siglo XX y los actuales. En España, sin ir más lejos, ocupa la silla de presidente del Gobierno una persona que no se ha sometido a la voluntad democrática de los votantes. Es legal, sin duda, pero carece de cualquier calidad democrática. Estamos en agosto y la ola de calor nos nubla un poco el análisis, pero en septiembre, con la cruda realidad, veremos que Sánchez carece del más elemental sentido de Estado y de la Historia y que, por ignorar, ignora quiénes son en realidad sus aliados parlamentarios y el país en el que vive y ahora desgobierna. En sus ensoñaciones, se fía de las encuestas y se ve viviendo para toda la eternidad en La Moncloa, y para ello está dispuesto a lo que sea. Y ese es nuestro problema.