Manuel Erice

En Pamplona, su ciudad, murió ayer Manuel Erice, uno de los grandes y entregados periodistas de ABC. Hoy, esta casa, su casa, está de duelo. La vida no fue justa con Manuel. Como ocurre tantas veces, Dios se lleva a los buenos cuando aún les queda mucho por hacer y muchos años y sueños que cumplir. A su pasión por el periodismo, sumaba la aventura y ventura de sus dos hijos y una capacidad de derrochar afecto entre todos los que tuvimos la suerte de conocerlo y compartir intensas horas de redacción con él. Navarro de pura cepa, siempre tuvo claro que su patria abarcaba el mundo entero. Sus primeras lides profesionales las firmó en Canarias, pasó luego por Castilla y León, ocupó diversos puestos en Madrid y terminó sirviendo a este diario en una de las grandes plazas, Washington. A Manuel, a su profesionalidad, a su rigor, a su empatía, a su sencillez, a su solidaridad, a su valentía, a su entereza, a su fe en la vida… le debemos una oración y un recuerdo eterno. Y a su trabajo, que seguirá vivo para siempre en la hemeroteca de ABC, al que tanto quiso y al que tanto dio.

Antagonistas

Pa­blo Ca­sa­do in­quie­ta se­ria­men­te a sus ri­va­les. Des­de que apa­re­ció en la es­ce­na co­mo má­xi­mo di­ri­gen­te del PP, no de­ja de re­ci­bir in­sul­tos y des­ca­li­fi­ca­cio­nes de sus an­ta­go­nis­tas po­lí­ti­cos. Es­pe­cial em­pe­ño po­ne el PSOE, que ha con­clui­do que de­fen­der va­lo­res de­mo­crá­ti­cos de to­da la vi­da te con­vier­te au­to­má­ti­ca­men­te en un pe­li­gro­so per­so­na­je de la ex­tre­ma de­re­cha. Ade­más de al­gu­na sig­ni­fi­ca­da ter­mi­nal me­diá­ti­ca, con ca­pi­tal muy de de­re­chas, se ha sig­ni­fi­ca­do en la con­tu­ma­cia el al­cal­de de Va­lla­do­lid, Os­car Puen­te. Las ocu­rren­cias de es­te por­ta­voz so­cia­lis­ta no re­sis­ten un so­me­ro re­pa­so de la he­me­ro­te­ca, en don­de se guar­dan per­las co­mo la com­pren­sión del ré­gi­men cha­vis­ta, lo que lo con­vier­te a él en un ex­tre­mis­ta iz­quier­do­so, a te­nor de su pro­pia es­ca­la de va­lo­res, me­di­das y pe­sos po­lí­ti­cos. Pues­tos a ha­cer aná­li­sis de fon­do, con la al­tu­ra in­te­lec­tual que ca­rac­te­ri­za a Puen­te, po­de­mos con­cluir que Sán­chez es a Fe­li­pe Gon­zá­lez, lo que Chi­qui­to de la Cal­za­da a Grou­cho Marx. Aun­que es cier­to que el sen­ti­do del hu­mor nun­ca fue el fuer­te de la iz­quier­da, y me­nos de la ex­tre­ma.

La España real

«Amo España», escribió el pasado 15 de julio Jens Ulrich en la última página de ABC. «Amo sus playas –prosiguió–, su interior, su cultura, historia, gastronomía, fiestas y gente amable». Recordaba Ulrich que lo mismo le ocurre a miles de daneses. Y nada menos que a más de 87 millones de personas que decidieron el año pasado visitar nuestro país y convertirlo en la tercera potencia turística mundial. Existe una España real y otra que se empeña en levantar una contrafigura de nuestra sociedad. Hoy gran parte de los españoles disfruta de sus vacaciones y otra parte hace su agosto con el buen estado del sector turístico. Como toda obra humana, y como toda sociedad, siempre hay nubarrones en el horizonte. Nadie lo duda. Tenemos un Gobierno débil al que nadie votó. Los taxistas se hacen un lío con la transformación de la nueva economía. Unos nacionalistas quieren romper el país, aunque España resiste felizmente. Lo cierto es que estamos en vacaciones y vivimos en una nación alegre y feliz. Una realidad que se evidencia en las autovías, trenes y aeropuertos, además de hoteles y restaurantes. Todo lleno.

Calidad democrática

Vivimos tiempos inquietantes para la democracia. Al menos para el modelo occidental, tal y como lo habíamos entendido hasta hace bien poco. De nuevo, los dos horribles demonios del siglo pasado, que tanta muerte y destrucción generaron, vuelven a aparecer: el nacionalismo y su xenofobia, y el comunismo y su afán totalitario. Muchos estudiosos creen que hay similitudes entre los años treinta del siglo XX y los actuales. En España, sin ir más lejos, ocupa la silla de presidente del Gobierno una persona que no se ha sometido a la voluntad democrática de los votantes. Es legal, sin duda, pero carece de cualquier calidad democrática. Estamos en agosto y la ola de calor nos nubla un poco el análisis, pero en septiembre, con la cruda realidad, veremos que Sánchez carece del más elemental sentido de Estado y de la Historia y que, por ignorar, ignora quiénes son en realidad sus aliados parlamentarios y el país en el que vive y ahora desgobierna. En sus ensoñaciones, se fía de las encuestas y se ve viviendo para toda la eternidad en La Moncloa, y para ello está dispuesto a lo que sea. Y ese es nuestro problema.

Cortinas de humo

Este Gobierno, que no hemos votado ningún español, va a poder abordar pocas cuestiones trascendentales. Se quedará con el «antisocial» presupuesto de la derecha, incluido el muy diestro PNV. No acometerá una reforma laboral, porque también quiere contentar a los empresarios. Tendrá muy complicado hacer nada con la Constitución, por no señalar las contradicciones en cuestión de horas de la ministra Batet. Así que solo le quedará el agit-prop durante el tiempo que el viento de cola de la economía vaya actuando de bálsamo social. Con toda probabilidad, será un gobierno instalado en la superficialidad. Si no, al tiempo; porque en democracia podrás llegar a ocupar el poder por una moción de censura, pero será muy difícil que administres pensando en el bien común cuando solo sumas 84 escaños y no eres la lista más votada por el pueblo soberano. Por eso prepárense, porque este Ejecutivo de cálculo y el PSOE, desde Ferraz, se dedicarán a levantar cada día una cortina de humo, sin descartar ciertos desprecios a derechos elementales de la ciudadanía.