Los límites del diálogo

Sánchez, ese señor al que nadie votó para ser presidente del Gobierno y que ocupa La Moncloa con 84 escaños todavía no se enteró de que el independentismo es irreductible y que solo tiene un objetivo: la independencia de Cataluña. A pesar de ello, está dispuesto al llamado diálogo, que no es otra cosa que ceder en prácticamente todo. Por eso va a sucumbir: dará más dinero a la Generalitat –a pesar de la monumental deuda que ya mantiene con la Hacienda española–; ventajas fiscales, que también queremos los demás; restaurar la diplomacia catalana, que es un modo de negarse a sí mismo como presidente de todos los españoles; impulsar más la lengua catalana, en detrimento del español y de la libertad; revisar las sentencias del Constitucional, que es una ilegalidad a todas luces, y hablar de presos y referéndum. Vamos, que Sánchez se va suicidar a manos de Torra. Es lo que tiene el diálogo, motivado por una perversa ambición. De esta manera, el socialista interino de La Moncloa gobernará para las minorías, pero se olvidará de la inmensa mayoría de los españoles que piensan exactamente todo lo contrario.

Bienvenidos a la democracia

Uno de los problemas de los españoles es la pésima cultura política y democrática que padecemos. Especialmente grave en aquellos que se dedican a la política y más preocupante todavía en los que nos gobiernan. Los lamentos de la portavoz de Sánchez en el día de ayer por no poder aprobar la senda de déficit, vienen a poner en evidencia que en vez de entender la democracia como la forma más eficiente de gobernarnos –en donde la oposición fiscaliza y el Ejecutivo consuma su programa dentro de los márgenes de la ley–, estos socialistas se lamentan de lo que justamente ellos hacían apenas unos meses. ¿O qué fue la moción de censura, sino eso? Bienvenidos a la democracia. Y no se olviden de que están gobernando con 84 escaños, más el apoyo de filoetarras y golpistas. En cualquier otro lugar, la náusea estaría garantizada. Todavía hoy no se han percatado de que lo que se instaló en La Moncloa es un vacío de poder que, a medida que pasen los meses, estará cada vez más atormentado. Y cuanto más se empeñe en no convocar elecciones, para que el pueblo se pronuncie, más desastroso será su resultado.

Un problema global

Apenas han pasado dos meses y la terca realidad le ha dado la razón a la portada que ABC publicó el domingo 10 de junio. Lo que ocurre es que la calidad de la democracia y de la libertad de expresión en España pasa por ser ínfima en estos momentos. Informar y advertir, recogiendo fuentes del Ministerio de Interior, sobre la oleada de inmigrantes que estaban llegando a España -al mismo tiempo que unos ministros se fotografiaban en Valencia con el Aquarius-, es exclusivamente un ejercicio informativo. Todas las perversas y torticeras interpretaciones que se le dieron a la mera descripción únicamente estaban en la sucia mirada de quienes buscaron otra cosa que no fuese el relato de los hechos. La inmigración es una evidencia. Ha existido siempre, pero ahora adquiere tintes de preocupación por la dificultad que tenemos para acoger cada día a medio millar de personas. La opulenta y libre Europa tiene un problema, pero aflora en la contradictoria y acomodada España. La paradoja está en que los necesitamos, pero no tenemos una política de extranjería y acogida preparada para atender el desbordante efecto llamada, que por cierto sí lo hay.

Voces de alarma

El Banco de Santander ha alertado del enorme error que puede suponer incrementar la presión fiscal en España. Sobre todo a las empresas que generan riqueza y empleo. Es curioso que Sánchez fuese en su día a tratar de entender la estrategia del primer ministro portugués, António Costa, para desalojar a la derecha del poder, y no aprovechase para tomar buena nota de sus recetas económicas. Fórmulas que desde luego no pasaban por gravar todavía más a ciudadanos y empresarios. Hace años que se sabe que cuando los ciclos económicos están al alza, bajar los impuestos genera más bonanza y más recaudación. Ya en tiempos de Montoro clamábamos por otra política fiscal. La que entendíamos que debería hacer un Ejecutivo de corte liberal y centroderecha. Me temo que con este Gobierno instalado en la precariedad, pedir luces largas y estrategias de largo recorrido es un empeño estéril. Lamentablemente, estamos ante un grupo de ministros que tiene fecha de caducidad y que cuenta su gestión por días. Con semejante precariedad, el destrozo en la economía todavía puede ser mayor. Después volverá el llanto.

Escuchen a Borrell

Sorprenderse ahora de la debilidad de este Gobierno sería un acto de enorme cinismo. Un Ejecutivo basado en apenas 84 escaños tiene muy difícil dirigir el país, cuando parte de sus otros apoyos están empeñados en llevar a España al abismo. El mismo Borrell, que logró conferirle a este Consejo de Ministros el calificativo de «bonito», acaba de señalar el camino correcto: la unidad de España por delante de todo. Mejor elecciones que ceder ni un ápice más a los independentistas. Acertar o no va a depender de lo que de verdad tenga en su cabeza y en su credo democrático el actual interino de La Moncloa. Debería quedarle claro que sus buenas intenciones acerca de mantener la unidad territorial y la vigencia de la Constitución con un Gobierno monocolor, apoyado por Puigdemont, Junqueras, Bildu, Podemos y sus confluencias y el PNV, chocan contra la terca realidad. De nuevo ha sonado la hora de que los ciudadanos nos pronunciemos, y de paso sería bueno que Sánchez reconociese que el panorama político actual en gran medida es culpa de su «no es no». Porque las prisas nunca son buenas y las ansiedades en política siempre se pagan.

Responsabilidad

Es chocante que Sánchez pida responsabilidad a Pablo Casado. Él, que instaló el «no es no» en la política española, en un gesto de irresponsabilidad que llevó a cosechar el más pobre resultado del socialismo español: 84 escaños. Con ese escaso apoyo, más los votos de golpistas y filoetarras, el líder socialista, interino en La Moncloa, pide al nuevo presidente del primer partido en escaños que sea responsable. Chocante y osada actitud. Hay otra parte de España que le pide lo mismo a él, quien parece dispuesto a cualquier cosa con tal de poder usar el avión oficial. De Sánchez, que todavía no ha dado una rueda de prensa en España, sólo sabemos que le gusta hacer fotos poco auténticas y que se muestra inclinado a escuchar a los independentistas frente al clamor del resto de España. Esa actitud infantil, y un tanto egocéntrica, suele crear un régimen en el que los que gobiernan tienden a anteponer su peripecia y biografía personal a la verdadera responsabilidad social. Un buen ejemplo es el actual inquilino de La Moncloa, que debería de una vez por todas convocar elecciones, si de verdad quiere ser responsable.

Pensamiento único: nunca más

Lo más trasnochado y cavernícola que hay en el panorama político español es la supuesta superioridad de la izquierda. Vamos, que están como para dar lecciones de cultura y democracia Sánchez, Carmen Calvo o Pablo Iglesias. Algunos de ellos rozan los estándares elementales en cuanto a crédito y práctica democrática. Ya no digamos de talante y tolerancia. Supongo que la misma ley y consenso político que sirve de paraguas para que independentistas y filoetarras digan lo que dicen también nos amparan a quienes creemos en la vida, en la unidad de España, en la libertad, en la economía libre de mercado, en la propiedad privada, en el esfuerzo personal y en el valor de la lengua común. Digo yo que podremos decirlo, o ¿ya nos van a meter en la cárcel por ello? Tratar de descalificar a Pablo Casado por defender esos principios sí que es antidemocrático y cavernícola. Estamos empeñados –o mejor dicho, están– en presentar la democracia al revés. Las sociedades avanzadas tienen que favorecer un contraste de opiniones civilizado y sereno. Y no parece el caso. Insisto, están como para dar lecciones.

El valor de la unidad

Detenerse a estas alturas en alabar la eficacia de la unidad, una vez elegido un nuevo líder del centro-derecha, parece, cuando menos, ocioso. Si hay que volver a explicar a las bases –además de a vencedores y vencidos– el valor que tiene mantener unida y cohesionada a la gran corriente de opinión y acción política que representa el PP, apañados vamos. Pero creo que Pablo Casado, al que le queda una tarea ingente por delante, tiene claro que su principal objetivo es la victoria electoral en las próximas generales y que para ello necesita de la enorme fuerza que representa la unión de su partido. Tal vez las tres columnas sobre las que el nuevo presidente popular debe apoyarse son la unidad, la renovación y el sujetarse a los valores. Pero debe hacerlo sin complejos. La superioridad moral de la izquierda es algo trasnochado que no le concierne a la generación de Casado. Seguramente a ninguna. A partir de ahora, para ganar el futuro, deberá saber cambiar, pero sin renunciar a ninguno de los principios que explican la razón de ser de su partido. Y deberá hacerlo con valentía.

El ejemplo Rajoy

Hay que saludar con regocijo democrático todo lo que acontece en el PP. El reproche recurrente sobre su inmovilismo ya no vale de munición a sus oponentes. El congreso iniciado ayer, y todo el largo mes y medio previo, no puede despacharse, como suele hacer la izquierda mediática, a base de simplezas y sectarismos. Tal vez no hubo debate de ideas, como ocurrió con Sánchez, que en su día se presentó como el ala liberal del socialismo y ha acabado por aceptar el apoyo de los golpistas. Pero se ha estrenado una manera de llegar a la dirección del partido, que nada tiene que envidiar a la de ningún otro. Habrá tiempo para valorar esta nueva etapa. Hoy merece especial consideración Mariano Rajoy. Su bonhomía y ejemplo se agrandan día a día. Retornó a su plaza de registrador en un pueblo de Levante, sin apego alguno a los oropeles de los políticos cesantes. Abandonó su escaño y declinó privilegios y rentas vitalicias. Se gana el sueldo trabajando y viviendo con la mayor normalidad, como la inmensa mayoría de los ciudadanos. No tocará las narices a ninguno de sus sucesores, ni en Génova ni en La Moncloa, pero acudirá siempre que se le llame y lo necesiten.

Sin complejos

El que diga que sabe quién va a ganar el congreso del PP, sencillamente, miente. Llegamos al inicio de este cónclave con la intriga que supone el que, en apariencia, ninguno de los dos candidatos tenga asegurada la victoria. Ahora bien, quien de verdad debería salir vencedor es el propio PP. España necesita un partido fuerte que enarbole sin complejos los principios y valores del centro-derecha. Porque defender la libertad, la convivencia, la libre iniciativa, la propiedad, la unidad de España, la lengua común y tantos otros baluartes de la democracia no debería suponer menoscabo alguno para ningún líder. El PP, como diagnosticó en su día un veterano secretario general, es mejor que sea «un partido sin Gobierno, que un Gobierno sin partido». El pragmatismo no vale siempre. Es una simple estrategia para una coyuntura, pero no un ideario político. Gane Soraya o Casado, los populares están obligados a orientarse a la recuperación de un patrimonio ideológico que les rescate de su rostro de simples gestores. Hay que levantar de nuevo un discurso de partido que devuelva a su lugar a tantos demagogos que dicen hablar en nombre de la gente.