Sin complejos

El que diga que sabe quién va a ganar el congreso del PP, sencillamente, miente. Llegamos al inicio de este cónclave con la intriga que supone el que, en apariencia, ninguno de los dos candidatos tenga asegurada la victoria. Ahora bien, quien de verdad debería salir vencedor es el propio PP. España necesita un partido fuerte que enarbole sin complejos los principios y valores del centro-derecha. Porque defender la libertad, la convivencia, la libre iniciativa, la propiedad, la unidad de España, la lengua común y tantos otros baluartes de la democracia no debería suponer menoscabo alguno para ningún líder. El PP, como diagnosticó en su día un veterano secretario general, es mejor que sea «un partido sin Gobierno, que un Gobierno sin partido». El pragmatismo no vale siempre. Es una simple estrategia para una coyuntura, pero no un ideario político. Gane Soraya o Casado, los populares están obligados a orientarse a la recuperación de un patrimonio ideológico que les rescate de su rostro de simples gestores. Hay que levantar de nuevo un discurso de partido que devuelva a su lugar a tantos demagogos que dicen hablar en nombre de la gente.

Hijos del éxodo

Informar sobre la inmigración no significa estar en contra. Ahora bien, cerrar los ojos a una evidencia, por mucha superioridad moral que se posea, es una solemne estupidez y no arregla nada. La cuestión migratoria es tan vieja como el hombre. En el fondo, todos somos hijos del éxodo. Es consustancial al ser humano. Nadie se resigna a malvivir en una tierra a la que ni siquiera le preguntaron si quería venir. Pero las políticas de acogida no pueden estar basadas ni en el «buenismo» ni en la xenofobia. España es una de las fronteras más desiguales del globo terráqueo. Y los españoles, como los italianos y los franceses, votamos con cierta impudicia a partidos que promueven medidas agresivas contra el extranjero, mientras se nos llena la boca con un doble discurso a favor de una integración sin reservas. La Europa acomodada y vieja necesita inmigrantes, y al tercer mundo le faltan esperanzas. Deberíamos hacer algo más audaz y valiente que taparnos los ojos o ponernos estupendos a base de una hipocresía que no soporta enterarse de que miles de africanos llegan a nuestras costas.

Lecciones a Trump

Tal vez los finos, elegantes y sofisticados europeos nos estamos equivocando en el análisis del patán de Trump, a la sazón presidente de la primera potencia mundial. De momento, no ha estallado la tercera guerra mundial, ni ha lanzado bomba atómica alguna sobre Corea del Norte, ni siquiera ha puesto en marcha de verdad la gran muralla mexicana. Hasta donde sabemos, lo único probado es que la economía de su país crece como nunca y que su obsesión por que los productos chinos no inunden sus mercados se enmarca en la tensión propia de cualquier proceso negociador. No voy a defender aquí a Donald Trump, aunque sería de los poquitos en atreverse dentro de la España civilizada y avanzada en que nos hemos convertido desde hace mes y medio. Pero sí me impongo a mí mismo reconsiderar todos los lugares comunes de la prensa mundial acerca de lo que está haciendo y logrando. No me gustan sus formas, comentarios, gestos ni lo que representa. Ahora bien, pretender darle lecciones desde esta vieja piel de toro, donde la fragmentación electoral ha dado a luz a gobiernos imposibles, se me antoja de una soberbia estúpida.

Después del plasma

El denominado «Gobierno bonito» va tomando formas cada vez más feas. De nuevo tenemos en La Moncloa a un presidente que, además de no haber sido votado por nadie, solo quiere gobernar para la mitad de los españoles, mientras deja al resto estupefacto. Y eso que no ha hecho nada más que empezar. Lo que sí es evidente en él es que sus creencias democráticas flojean. Lo sabíamos desde hace tiempo, pero ahora queda aún más claro, no solo por haber aceptado llegar al poder a cualquier precio y forma, sino también por no haber dado ni una sola rueda de prensa en territorio español después de 42 días en el cargo. Lo del plasma de Rajoy era una broma al lado del silencio sonoro de Sánchez. Vamos, un demócrata lleno de coraje y valor. Tiene miedo a las preguntas de los periodistas. Este Gobierno necesita más compromiso con todos los españoles y menos espectáculo. Sánchez y sus ministros se sienten obligados a llevar la contraria en todo a sus predecesores. Por eso ofrecen cada día un dislate. Tal vez, para justificar que se quedan con lo esencial de Rajoy: el presupuesto, la reforma laboral y un país en vacaciones que ya no sufre la crisis.

Casualidades, pocas

Las casualidades y el azar existen, incluso en política, aunque es en este campo donde menos me fío de ellas, ya que suele ser terreno fecundo y abonado para las conspiraciones. No creo que Sánchez, al que nadie ha votado y ocupa La Moncloa con 84 escaños, haya llegado por suerte ni por un brote repentino de dignidad social, fomentada por Bildu y los independentistas catalanes. La situación actual de España se vuelve de enorme gravedad por momentos. Impera una corriente de autodestrucción y odio, alimentada –no se sabe muy bien el motivo– por un sistema mediático absolutamente desquiciado, mientras el Gobierno sale a ocurrencia por día, pero siempre en dirección contraria a la lógica. Llaman progresistas a iniciativas de involución, demócratas a los golpistas, defensores de la libertad a quienes nos la quieren recortar y generadores de riqueza a aquellos que nos arruinan y meten la mano en el bolsillo del ciudadano. Solo faltaba Nadia Calviño para confirmar lo que ya sabíamos: con el gasto anunciado por un Ejecutivo cada día más feo y represor, no vamos a cumplir el objetivo de déficit de la UE. Es decir, por mal camino.

Qué España quiere el PSOE

El PSOE tiene una fascinación por el nacionalismo muy difícil de entender. La última ocurrencia de Aragón es una más de las incontables que los socialistas españoles alumbran con un aparente y único objetivo: romper España. Es de difícil explicación, su empeño. Uno se pregunta exactamente qué quieren gobernar los socialistas: ¿Una nueva España de taifas? Es más, si hay alguna doctrina contraria a la historia de la socialdemocracia, esa es el nacionalismo. Pero aquí los tienen, desde Zapatero hasta Pedro Sánchez, pasando por Maragall e Iceta, nadie ha puesto más empeño en dividir la nación más antigua de Europa. La suya y la mía. Es una irrefrenable pasión por el suicidio. Trastorno que va a llevar a Sánchez, al que no eligieron los ciudadanos, a cosechar otra monumental derrota en las próximas generales. Acepto apuestas. Continúa empeñado en debilitar la idea de España para que cada autonomía se interprete a su libre albedrío, con el fin de que nuestro ser histórico se despeñe por el abismo de la ficción, y terminemos siendo un país débil, carente de atractivo y que renuncia a cualquier idea de progreso.

GANAR TIEMPO

El Gobierno más débil e hipotecado de la historia de la democracia española no puede hacer otra cosa que lo que ayer Sánchez: enseñar los jardines de La Moncloa y tratar de ganar tiempo. Eso sí, en ese juego, el independentismo se rearma, el supuesto apaciguamiento se convierte en claudicación y la inmensa mayoría nos preguntamos la razón por la cual tenemos que pedir perdón a unos sediciosos. Sánchez sabe desde el principio que no puede ceder ante Torra en nada. Todo es pura apariencia. Su único objetivo es evitar que una coalición de centro derecha, por ejemplo PP-Ciudadanos, vuelva a poner el foco –como ayer dijo Rivera en el Foro de ABC– en los intereses del conjunto de españoles. De todos, y no solo en los de unas minorías antidemocráticas, a las que ahora mismo Sánchez contempla como su único apoyo. No debemos olvidar que está donde está sin que lo hayan votado los ciudadanos. Es una forma extraña de entender la democracia, y una evidencia del escaso respeto a las mayorías que algunos profesan. Hay que advertirlo todos los días: la situación de España es muy peligrosa.

Falta de compromiso

El momento que vive España es de suma gravedad. El PSOE ha decidido aliarse con la extrema izquierda y los independentistas con el único objetivo de que Sánchez, que no fue votado por los españoles, duerma en La Moncloa. No hay nada más detrás. Escuchando ayer a la actual portavoz del Gobierno, al ciudadano medio le entran ganas de llorar. Quítate tú que me pongo yo es el corolario final de un político que carece de las más mínima idea del bien común y del servicio a la sociedad. Lleva un mes en el poder y todavía no ha dado ni la primera rueda de prensa. Frente a él, ahora mismo no hay nadie. Rivera, desaparecido tras su error de cálculo. El PP, enfrascado en su elección de nuevo líder, preludio de su paso por el desierto. Solo dos o tres medios alertamos acerca del desmontaje antidemocrático que se está perpetrando en la España actual, a manos de una de las clases políticas más irresponsables del último medio siglo. La carencia de compromiso por parte de la ciudadanía también explica tal infortunio.

Vivir en la confrontación

Alguien en la bienintencionada y democrática España creía que un pacto con los independentistas y golpistas arreglaría el problema catalán. Ingenuos. Se olvidaban de que la razón de ser de los separatistas es la confrontación. Nueva oportunidad, por tanto, para Rivera, cuyo discurso sigue siendo el único claro frente a los sediciosos. Se volverá a mirar y a escuchar otra vez al líder de Ciudadanos. A la espera de que el PP, con nuevo presidente, retome su firme papel de la defensa de la unidad de España. Difícil se le presenta el panorama a Sánchez, que ocupa La Moncloa sin haberlo votado los ciudadanos y con 84 exiguos escaños. A ver cómo explica ahora el dirigente socialista que su pretendida «distensión», más entendida como claudicación, solo ha servido para ahondar en la fractura social. A lo mejor no le quedará más remedio que aplicar el 155, pero ahora con TV3 incluido. De lo contrario -que no se engañen ni Pedro ni Pablo-, el pueblo español los empujará al desván de la Historia. Lo del Parlamento autonómico catalán es la evidencia de que Sánchez se equivoca y que Cataluña sigue siendo nuestro primer problema.

Está ocurriendo y no lo vemos

En España están ocurriendo hechos muy graves, pero la bonanza económica, y tal vez el arranque vacacional, parecen narcotizar a la opinión pública. Llamar distensión a una claudicación formal ante nacionalistas e independentistas, el asalto de la izquierda a RTVE con notable desprecio de sus propios profesionales, la subida de impuestos que se anuncia, el silencio clamoroso de un presidente que ningún ciudadano votó, la petición -denegada en su día a la Generalitat- de comprar armas largas y el incremento de la plantilla de mossos, las cesiones al PNV, el director del CIS encastrado en la ejecutiva del PSOE en un alarde de desprecio democrático sin precedentes… ¿Alguien albergaba dudas de que había un precio que pagar? Y mientras, las terminales mediáticas de la izquierda y extrema izquierda celebrando los datos de empleo, como si fueran mérito de un Gobierno que tomó posesión el 7 de junio. Resulta que ya no somos el país de segunda que ellos predicaban, ni nos estábamos hundiendo en la miseria ni somos los más desgraciados de Europa.