PROPORCIONALIDAD

La sentencia de la Gürtel no ha sorprendido a casi nadie. Se esperaba. No diré que estaba descontada, como se acostumbra en el argot bursátil, pero reconozcamos que, de una u otra manera, partían condenados. Me abstendré de entrar, al menos hoy, en las revocaciones de jueces, así como en las sensibilidades ideológicas conocidas de alguno de los miembros del tribunal. Permítanme, sin embargo, que como ciudadano común que milita en el batallón de los perplejos, me pregunte cuánto vale para un legislador la vida y cuánto el prosaico dinero. El ser humano es la medida de todas las cosas, y por eso sabemos que quitársela a uno en España se paga con apenas ocho o diez años, mientras que blanquear puede costar una pena de medio siglo. Algo hacemos mal. Qué poco valor tiene la vida para un juez que comprende y perdona a los terroristas, y qué avaricia guarda en su alma cuando se trata de delitos de corrupción y monetarios. Lejos de mí cualquier intento de justificar a corrupto alguno, pero sí me atrevo a cuestionar nuestras leyes. No existe proporción. Y tal vez los jueces tampoco sean hombres buenos, sobre todo cuando juzgan a los asesinos.