FRANKENSTEIN EN EL CAMINO

En todo este circo político que vivimos, ¿creen ustedes que alguien se ha detenido a pensar en el bien común de los españoles? ¿Realmente el país necesitaba ahora una moción de censura que destroza la economía, da alas a los independentistas y provoca un serio retroceso en el juego democrático de las alternancias, vía la lista más votada? Solo a Sansón le fue permitido el privilegio de tirar de las columnas y llevarse el templo por delante junto a su vida. Pero Pedro Sánchez no es un Sansón de la política. No vamos a restarle al PP ni un ápice de responsabilidad en el momento de enorme riesgo que vive España, pero la ansiedad de Rivera, la contumacia obsesiva de Sánchez y la cada vez más evidente inconsistencia de Iglesias nos abocan a una situación que la inmensa mayoría no nos merecemos. Cada día nos parecemos más a los italianos; y en este punto no son el espejo donde reflejarse, cuando políticos de extrema derecha y aprendices de bufones sitúan a los transalpinos en un bucle de inoperancia y decadencia democráticas. Ya veremos, si tras el parto de los montes, efectivamente aparece Frankenstein.

LAS VERDADES DE VALLS

Manuel Valls, hijo del celebrado pintor español Xavier Valls, es ante todo un político coherente. Probablemente porque lo ha marcado la cultura política francesa, además suele hacer lo que dice. Demuestra determinación y firmes convicciones democráticas. Es fácil imaginar, por todo ello, que observe escandalizado lo que ocurre en Cataluña, donde unos sediciosos, jaleados por unas élites económicas, creen que pueden inventar una constitución, un país, una hacienda propia y una legalidad, mientras el Estado de Derecho tiene que mirar para otro lado, como si ellos, por el hecho de vivir en Cataluña –ya ni siquiera nacer–, son fuente de autoridad. No acabamos de saber por qué unirse para delinquir contra el Estado y la democracia hay que considerarlo muy actual y quienes defendemos la legalidad somos casposos. ¿Solo porque no vivimos ni nacimos en Cataluña? Reléanse un manual de historia de las ideas políticas y sabrán cómo se llama eso: fascismo. Por eso tiene toda la razón Valls cuando reprocha a esa burguesía económica y social catalana su enorme irresponsabilidad al llevar a una parte de la ciudadanía al matadero social, que es donde están ahora mismo.

MALOS PASOS

Me temo que plantear una moción de censura al actual Gobierno por hechos acontecidos hace más de quince años puede tener rentabilidad mediática, pero es un desastre para el país. Salvo que lo que se pretenda con esa iniciativa sea instalarse de nuevo en el tumulto de la monserga parlamentaria, más cercana al filibusterismo que a la solución real de los problemas de España. Volvemos a colocar la política en tiempos recientes, que creíamos felizmente superados. Días en que el objetivo central –y casi único– de los diputados de la variopinta oposición era consumar un gobierno Frankenstein, no supimos nunca muy bien para qué: si para arreglar el conflicto independentista, abordar reformas o preocuparse de verdad por las cosas de la vida. Que la división de poderes haya funcionado y un tribunal condene una causa de corrupción que afecta al partido del Gobierno demuestra que la democracia goza de buena salud en este país. Fiscalizar al Gobierno es un acto democrático, pero en esta ocasión tener sentido de Estado y responsabilidad lo es todavía más.

PROPORCIONALIDAD

La sentencia de la Gürtel no ha sorprendido a casi nadie. Se esperaba. No diré que estaba descontada, como se acostumbra en el argot bursátil, pero reconozcamos que, de una u otra manera, partían condenados. Me abstendré de entrar, al menos hoy, en las revocaciones de jueces, así como en las sensibilidades ideológicas conocidas de alguno de los miembros del tribunal. Permítanme, sin embargo, que como ciudadano común que milita en el batallón de los perplejos, me pregunte cuánto vale para un legislador la vida y cuánto el prosaico dinero. El ser humano es la medida de todas las cosas, y por eso sabemos que quitársela a uno en España se paga con apenas ocho o diez años, mientras que blanquear puede costar una pena de medio siglo. Algo hacemos mal. Qué poco valor tiene la vida para un juez que comprende y perdona a los terroristas, y qué avaricia guarda en su alma cuando se trata de delitos de corrupción y monetarios. Lejos de mí cualquier intento de justificar a corrupto alguno, pero sí me atrevo a cuestionar nuestras leyes. No existe proporción. Y tal vez los jueces tampoco sean hombres buenos, sobre todo cuando juzgan a los asesinos.

PARECÍA IMPOSIBLE

Parecía imposible hace unos meses, pero ya tenemos presupuesto. Ya está engrasada la máquina del Estado con la legalidad del gasto y, además, la estabilidad queda garantizada al menos para un año más. Conociendo a Rajoy, intentará llegar a la primavera de 2020 para convocar elecciones generales. La pena es que, paradojas de la vida, esa consistencia del sistema español se consiga a costa de hacerlo más dependiente del nacionalismo vasco. El día que PP y PSOE se percaten de que apoyarse el uno al otro en asuntos cruciales resulta lo más enriquecedor e inteligente para España -y para ellos mismos-, habremos cambiado para bien la historia de nuestro país. Reconozcamos que el presidente del Gobierno ha vuelto a demostrar que su resistencia le acaba dando réditos. No conviene caer en triunfalismos, pero el paso dado ayer en el Congreso es decisivo para la economía española y no deja de ser una inmersión en el realismo político, la fórmula que España necesita para seguir transitando por el camino de la convivencia y del progreso, toda vez que algunos prefieren empeñarse en llevarnos al abismo. En medio de tanta confusión, emerge el único actor que da prioridad a su papel institucional.

QUE INVENTEN ELLOS

Sin renunciar a analizar la actualidad más inmediata, la que se tropieza con nuestras narices y en ocasiones nos impide olfatear el futuro, creo, con toda ponderación, que en ocasiones se nos escapan hechos trascendentes. Situaciones que de una u otra manera pagaremos en el futuro si ahora no les prestamos la atención necesaria. Es el caso de la seria advertencia que ha hecho a España la Fundación Cotec. Nuestro país está por debajo del esfuerzo inversor en innovación propio de territorios avanzados. Seguir instalados en la vieja máxima hispana de que inventen ellos, nos deja en el territorio de la nada. Como muy bien concluyó Felipe VI: «España lo merece y lo necesita». Como necesita y merece que sus estudiantes sean excelentes y que la igualdad de oportunidades venga acompañada del esfuerzo y la meritocracia. Como precisa que sus universitarios no se nivelen por abajo y que el salto social se haga en base a esfuerzos objetivos de tesón y talento. España puede empeñarse en mirar el centímetro inmediato de su actualidad, pero es una irresponsabilidad no advertir de los errores del presente. Sin duda, pasarán factura en el futuro.

LA SINGULARIDAD ITALIANA

La nueva situación italiana viene a demostrar que el proyecto de Europa -en el que tan bien hemos vivido y convivido hasta ahora- está en riesgo. Atravesamos un tiempo de enorme dificultad en la construcción de la UE. Si ya fue mala noticia el Brexit, solo nos faltaban ahora los populistas transalpinos. De nuevo afloran los fantasmas que asolaron al viejo continente en el siglo pasado: totalitarismos, xenofobia, nacionalismo y fragmentación. Nuestra alegre y confiada sociedad sigue jugando con fuego y experimenta cierta fascinación por el populismo, lo que le lleva a bordear el abismo. Fue en ese marco europeo que ahora denuestan los nuevos gobernantes del Movimiento 5 Estrellas y la Liga, donde España cedió al capital italiano algunas de sus mejores joyas, como por ejemplo Endesa o Abertis. El caso de Endesa es flagrante. Una compañía estratégica para nuestro país en manos de un Estado dirigido por partidos antieuropeos. Tal vez la UE ha de repensarse para lograr una Europa más unida e integrada pero, aunque suene a contradicción, España debería revisar el statu quo de algunas de sus empresas en manos italianas.

EL CONTRIBUYENTE

En este diario hemos mantenido reiteradamente que otra política fiscal es posible en España. De igual forma, hemos advertido con insistencia al Partido Popular sobre lo mucho que su empecinamiento le distanciaba de sus votantes. No era una pataleta, como injuriosamente algunos dejaron deslizar, sino la reflexión serena acerca de una Agencia Tributaria que se lleva por delante el principio sacrosanto de la presunción de inocencia, al considerar culpable a todo ciudadano y ejercer un abuso de autoridad impropio en una sociedad avanzada, hasta convertir en súbdito al contribuyente. Sobre todo ello han reflexionado días atrás, en Granada, algunas de las cabezas más lúcidas del Derecho tributario y fiscal español. Nadie cuestiona que haya que pagar impuestos, pero sí es un clamor extendido por todo el país que la relación de la Hacienda con la ciudadanía debe ser otra, basada en una vocación de servicio y colaboración. El inspector ha de evitar actuar como un comercial obsesionado por su bonus de fin de año y demostrarse un servidor público, consciente de que en toda ecuación lo prioritario es el contribuyente.

LA ENVIDIA

El comunismo, como hizo siempre a lo largo de la Historia, vuelve a agitar la envidia en la España actual. En ese caldo de cultivo del sufrimiento que fue la reciente crisis económica –sobre la que, por cierto, algún cráneo privilegiado del Banco de España asegura haber advertido ya por 2006–, afloraron como setas en otoño todo tipo de manifestaciones, en las que se embalsaban el cabreo y el ansia de venganza de miles de ciudadanos. Terreno abonado para que irrumpieran unos aspirantes a gobernantes –con viejas ideas que creíamos superadas–, que volvieron a remover el eterno pecado español de la envidia. Una mezcla de desazón y codicia que trataba de reprochar las legítimas ansias de todo aquel que, con su esfuerzo y dentro de los márgenes de su libertad, aspirase a mejorar su vida, su bienestar e, incluso, llegar a ser rico. En España todavía se mira mal a quien gana dinero, a quien genera riqueza, a quien se esfuerza. Los celos habitan tanto en palacios como en las cabañas de los pastores. Un país de funcionarios tiende al rencor y a la desazón. No olvidemos que la envidia es la forma más sincera de admirar a alguien.

EL PROPIETARIO

Probablemente sea uno de los pocos periodistas en España al que no le parece mal que Pablo Iglesias y su compañera, Irene Montero, se compren un chalé de 600.000 euros. Al contrario, lo veo muy bien. Sobre todo, si lo pueden pagar. Como no critico que se promocione al padre de Rita Maestre, buen profesional, en la Hacienda municipal de Madrid, o que el sobrino de la alcaldesa Carmena, Luis Cueto, sea su jefe de gabinete. Incluso aplaudo que cualquier concejal que necesite un coche oficial lo utilice. Lo que ya no me gusta de todos ellos, es que vean la viga en el ojo ajeno. Que hayan agitado la envidia. Qué menos que aspirar a una buena vivienda y tratar de afrontar una hipoteca cuando todavía se tiene larga vida laboral por delante. Pero esta izquierda antisistema creyó haber descubierto problemas y soluciones que los de antes no veían ni olían, y lo que es mejor: que se podía dar una patada al tablero para ocupar ellos la silla, la vida y el estilo de los políticos de siempre, pero con ellos sentados en la poltrona. Es humano y comprensible, no siempre justificable. Por eso entiendo a Pablo Iglesias y su legítima ansia de ser propietario.