LO QUE EL SILBIDO ESCONDE

No va a ser hoy un gran día para la dignidad de España. Ojalá me equivoque. Me temo que una parte de la afición del Barça volverá a denigrar el himno nacional, pitando a la melodía que desde 1770 acoge a todos los españoles. Tal vez es hora de que se imponga la autoridad de la democracia, un sistema político imperfecto, pero también el menos malo. La fuerza del Estado todavía puede embridar un movimiento que lo único que reivindica es la facultad arbitraria y unilateral de romper con una historia secular de convivencia a cambio de una falacia: atender a no se sabe bien qué élite política y económica ni a qué oculta y atávica frustración colectiva. No hay absolutamente nada más. No sufren ningún tipo de opresión. La prueba palpable es que quizá el único lugar en que se puede perpetrar el denigrante espectáculo de auto odio de esta noche es España. En otros países, en otras geografías, ese partido no se celebraría. La violencia tiene muchos rostros y muchos sonidos. El silbido colectivo, anónimo y guarecido en la masa es una de sus expresiones más cínicas y cobardes.