PARA ENTENDER LA VIDA

Los libros no garantizan ni la sabiduría ni la felicidad, pero ayudan a ese objetivo, sobre todo si se leen. Hay serias dudas estadísticas acerca de si leemos más que hace veinte o treinta años atrás. Desde luego lo que es seguro es que se edita mucho más que hace dos décadas, y seguro que se compran más ejemplares que nunca, otra cosa es que se lean. Claro que no todos los libros son buenos por el mero hecho de serlo. En estos tiempos de furia nacionalista y confusión democrática, podemos encontrar todo tipo de textos, algunos de ellos ciertamente cercanos a la náusea. No es la lectura inmediata la que esculpe la sabiduría de los seres humanos. Es ese largo y viejo camino de la vida que transcurre entre escritos ajenos, merecedores todos ellos de nuestro interés, el que termina acercando al lector a ese objetivo nunca alcanzado de entender la propia existencia. Por eso los libros buenos acompañan y hasta pueden llegar a cambiar el lamentable estado de las cosas.

POLÍTICOS CIEGOS

Al diario ABC lo definen los valores que defiende. Los mantiene desde hace muchos años, al margen de las personas o las coyunturas. Entre esos principios se encuentran la familia y la necesidad de protegerla; la defensa de la vida y la urgencia que tenemos de revertir el suicido demográfico hacia el que caminamos si mantenemos el comportamiento demográfico de ahora mismo. Por eso vamos a seguir levantando nuestras banderas de defensa de una sociedad libre, civilizada, avanzada, tolerante, respetuosa y orgullosa de sí misma. En definitiva, la España que casi todos queremos. Ese país seguro en el que vivimos, con uno de los mejores estados del bienestar del mundo. Por eso también nos preocupan la despoblación de nuestro país, el reto de la disrupción tecnológica, el futuro de las pensiones, la mejora de la enseñanza, el Estado de Derecho y sus principios y tantas otras cuestiones a las que la actual clase política da prácticamente la espalda, sobre todo los emergentes protagonistas de la misma. No muestran ni un ápice de preocupación por ello. Hay que reconocer que al lado de todos estos, Rajoy es Adenauer.

LO QUE EL SILBIDO ESCONDE

No va a ser hoy un gran día para la dignidad de España. Ojalá me equivoque. Me temo que una parte de la afición del Barça volverá a denigrar el himno nacional, pitando a la melodía que desde 1770 acoge a todos los españoles. Tal vez es hora de que se imponga la autoridad de la democracia, un sistema político imperfecto, pero también el menos malo. La fuerza del Estado todavía puede embridar un movimiento que lo único que reivindica es la facultad arbitraria y unilateral de romper con una historia secular de convivencia a cambio de una falacia: atender a no se sabe bien qué élite política y económica ni a qué oculta y atávica frustración colectiva. No hay absolutamente nada más. No sufren ningún tipo de opresión. La prueba palpable es que quizá el único lugar en que se puede perpetrar el denigrante espectáculo de auto odio de esta noche es España. En otros países, en otras geografías, ese partido no se celebraría. La violencia tiene muchos rostros y muchos sonidos. El silbido colectivo, anónimo y guarecido en la masa es una de sus expresiones más cínicas y cobardes.

DESPRECIO O DESPISTE

Manuel Valls, hombre de probado coraje y lucidez política, acaba de declarar que Alemania debería entregar a Puigdemont a España. Sería la mejor evidencia de que el proyecto de ciudadanía que representa la UE funciona, y de que los alemanes son fieles aliados de nuestro país. De lo contrario, volvemos a colocar a la Unión Europea en el disparadero de su ruptura, en lugar de avanzar hacia una mayor integración y convergencia, como reclama Macron. Hoy toca citar a franceses y recordar la sentencia de Mitterrand: «¡El nacionalismo es la guerra!». Y en esa batalla estamos, horrorizados todavía por las dos contiendas mundiales que inundaron de sangre la historia de nuestro continente. Tratando de superar todo aquello que hacía imposible la reconciliación entre pueblos vecinos. De todos esos obstáculos, los peores son el nacionalismo y sus fechorías. El referéndum ilegal del 1 de octubre fue una escandalosa expresión de desprecio a la Ley, al Derecho, a la Justicia y a la convivencia. ¿En qué estará pensando ese juez alemán?

GANARSE EL RESPETO

¿Qué tiene que ocurrir para que de una vez por todas se suspenda cualquier partido en el que se insulte al himno de mi país, y por tanto se me insulte a mí? El respeto a los otros es fundamental para vivir en democracia, pero difícilmente puedo respetar a alguien que no ceja de agredirme con su desprecio y su silbido. Creo que gran parte de la sociedad española aplaudiría si el próximo sábado hubiese las agallas de suspender la final de la Copa del Rey de fútbol a nada que se silbe al himno de todos los españoles. Me merezco tanto respeto y soy tan digno como cualquier independentista. Creo haberme ganado que mis autoridades me defiendan de la agresión que para todos los nacionales de este país representa la burla a nuestro himno. No pretendo que le tengan miedo a la democracia quienes no creen en ella, pero sí que no resulte gratis vilipendiar el acervo histórico y emocional que para cualquier nación representa su himno. Llevamos años siendo excesivamente complacientes con quienes nos menosprecian. Si no te respetas a ti mismo, estás condenado a la burla permanente.

CLASE POLÍTICA

En democracia no está en política el que no quiere. Así que no insistamos en deslegitimar a quienes ahora nos gobiernan o aspiran a ello. No obstante, tampoco se puede recriminar al ciudadano medio que desee que sus representantes vengan adornados con el mayor número posible de virtudes: honrados, experimentados, comprometidos, formados, leales, humildes… La lista de cualidades superaría el espacio de este Astrolabio. Vivimos tiempos de excesiva sensibilidad, tanto en la sociedad como en la clase dirigente. A mí me gustaría que me gobernase gente curtida, culta, de cierta edad, que se haya desempeñado en el mundo privado, que respete la intimidad de las personas y la presunción de inocencia, patriota, garante de la unidad de nuestro país y la convivencia, que se juegue algo en el ejercicio de su cargo, que sea consecuente y asuma sus errores, con sentido de la Historia y conciencia de su responsabilidad. Líderes que tuviesen claro que el dinero es de los ciudadanos y no suyo… que estuviesen bien pagados, no como ahora, y que fueran reconocidos públicamente. Que nos gobernaran los mejores.

CENTRALISMO

España sigue siendo un país muy centralista en materia mediática. La caja de resonancia de la capital alcanza varias octavas más que cualquier otra. Solo así se explica que el escándalo del máster de Cifuentes ocupe más tiempo de televisión, más minutos de radio o más páginas que el juicio de los ERE de Andalucía. Se da en este caso la conjunción perversa de que la protagonista milita en la derecha y, además, es presidenta de la Comunidad de Madrid. Con esto no pretendo defenderla, sino tratar de demostrar la asimetría con que abordamos unos casos y los otros. Es cierto que tal vez Cristina Cifuentes está tragando la misma cicuta que ella recetó a tantos correligionarios suyos. A ver hasta cuándo y hasta dónde alcanza su fortaleza mental. La regeneración de la vida política española es ya una urgencia nacional pero, para ser verdaderamente ecuánimes, deberíamos aplicar la misma lupa sobre unos casos y otros, vengan de la derecha o de la izquierda. De lo contrario, el ruido centralista nos impedirá escuchar el bosque que puebla la ciudadanía de verdad.