EL INSULTO COMO ARGUMENTO

En esa hoguera de ambiciones que es el actual Congreso de los Diputados, prácticamente ha desaparecido la cortesía parlamentaria, pero sobre todo la capacidad de argumentar. La autodenominada «nueva política» prefiere descender por el tobogán de la ofensa antes que reconocer su derrota argumental. Se encuentran en lo más alto de la curva de soberbia. Su presunta superioridad moral, sin embargo, tropieza con su indigencia intelectual, evidenciada por citas mal traídas y en ocasiones inexactas. Este Parlamento de nuestros días, fragmentado y disléxico, parece servir para censurar al Gobierno, y poco más. Es deber de la oposición fiscalizar al Ejecutivo; bien está hacerlo así. Pero, un hemiciclo tan dividido sólo demuestra la incapacidad de la clase política española para llegar a cualquier tipo de acuerdo y, todavía menos, para tomar decisión alguna, salvo resucitar la Guerra civil. Por eso resulta tan fácil caer en la descalificación del oponente. Cuando no hay talento dialéctico ni fondo de armario con ideas, sólo queda el insulto que, paradojas de la vida, termina siendo un halago.