ESCUCHAR AL PUEBLO

Escuchar a la calle es la mejor forma de saber lo que piensa la ciudadanía. Sus políticos tienden a no querer saber lo que de verdad importa a los votantes. La humildad no suele ser compañera de viaje de quien gobierna o de quien aspira a ello. Desde la Grecia clásica, se sabe que en política todo poder es finito y como toda obra de hombres, pasará. Por eso es aconsejable para aquellos que, con buena voluntad gobiernan o aspiran a gobernar, prestar oídos a quienes en realidad son los depositarios de la soberanía: los ciudadanos, los votantes. Si hacemos caso a la encuesta que hoy publica ABC, algo de gran calado está ocurriendo entre los españoles. Por primera vez, desde la desaparición de la UCD, aparece como más votado un partido que no es ni PP ni PSOE. Está claro que algo ocurre, y tiene que ver con la defensa de la unidad de España. 

REPRESENTAR

El juez Llarena no debe ni quiere forzar el reglamento del Parlament. De hecho no lo hace. En su auto se limita a dejar en manos de la Mesa de la Cámara autonómica catalana que se valore si los diputados encarcelados pueden delegar o no su voto. El magistrado no invade competencias exclusivas de la Mesa, pero impide que Junqueras se burle de la Justicia. De alguna manera, Puigdemont y Junqueras tratan de nuevo de tomarse a broma el Estado de Derecho y proyectan una imagen de Cataluña ciertamente chusca. La democracia representativa exige la presencia física de aquel a quien la ciudadanía votó para que la represente. Se pueden entender excepciones, como el caso de la muerte de un familiar, pero los parlamentarios si quieren ser fieles a la filosofía fundacional de una democracia, deben estar presentes, además de otras muchas cosas, como saber respetar la ley gracias a la cual puedes ocupar un escaño. Todo lo demás es jugar a la PlayStation.

AUTOESTIMA

Los españoles, poco a poco, se van percatando de que viven en un país magnífico. Queda todavía mucho por hacer en esta materia, y tienen que ser los ojos de los extranjeros los que sirvan para definir el verdadero estado de bienestar y progreso en el que se encuentra nuestro país. Un relevante empresario alemán le comentaba recientemente a un colega español que Madrid era la única capital de Europa en la que podía ir caminando de noche a su hotel, tras cenar en un céntrico restaurante. Somos el quinto país más seguro del mundo. Apenas tiene armas el diez por ciento de la población. La legislación española en este campo es de las más rigurosas del mundo. Paralelamente a ello, contamos con la red de centros penitenciarios –vulgo: cárcel– más modernos y limpios de Europa. También somos desde hace más de un cuarto de siglo el país líder en trasplantes de órganos, así como el miembro de la UE con más kilómetros de AVE, más energía eólica, más plantas de gas o más fibra óptica instalada por todo el territorio. Hay otras muchas razones para admirar España y sentirse orgulloso de ella. Pero eso ya depende de nosotros.

SINCERIDAD

Tengo serias dudas acerca de la sinceridad de los dirigentes independentistas que ayer abjuraron de todo el procés. Supongo que existe un alto porcentaje de hipocresía en todo ello, y el objetivo claro de salir de la cárcel. En todo caso, están seriamente advertidos del poder del Estado. Ese mismo Estado cuya autoridad subestimaron, lo que les llevó al disparate en el que han colocado a toda Cataluña, incluida la inmensa mayoría que no quería semejante dislate. Solo Junqueras parece permanecer instalado en su franca contumacia. Puigdemont deambula por las cafeterías de Bruselas, en un intento de esclarecer el arcano por el cual los sediciosos se han empeñado en darle una patada a su privilegiada posición; eso sí, en el culo de la ciudadanía. Este extraño arrepentimiento –a todas luces insincero– de los padres de la sedición no nos tranquiliza nada, convencidos como estamos de que, entre las muchas formas que tiene la vida de enseñarte el rostro de la derrota, se encuentra la perseverancia en el error. La sinceridad suele ser un acto que se realiza en soledad; en público, se tiende a mentir.

CONSENSO

La experiencia solo la desprecia aquel que no la tiene. Lo mismo ocurre con la ciencia, el conocimiento y la sabiduría. Por eso es muy probable que a algunos actores de la llamada «nueva política» –cargada, por cierto, con los peores defectos de la más vieja– no les haya gustado demasiado lo que en sede parlamentaria dijeron ayer los tres ponentes vivos de la Constitución de 1978, la que más años de convivencia ha dado a los españoles. Seguro que no les agradó porque, desde la atalaya que su cultura y trayectoria les brindan, Pérez-Llorca, Herrero de Miñón y Miquel Roca vinieron a advertir seriamente acerca de cuánto necesitamos hoy regenerar y recobrar los valores y consensos de nuestra comunidad política. Nos urgieron también a abandonar las ocurrencias –plagadas de indigencias intelectuales– que nos pueden llevar a una involución democrática, además de deslizarnos por la ineficacia administrativa. La palabra «federal» no arregla por sí sola los problemas de una sociedad tan poco dada a creer en ella misma. Menos mal que se atisba el declinar de los populismos, lo que podría traer de vuelta los consensos.

CULPABLE

Artur Mas no ha sido el único culpable de la desastrosa situación que hoy sufre Cataluña, pero sí fue uno de los más relevantes. Tuvo todo en su mano y lo desperdició por un exceso de soberbia y un pésimo cálculo político. Creyó que con la crisis económica sus fabulaciones independentistas podrían encontrar alguna posibilidad de éxito. Es más, él estaba convencido de que el Estado no reaccionaría –o lo haría de manera débil– y de que las empresas se quedarían en Cataluña. Todo el discurso del hombre menguante llamado Artur, a quien la Historia reservará un pequeñísimo rincón, se cimentaba sobre un endeble suelo artificial basado en falsedades: Europa nos querrá, lograremos un superávit gigantesco, los bancos no se irán y no necesitamos al resto de españoles. A partir de tan disparatado argumentario, ha logrado herir el Estado de Derecho en Cataluña y poner en serio peligro su economía, sus finanzas, su bienestar y su privilegiada posición en el concierto de las autonomías. Menudo balance. ¿Cuántas veces se habrá arrepentido? Llamado a serlo todo, se ha quedado en nada.

ESPERANZA

España, como casi toda Europa, atraviesa varias crisis, pero la más grave es el peligro de no saber interpretar la realidad: seguimos quemando las energías en echar más leña a la hoguera justiciera de la corrupción, mientras se expande la úlcera del separatismo catalán. Estamos perdiendo un tiempo precioso. Abonados a la crítica y el derrotismo, somos felices, pero no lo sabemos. Tampoco queremos darnos cuenta de que cada vez nos hacemos más viejos y el dinero de las pensiones empieza a escasear. Nos empeñamos en vivir instalados en dilemas y en percepciones falsas, sin alcanzar consensos fundamentales para dar continuidad a los avances económicos de la nación de la UE que más crece. La oposición prefiere que no haya presupuesto, a pesar del daño que ello causa a todas las autonomías, especialmente a las más débiles. También sigue pendiente un acuerdo firme y esencial sobre Cataluña, y el futuro de las pensiones bien merecía otro gran pacto. Mientras unos arrastran los pies y otros especulan sobre el mal ajeno, los españoles pierden la esperanza, que es lo peor que nos puede ocurrir.

CORRUPCIÓN MORAL

Si aceptamos al estado democrático y nos beneficiamos de todas sus ventajas, entonces tendremos que reconocerle su capacidad para juzgarnos, e incluso su competencia para cortar el paso a todo aquel que, por la vía de la corrupción material o moral, es indigno de participar en el gobierno de esta democracia. La corrupción no la protagonizan solo aquellos que se llevan a sus bolsillos el dinero público. También existe la corrupción moral, tan denigrante y denigrada como la otra, que en una de sus vertientes se traduce en incumplir las leyes desde una posición de poder. En ese estado de inmoralidad se encuentran los sediciosos Puigdemont y Junqueras. Ambos han arrasado con el más elemental de los mandatos de una democracia, que es el respeto a la Ley. Cada uno a su manera, han dado todo un ejemplo de intolerancia y desprecio del Derecho, a pesar de que se envuelvan en un manto de falsa democracia y moderación. Recuerde Junqueras que a Dios hay que darle lo que es de Dios y al César lo que es del César.

CUANDO SE ODIA A LOS MAGOS

Que a ciertos alcaldes no les gusten los belenes ni las cabalgatas de Reyes no quiere decir que opinen igual la mayoría de sus vecinos. Que el Estado sea aconfesional no supone que sus habitantes no profesen determinada fe religiosa. Como tampoco representa odio alguno que la mayoría no entienda que una «drag queen» desfile junto a Melchor, Gaspar y Baltasar, igual que nos extrañaría si apareciera en una semifinal de Champions. Nuestro país, merced a estos regidores populistas que sostiene el PSOE, se ha vuelto inculto, irrespetuoso, enemigo de la belleza; su principal adversario a derrotar es la Iglesia católica y los 32 millones de españoles que manifiestan creer en ella. Una vez más, las minorías gritonas y violentas se imponen a la mayoría callada y acomodaticia. ¿Qué pretenden? Terminar con las cabalgatas, matar la tradición navideña y despreciar todo ese patrimonio cultural y de valores que hemos heredado. No roben a nuestros niños la magia de esta noche y, como ciudadanos, no permitamos que un Estado democrático se desentienda de nuestro derecho a practicar nuestra religión y a que no nos la mancillen.

LA CULPA ES SUYA

Cataluña está herida, a ello han contribuido los independentistas, su burguesía pretenciosa y una izquierda radical instalada en el «cuanto peor, mejor». Cada uno a su manera, se están llevando por delante el bienestar de millones de catalanes que piensan lo contrario. Los números son demoledores y tercos: allí baja el gasto por turismo, mientras sube en el resto de España; el PIB de Madrid ya supera al de toda Cataluña y el empleo mejora en el conjunto del país, pero se ralentiza considerablemente en aquella comunidad. La imagen que los españoles teníamos de esa tierra se encuentra ahora por los suelos. Estarán encantados Pujol y Mas. Ya han puesto a Cataluña donde querían. La situación, de todos modos, aún puede empeorar. En tanto en cuanto persistan en su estéril cruzada independentista, se ensanchará la brecha con el resto de España, en fase expansiva. Algunas ciudades como Zaragoza, Madrid, Sevilla o Valencia se beneficiarán, sin haberlo pretendido. Y como el nacionalismo se cura viajando, les recomiendo que se acerquen a Quebec y Toronto para tratar de entender algo de la globalización y dejar de echarnos la culpa a los demás.