CONSENSO

La experiencia solo la desprecia aquel que no la tiene. Lo mismo ocurre con la ciencia, el conocimiento y la sabiduría. Por eso es muy probable que a algunos actores de la llamada «nueva política» –cargada, por cierto, con los peores defectos de la más vieja– no les haya gustado demasiado lo que en sede parlamentaria dijeron ayer los tres ponentes vivos de la Constitución de 1978, la que más años de convivencia ha dado a los españoles. Seguro que no les agradó porque, desde la atalaya que su cultura y trayectoria les brindan, Pérez-Llorca, Herrero de Miñón y Miquel Roca vinieron a advertir seriamente acerca de cuánto necesitamos hoy regenerar y recobrar los valores y consensos de nuestra comunidad política. Nos urgieron también a abandonar las ocurrencias –plagadas de indigencias intelectuales– que nos pueden llevar a una involución democrática, además de deslizarnos por la ineficacia administrativa. La palabra «federal» no arregla por sí sola los problemas de una sociedad tan poco dada a creer en ella misma. Menos mal que se atisba el declinar de los populismos, lo que podría traer de vuelta los consensos.