CULPABLE

Artur Mas no ha sido el único culpable de la desastrosa situación que hoy sufre Cataluña, pero sí fue uno de los más relevantes. Tuvo todo en su mano y lo desperdició por un exceso de soberbia y un pésimo cálculo político. Creyó que con la crisis económica sus fabulaciones independentistas podrían encontrar alguna posibilidad de éxito. Es más, él estaba convencido de que el Estado no reaccionaría –o lo haría de manera débil– y de que las empresas se quedarían en Cataluña. Todo el discurso del hombre menguante llamado Artur, a quien la Historia reservará un pequeñísimo rincón, se cimentaba sobre un endeble suelo artificial basado en falsedades: Europa nos querrá, lograremos un superávit gigantesco, los bancos no se irán y no necesitamos al resto de españoles. A partir de tan disparatado argumentario, ha logrado herir el Estado de Derecho en Cataluña y poner en serio peligro su economía, sus finanzas, su bienestar y su privilegiada posición en el concierto de las autonomías. Menudo balance. ¿Cuántas veces se habrá arrepentido? Llamado a serlo todo, se ha quedado en nada.